Ana quería descansar, la reunión era sólo el comienzo de lo que le esperaba con Karina y Cortés. El pecho le dolió al constatar la situación de Lita, de la chica alegre y soñadora que fue, no quedaba sino el recuerdo; si Alejandro la viera se daría cuenta del error que cometió al no soportar el engaño y la presión de la peor desgracia que alguna vez entró a la vida de los Kernel, Karina. En momentos así se preguntaba que le vio su hermana a esa mujer para “metérsela” por los ojos a Alejo.
Exhaló aceptando que ya no se puede hablar del que hubiese pasado sí, la realidad era otra y debían asumir las consecuencias. Karina aprovechó muy bien la situación de encontrar a Alejandro con Iolita en la cama durmiendo juntos, una imagen comprometedora de una situación completamente ajena a lo que ella quiso demostrar. ¿El pago por su silencio? Entregarle El Edén a Diego Cortés, y cederles las acciones en la vinícola. Él se quedaría con el porcentaje que le daría Pieter al morir, algo que bien podía ser arrancado de sus manos por la maldita ambición de quienes Alejandro consideró su mejor amigo y la mujer que más amaba.
No obstante, ya no podía devolver el tiempo, la culpa también era de ella, Ana nunca debió irse del lado de Pieter, de Alejandro y ser un poco más valiente en enfrentar a su hermana Mirtha, pero las dos hicieron un pacto de gemelas y eso desencadenó el problema que tenían ahora.
Abrió la puerta de la alcoba que supuestamente le pertenecía, una loca idea de Pieter para mantener a Karina lejos de lo que había en el lugar, el anciano no confiaba en su nuera, tantos años viviendo con ellos y tan buena amiga de Mirtha, equivalía a que podía conocer los lugares secretos donde guardaba documentos indispensables para validar la herencia. Lo que no se esperó fue encontrar a Iñaki, el hombre con quién compartió más de 30 años de su vida, el padre de los gemelos y que le servía siempre de soporte. Ana lo abrazó transmitiendo todo el calor que pudo.
—Lo chicos te envían saludos —le murmuró mientras le daba un dulce beso en la boca—, te extrañan, a pesar de lo que piensan sus padres quieren verte, eres su abuela.
—¿Ellos te han dicho lo que piensan de todo esto? —Iñaki negó con la cabeza, suficiente para que Ana entendiera que aún no era el momento de volver a encontrarse con aquellos que crio como sus hijos—. Es lógico, la mentira de mi hermana fue cruel, y me merezco su rechazo porque la secundé, al menos no te quité la posibilidad de ser padre, abuelo y bisabuelo.
Iñaki refunfuñó, lo que sacó una sonrisa débil a Ana. Eran amigos, unos que trataron de vivir como pareja por los gemelos, pero pronto se dieron cuenta que no podían, ambos tenían demasiado equipaje para dejarlo de lado y seguir adelante sin aclarar las cosas. Una vez lo chicos fueron a la universidad, se divorciaron, y continuaron de amigos. En ese momento tenía una relación estable con Eleonora, una gran mujer que lo apoyaba, ellas se llevaban bien y compartían un tiempo agradable juntas como confidentes y camaradas.
—Ayudaste a Mirtha y le otorgaste la oportunidad de mantener su felicidad a costa de la tuya propia; además, trajiste de vuelta a los hijos que en algún instante creí muertos. Si ellos no poseen la suficiente capacidad de comprender —Ana quiso interrumpir a Iñaki, pero él no la dejó—, sí comprender, porque no tienen nada que perdonarte, los criaste como su madre, los amas más de lo que la propia lo hizo, perdiste a tu propio hijo por una persona que no lo mereció, así que si esto es cuestión de quien pierde más con el alejamiento, te aseguro que son Bernard y Gorka.
Ana, lo abrazó con más fuerza, Iñaki siempre tenía la palabra precisa para que ella dejase de sentirse culpable por su pasado. Más calmada, lo invitó a sentarse en la pequeña mesa de te que había en la habitación, le explicó el plan de Pieter y la necesidad de agilizar la propuesta que tenía para Estefan.
El problema radicaba en que, si no venían los representantes de la empresa, debía hacerse cargo uno de sus nietos, Dinora prácticamente acababa de dar a luz, así que la responsabilidad recaía en Andreu.
Un cómodo silencio se estableció entre ambos, hasta que Iñaki preguntó por “el elefante” en medio del salón. Ana negó con la cabeza, tarde o temprano la verdad saldría a flote, pero en ese instante lo principal era hacer entrar en razón a Iolita de que la relación con Matías no le convenía.
—No te culpes más, Mirtha fue una irresponsable, nunca quiso hacerse cargo de nuestros hijos porque temía perder su libertad, pero la verdadera razón es que, para ella, yo no poseía ni el dinero ni el nivel social que deseaba.
—Cuan equivocada estaba mi hermana, al final creo que se terminó enamorando de Pieter, por eso, le concedí el deseo de darle un hijo... mi hijo.
—No me alcanzará la vida para agradecer todo lo que hiciste por mi familia —dijo Iñaki sosteniendo las manos de la bella castaña que se ruborizó por la sonrisa que su amigo le brindaba—, Pieter y tú se merecen lo mejor, no la conozco, pero si es algo tuyo, seguro que yo la amaré y protegeré como a mis nietos. Sin embargo, ¿Cuándo le dirás la verdad Ana?
El cuerpo de la castaña se tensionó de inmediato, sabía que debía hacerlo, pero una cosa a la vez, fue su leve respuesta.
Iñaki quiso agregar algo más, pero los gritos de dos personas se oyeron a través del corredor. Iñaki apretó la mano de Ana indicándole que fuera, no era oportuno que lo vieran, así que, tomando aire, Valbuena salió rumbo a la habitación de Lita.
—¡Sirve para algo en tu patética vida! —la cachetada sonó en la mejilla de la azabache que instintivamente levantó la mano para devolver el golpe—. ¡Hazlo!, ten por seguro que, si me golpeas, te acusaré de maltrato, tengo todas las de ganar te lo aseguro.
—¿Pasa algo? —la cálida voz de Ana hizo que los presente voltearan en dirección a la puerta que por la discusión no habían escuchado cuando se abría—. Repito, ¿Sucede algo?
Con descaro Karina comenzó a llorar aproximándose a la mujer mayor, en la medida que le explicaba los insultos y la violencia que su hija ejercía sobre ella desde que empezó a perder en el juego.
Sin disimular el asco que sentía por Antares, la doctora no permitió que la tocará, observó a Matías, a Olivia y, por último, a Iolita que apretaba la mandíbula con una expresión difícil de comprender. Regresando sus ojos a Karina, y demostrando la misma altivez que había mantenido desde que el cuarteto llegó, continuó el monologo ante la falta de una respuesta real al cuestionamiento realizado.
—Bien, si así son las cosas, no dudare en tomar cartas en el asunto; sin embargo, Karina, te recuerdo que mi habitación está al lado, y que las paredes son demasiado delgadas, por lo cual, piensa muy bien la próxima vez que desees hacer una amenaza basada en mentiras.
Ninguno de los presentes pronunció algo más, era claro que su mentira había sido descubierta mucho antes de que la dijera, viendo a la castaña alejarse, Karina entendió que la muerte del viejo sólo le dejó un enemigo de mayor talante, empero, si logró el s******o de Alejandro, la estúpida doctorcita no sería contrincante.
Señaló a su hija y ordenó a su yerno lo único que les permitiría tener el control total de la vinícola y la hacienda.
—A partir de ahora, mira como la embarazas Matías, porque quiero a El Edén y ver a esa ridícula médica lamiendo mis zapatos.
Olivia y Iolita los vieron salir, ambas exhalaron como si se quitaran un peso de encima, la acción se sintió como en los viejos tiempos cuando se escondían en las cavas para poder leer las cartas de quienes se les confesaban. Todo aquello se sentía tan ajeno y distante. Los golpes en la puerta pidiendo permiso mostraron los ojos azules de Janeth con una bandeja de colaciones y a Satine con tres copas y una botella de vino. No les hizo ni cinco de gracia encontrar a Bonares junto a su amiga, no solo era ofensivo por la posición de amante, sino también por la manera como la trataba.
Notando el incómodo ambiente, los ojos aceituna de Olivia miraron a Iolita diciendo que debía conversar con ella lo antes posible, pidió permiso para retirarse, la azabache sabía que se arrepentiría de lo que iba a hacer, pero ante la situación y el mal humor de Matías, lo que menos quería era que otra persona corriera con la misma suerte que ella. Así que, con una sonrisa, le dijo que se quedara.
—Si hazlo, al fin y al cabo, Janeth trajo comida como para veinte —confirmó Satine lanzándose a la mullida cama de Iolita.
—Lo siento —la palabra dejó anonadada a Coral, que se reacomodó intentando poner cara de interés en lo que iba a decir su antigua compañera de colegio—. Lo que quiero decir les compete en especial a Lita, pero sé que de alguna manera es mejor que sepan, cuando me escuchen, si lo estimaban conveniente, me marcharé de la hacienda. Igual mi objetivo principal que era presentar mis condolencias y ya fue realizado.
Janeth asintió, la noche que Olivia entró a escondidas a la habitación de Lita, ella estaba viendo por la cámara de seguridad previamente instalada por seguridad de la ojigris, por lo tanto, sabía que lo que fuese a decir la heredera de Bonares Liquors sería de gran ayuda para el plan de Pieter.
Estefan caminó hacia su habitación después de pensar en la respuesta que le daría a la nieta de Pieter, le dolía todo el cuerpo y estaba tan confundido por las palabras que le dijo la azabache, y en especial, por el comportamiento de Solange.
Cuando la mujer los dejó, su hija se despidió para preparar la maleta y realizar los últimos ajustes al viaje, él le dejó claro que no perdería el viaje por algo que ya preveían que ocurriría. Por su parte, él salió a recorrer los viñedos y a revisar en la oficina de las bodegas los informes que Hugo le entregó en la mañana. Se dio cuenta de la hora cuando su pequeña le llamó para desearle las buenas noches, sólo entonces regresó con la intención de bañarse y dormir.
No obstante, las risas que se escucharon por el corredor llamaron su atención, encaminándose en dirección contraria a donde quedaba su habitación, llegó frente a la puerta de la cual salían las sonoras carcajadas. En esa ala quedaban las alcobas de Ana, Satine, Janeth y Iolita, y en esta última las voces de cuatro ebrias rememoraban las pilatunas de los tiempos de colegio y universidad.
De repente el sonido de la chapa abriéndose le hicieron esconderse tras el muro más cercano, la aparente desorientación de la amante de Cortés, generó nuevas carcajadas y que la mano de Corso la arrastrara con ella para que pudieran dormir tranquilas.
Estefan sonrió por la noche que le esperaba a Tappan, por experiencia sabía que aguantarse a Satine borracha era una muy mala experiencia que sólo el amor soportaría.
Cuando todo quedó en silencio, apagó las luces principales, para dejar las auxiliares activadas, sus pasos volvieron hacia la alcoba que le pertenecía, ya que debía madrugar por el envío a la capital y que Irwing comenzara el trámite para la exportación. El crujido de uno de los escalones, le hicieron regresar sus ojos a la escalera para ver a Iolita salir de la casa.
Sabía que no debía hacerlo, pero pudo más su curiosidad y sin dudarlo más fue tras de ella.