Olivia se quedó pensando en lo que Janeth le comentó sobre el último ataque de Matías a Iolita. No daba crédito a que el hombre que tanto la amaba y que se desvivía por cuidarla fuese el mismo que había golpeado una y otra vez a su otra amiga.
La curiosidad ganó a la compostura y decidió hacer una visita a la casa de Carolina, donde actualmente vivía el matrimonio con Karina. Conocía muy bien el lugar, varias veces entró a escondidas para meterse con Matías en su cuarto y compartir lindo momentos hasta el amanecer, o fines de semana completos en los que Manjarrez se hallaba de viaje, por evitar las habladurías de los vecinos ingresaba por las puertas escondidas de la gran mansión.
Esperó pacientemente a que tanto Carolina como Janeth dejaran sola a Lita, no iba a hacerle ningún daño, quería ver si lo narrado por la enfermera era verdad. Siempre que hablaba con Matías de su vida matrimonial este se quejaba de una mil cosas que supuestamente la mujer le hacía, pero ahora ya no estaba tan segura de que esa fuera la verdad de la situación, le daba miedo enterarse que tal vez mucha de la cizaña que lanzaba su “novio” era parte de una historia donde ella también debía reforzar el odio que ya sentía por Lita.
Olivia se arrepintió del momento en que se le ocurrió hablar con Janeth, ella le propuso un trato para estar a su lado, y ahora la tenía dudando de Matías. Eran años de acusar a Iolita de su situación, pero entre más tiempo pasaba con Karina y con Cortés, las preguntas que Janeth le hizo cuando le contó la parte de la historia que desconocía, comenzó a analizar la vida de la ojiazul.
Pasada la medianoche se acercó a la joven que dormitaba incómoda en la cama, se removía negando con la cabeza y pidiendo ayuda a alguien. La frase en la que le decía a Pieter que no la dejara también, era la que más repetía y las lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas, sintió lástima, al menos ella tenía a sus padres y ambos la amaban al punto que todas las decisiones que tomaron en algún momento de su vida, ahora la tenían como una mujer sana mentalmente, pero muy a su pesar, con el deseo de venganza y eso podía enloquecer a cualquiera.
Antes de sentarse en el mismo lugar que ocupaba la madre de Matías, se dirigió al baño, la puerta de la habitación se abrió escuchando el sonido de las pulseras que siempre tenía Karina. Escondida en la oscuridad del lavabo, procuró no ser descubierta. Cada palabra que recibió Lita la hizo llevarse la mano al corazón.
—Sería tan fácil matarte —murmuró Karina moviendo el suero—, un poco de aire y ya, desaparecerías de este mundo.
—Hay maneras más fáciles de deshacerse de un estorbo.
Karina la observó sorprendida, no sabía cuándo había entrado la muchacha, y peor aún, que tanto oyó.
—La odio al punto de querer asesinarla, pero tanto tu como yo necesitamos el dinero y lo que representa la vinícola Kernel —extendiendo su mano, Olivia le sonrió con malicia—. ¿Socias?
—¿Por qué no? —aceptó la pelinegra con la intención de descubrir que tanto escondía la castaño, definitivamente, esta muchachita era mucho más de lo que aparentaba.
Iolita escuchaba entre sueños esa charla entre su madre y Bonares, no sabía bien de que hablaban, por más que quería mantener su atención, le fue imposible. Al días siguiente cuando la vio dentro del vuelo privado que Matías contrató, entendió que el acuerdo entre la amante de su esposo y Karina era acceder a que la ojiverde viajara con ellos a El Edén y tener que aguantarla como una de las socias principales de la empresa de Cortés.
Al descender en la pista de la ciudad de Tanju, la fría brisa sirvió para recordarle a Lita que había llegado a un lugar seguro. En el aeropuerto la esperaban Hugo y Ana Valbuena, la mujer que desde pequeña parecía su abuela, más cuando la verdadera había fallecido dejando a Alejandro a pocos días de nacido. Sus dos amigos borraron la sonrisa de bienvenida al ver quien le acompañaba, con una negación muda, evitó cualquier comentario. Su prioridad era hablar con Valbuena y saber que le pasó a su abuelo, no entendía lo que escasamente le contaron por el teléfono.
El recorrido hasta la hacienda en la pequeña ciudad de La Villa, fue agradable por la charla que Hugo intentó mantener contando los cambios en el tiempo que Lita no se encontraba allí. El traje n***o completo de lino, por el calor de la hacienda era un contrastante con el de la capital a la que arribaron, eso era lo hermoso de ese lugar, a menos de dos horas podías cambiar de clima y paisaje como si de un libro se tratase y simplemente pasas la página.
Una vez en la casona de El Eden, Karina se quitó las gafas de sol y con bastante prepotencia ordenó a Satine que venía cruzando que llevara sus maletas a la alcoba principal. La azabache la observó con una mueca de disgusto que no vaticinaba nada bueno.
—Acaso ¿No escuchaste? Lleva mis maletas a la alcoba principal...
—Lamento que eso no podrá ser —la orden de Karina fue detenida por la médico que saludó con un beso en la mejilla a Satine para controlar su malhumor—, esa habitación ya está ocupada.
—¿Por quién? ¿Por el fantasma de Pieter? —la burla de la pelinegra no descolocó a la rubia que a pesar de sus años se veía incluso más hermosa que ella.
Sin contestar Valbuena indicó a la servidumbre donde debían acomodar las valijas, sorprendió la decisión que las de Iolita irían en su habitación de soltera, mientras las de Olivia y Matías estarían en la misma pieza.
—No soy ciega, y tampoco mojigata, así que evitemos guardar las apariencias —respondió cuando Karina quiso reclamar—, el almuerzo es a las 1300 horas y a las 1500 se realizará en cortejo fúnebre, una vez regresemos a las 1800 hora se leerá el testamento. Hasta entonces, no quiero verlos.
La mujer les dio la espalda para desaparecer por la puerta que lo conducía al viñedo. Por su parte Satine y Janeth acompañaron a Iolita hasta su habitación, para contarle sobre el deceso de Pieter, seguidas muy de cerca de Hugo que quería pasar un rato con la mujer que amaba y a la que llevaba tres meses sin ver.
Iolita se sentía culpable, su abuelo había descubierto los vales que Hugo y Pujol tenían con su nombre.
La historia no era muy agradable, Pieter fue a la empresa y entró a la oficina de Estefan que tenía en computador abierto con el balance de los desembolsos hechos a Iolita y sus motivos, para el hombre enterarse de como su nieta lo estaba robando fue un golpe demasiado duro. Regreso a la hacienda y se acostó sin comer. Al día siguiente lo encontraron muerto, el médico dijo que por un ataque al corazón.
—Esta semana Ana, Hugo y Pujol han estado al tanto de todo lo legal, el c*****r no lo vimos, solo Yanni...
—El novio de Satine —respondió Hugo ante la cara de sorpresa de Iolita—, es médico, llegó hace dos meses de la capital recomendado por Ana.
Era gracioso ver como la persona que conocía su secreto estaba en la casa de su abuelo, el mundo era un pañuelo.
Hasta la hora del almuerzo el grupo de amigos habló de todo, era necesario ser puntual, Lita recordó la consigna de Pieter, y como tal, se debía honrar la memoria de los muertos.
A la cabeza de la mesa Ana esperaba a los comensales, los lugares fueron ocupados de acuerdo con la jerarquía, al querer sentarse en la otra cabecera, de nuevo Karina fue detenida por la voz del rubio.
—¡Ahí no!
—¿Quién te crees para ordenar como si está fuera tu casa? —preguntó la mujer indignada.
Valbuena suspiro por lo imbécil que podía llegar a ser. Colocando la servilleta en sus piernas contestó sin perturbarse.
—Si duermo en la alcoba de Pieter y me siento a la cabecera de la mesa ¿Quién crees que soy? o mejor ¿Cuál piensas que es mi lugar en esta casa?
Derrotada por la retórica se sentó al lado de Yanni iniciando una fatua conversación, el médico hizo gala de su encanto alivianando el ambiente, solo Janeth y Hugo sabían que esto era lo propio antes de la tempestad que se avecinaba.
El cortejo y la misa fueron bastante ceremoniales, los dolientes invitados eran escasos a pesar de que la noticia de la muerte del patriarca salió en todos los medios de la región, a Iolita le dolía el alma por la situación, su abuelo sería cremado y en dos días entregarían las cenizas. La vida se resumía a nada.
A la hora acordada para la lectura del testamento, todos menos Tappan, Olivia y Solange, que llegó con su padre al cementerio, del estaban con el abogado. Diez minutos después del saludo correspondiente, Estefan ingresó junto con Ana, Iolita sintió su cuerpo arder, la sola presencia del hombre la intimidó al punto de querer salir de allí, más cuando el enólogo la observó con claro fastidio, se lo merecía por dejar a su abuelo tanto tiempo solo, ella era una cobarde como se lo repetían Matías y Karina.
La lectura se extendió por dos horas, dándose por concluida cuando Matías salió directo a la alcoba que compartiría con su amante. Karina trató de detenerlo, pero la mirada de ira y los puños apretados, le demostraron que era mejor hablar después.
Ana se despidió del abogado y pidió permiso para descansar, cualquier cosa que necesitaran estaría a cargo de Satine que asintió de inmediato. Cerrando la puerta, dejó a Iolita y a Pujol en el despacho. La ojiazul le entregó un documento a Estefan quien lo leyó con calma.
—Y ¿Qué si no acepto? —cuestiono moviéndolo.
—Es un favor, el fideicomiso me pertenece, y el porcentaje de la vinícola me lo pude comprar...
—Parece que no entendió lo que mi padre quiso decir.
La pareja volteó hacía la puerta para encontrar a Solange con una bandeja con té y galletas que ofreció a su progenitor, ignorando a la azabache.
—Ese patrimonio y lo que le corresponde de la empresa es para sus hijos, si tanto necesita el dinero puede tratar de hacer algo que parece nunca ha hecho.
Iolita pasó saliva, esa no era la imagen que tenía de la hija de Estefan; no obstante, sus antecedentes como la jugadora empedernida y que no hacía sino expresarse mal de Pieter, tampoco la dejaban muy bien parada frente a la chica que ni siquiera le dio el beneficio de la duda.
—Piénselo señor Pujol, es deshacerse definitivamente de mí y de los míos.
—¿Tan poco te importa tu herencia?
—Por el contrario, porque me importa es que se lo pido.
Se retiró pensando en los resultados de la lectura del testamento, al llegar a su alcoba encontró tres personas que hubiese querido evadir.
Las palabras de Karina sonaron como una burla, y la convencieron de que su decisión era lo mejor.