El domingo por la mañana, la casa Kaulitz olía un café fuerte y rutina. Gordon había salido a correr temprano, como todos los domingos y Nicholas aún dormía con un antifaz de satén con ojitos de gato que era ridículamente adorable. Tom estaba en la cocina, en camiseta, hojeando un libro de escultura cuando sonó su celular. Bill: "¿Te gustaría pasar por nuestra presentación hoy? No prometo no cantarte algo". Tom molestando. Pequeño, casi imperceptible, en ese momento, ese microsegundo de ternura visible fue en el que Gordon eligió para entrar. —Y a ti qué te pasa? —preguntó, desconfiado. Tom reaccionó tarde, guardó el celular con rapidez y se encogió de hombros. —Nada —respondió señalando su taza—, café fuerte, me puso de buenas. Gordon lo miró fijamente, demasiado fijamente. —Desde

