Fernando Vidal Estuve tan cerca. A centímetros de ella. Pude sentirlo, casi podía tocarla, pero ese maldito tráfico lo arruinó. La vi huir, con ese niño en sus brazos, y supe, con una certeza que me caló hasta los huesos, que ese niño es mío. Ese niño es mi hijo. El mismo que Azul esperaba cuando desapareció. Su rostro, aunque apenas lo vi unos segundos, me lo confirmó. Es la prueba de que me ha estado ocultando todo este tiempo. —Señor, ¿qué hacemos? —preguntó Luis, mi chófer, su tono vacilante. —Regresemos al hotel —respondí con frialdad. No estoy aquí para ella, o al menos, eso es lo que me he estado diciendo desde que pisé esta maldita ciudad. Estoy aquí por negocios. Solo por negocios. Mi vida está en Estados Unidos, donde he construido mi imperio, donde controlo cada aspecto de

