Cuando llegué al departamento de Leonardo, no podía dejar de llorar. Las lágrimas corrían sin control, y Dante, quien había estado aferrado a mis brazos, bajó en cuanto cruzamos la puerta. De inmediato, Leonardo se acercó. —¿Qué pasó, Ana Ju? —preguntó con preocupación en su voz, pero antes de que pudiera responder, Dante, con su inocencia desbordante, habló primero. —Un señor nos persiguió —dijo, mientras se aferraba a su hermano. —¿Los quisieron asaltar? ¿Te hicieron daño? —me preguntó Leo, buscando algún signo de herida o malestar. Negué con la cabeza, sin poder hablar aún. De pronto, él me estrechó entre sus brazos. Su abrazo era fuerte, protector, mientras frotaba mi espalda en un intento de calmarme. —Ya pasó, Ana Julia —susurró—. Dante, ve arriba a jugar. Dante, con su d

