Cuando desperté, el aroma del desayuno llenaba el aire y me di cuenta de que Ana Julia ya estaba en la cocina, preparando el desayuno para Dante. El olor a galletas recién horneadas se mezclaba con el aroma del café, y, sin querer, me atrajo hacia la cocina. La vi agacharse para sacar las galletas del horno, y mi mirada se desvió involuntariamente hacia su figura. La camisa que llevaba puesta, aunque sencilla, se ajustaba de manera sorprendente a su cuerpo. Nunca antes la había visto sin esos horribles anteojos. Y aunque la camisa era corta, no podía negar que se le veía bien. Me sentí como un idiota por la manera en que la estaba mirando, y el recuerdo del beso que le di mientras dormía me hizo sentir aún más patético. Sabía que había actuado de manera inapropiada y no quería darle falsa

