Cuando llegamos al cementerio, el aire era frío y el cielo gris parecía acompañar el luto que ambos cargábamos. Caminé en silencio, con la mirada fija en el suelo mientras sentía el peso del pasado aplastando mi pecho. Fernando, en cambio, parecía roto, sus pasos vacilantes hasta que finalmente, cuando estuvimos frente a la cripta de los Coleman, cayó de rodillas. Nunca lo había visto tan vulnerable, tan frágil, como si todo lo que una vez lo hacía fuerte se hubiera desmoronado de golpe. Me quedé allí de pie, observándolo mientras se aferraba al mármol, con los ojos rojos de tanto llorar. Jamás lo había visto llorar de esa manera, y algo dentro de mí se quebró. Yo había llorado por mi niña durante años, había sentido el dolor profundo de su pérdida, pero había tenido a Dante, ese pequeño

