—Ya es suficiente, Azul, yo quiero hablar contigo —dijo Fernando, su tono firme y decidido mientras me bloqueaba el paso. —No sé quién es Azul, señor, de verdad no lo sé —le respondí, manteniendo la calma a pesar del nerviosismo que me comenzaba a invadir. —Tú eres mi Azul —insistió—. Tengo tu historial médico en mi poder. Hablarás conmigo si no quieres que Leo se percate de tu secreto. Mis ojos se abrieron de par en par, el miedo apoderándose de mí en un instante. —No le digas nada a Leo, Fernando, por favor. Justo en ese momento, nuestras miradas se desviaron hacia la entrada. Leo apareció, con Delfina colgada de su brazo, sonriendo con esa arrogancia que siempre exhibía. —Hermanito, otra vez rogándole a la muerta de hambre —espetó Delfina, lanzándome una mirada cargada de desprec

