Me desperté con la calidez del cuerpo de Leo a mi lado. Sus brazos estaban envueltos alrededor de mi cintura, su respiración suave acariciaba mi cuello. La camisa que me había prestado la noche anterior era lo único que llevaba puesto, y su familiaridad me daba una extraña sensación de seguridad. Ayer había llorado, me había desahogado en su pecho, y nos habíamos quedado abrazados hasta que el cansancio nos venció a ambos. Sentí cómo lanzaba un bostezo detrás de mí. —Anaju, podrías preparar esa deliciosa tarta de durazno —murmuró, su voz grave y soñolienta. —Claro, en la tarde la preparo —respondí sin pensarlo mucho, aunque mi mente ya estaba en otra parte—. Leo, necesito dinero para la colegiatura de Dante. Este semestre aumentó. ¿No has considerado…? —No —me interrumpió firmemente—.

