7—¿Dónde está Georgi? —preguntó Freder, registrando con la vista la casa de Josafat que se ofrecía ante él, hermosa, con una superabundancia desconcertante de sillones, divanes y almohadones de seda, con cortinas que tamizaban la luz. —¿Quién? —preguntó Josafat sin entender. Había esperado toda la noche sin dormir y sus ojos parecían excesivamente grandes en aquel rostro demacrado. Los ojos, que no se apartaban de Freder, eran como manos alzadas en adoración. —Georgi —repitió Freder. Sonreía feliz a pesar del gesto de cansancio de sus labios. —¿Quién es ese? —preguntó Josafat. —Yo lo envié a ti. —Nadie ha venido. Freder le miró sin hablar. —Estuve sentado toda la noche en esta silla —continuó Josafat, interpretando equivocadamente el silencio de Freder—. No dormí ni un segundo. Espe

