12Era ya la una de la madrugada cuando Joh Fredersen llegó a casa de su madre. Se trataba de una granja de un solo piso, con tejado de paja, edificada en lo más alto de uno de los gigantes de piedra de Metrópolis, no lejos de la catedral. La rodeaba un jardín rebosante de lirios, malvarrosas, guisantes de olor, amapolas y narcisos, todo ello presidido por un enorme, majestuoso castaño. Joh Fredersen era hijo único y su madre le había amado mucho. Pero el Amo de la gran Metrópolis, el Amo de la ciudad-máquina, el cerebro de la Nueva Torre de Babel se había convertido en un extraño para su madre, y también ella le era hostil. En una ocasión había presenciado cómo una de las máquinas de Joh Fredersen destrozaba a los hombres como si fueran madera seca. Había alzado a Dios sus gritos, pero d

