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La ex del mafioso

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oscuro
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los opuestos se atraen
segunda oportunidad
mafia
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Descripción

Vito Vannicelli siempre fue el más joven.

El tercero.

El que nadie esperaba que sobreviviera.

A sus 28 años, tras un movimiento que sacude los cimientos del submundo mafioso, Vito es enviado a Sudamérica con una sola orden: Brasil debe caer bajo el dominio de los Vannicelli.

Su misión es clara, fría y definitiva: encontrar al proveedor más poderoso de la región… y eliminarlo.

Pero Brasil no solo le espera con sangre y traición.

Le espera con ella.

Salma Santos.

La única mujer que Vito ha amado de verdad.

La mujer que lo cuidó cuando estaba ciego, roto y vulnerable.

La mujer de la que se enamoró sin verla, y de la que se enamoró aún más cuando recuperó la vista…

Y la mujer que decidió abandonarlo para huir de la violencia, del apellido Vannicelli y de una vida manchada de muerte.

Ahora Salma no es solo un recuerdo.

Es la prometida del empresario más respetable de Brasil.

Y, peor aún, el enemigo directo de los Vannicelli.

El reencuentro no trae consuelo.

Trae preguntas.

Heridas abiertas.

Y secretos que Salma ocultó… secretos que la llenaron de rencor hacia Vito y su familia.

Mientras Brasil se convierte en un campo de guerra silenciosa, Vito descubre que el amor que nunca superó puede costarle todo:

su lealtad, su apellido…

o su vida.

Porque en la mafia no existen las segundas oportunidades.

Y amar a la mujer equivocada puede ser el error más mortal de todos.

¿Elegirá Vito el poder absoluto…

o traicionará a su sangre por el único amor que jamás pudo olvidar?

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PROLOGO
POV NARRADOR Brasil no olvida a los depredadores. Los reconoce. El aire de São Paulo era espeso incluso dentro del edificio. No por el calor —los sistemas de climatización eran impecables—, sino por la tensión. Una tensión invisible, animal, que no se medía en grados ni en humedad, sino en silencios. En el último piso de un rascacielos de vidrio ahumado, dos hombres observaban la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez. El primero, brasileño, permanecía de pie frente a los ventanales. Alto. Espalda recta. Manos cruzadas detrás del cuerpo. No necesitaba levantar la voz para ser obedecido. No necesitaba moverse para imponer presencia. Era el tipo de hombre al que los demás se acostumbraban a seguir… o a temer. Su nombre no se decía a la ligera. En São Paulo, en Río, en Santos… su apellido no figuraba en periódicos ni expedientes judiciales, pero aparecía en conversaciones en voz baja, en cuentas bancarias imposibles de rastrear y en funerales sin explicación. A su lado, ligeramente más atrás —porque incluso entre iguales había jerarquías—, estaba el colombiano. Más bajo. Más nervioso. Más expresivo. Sus ojos se movían con rapidez, como si incluso allí, en ese despacho blindado, alguien pudiera escucharlos. —Acaba de aterrizar —dijo finalmente el colombiano, rompiendo el silencio. El brasileño no se giró. —¿Hora exacta? —Hace quince minutos. Vuelo privado desde Milán, con escala técnica en Lisboa. Todo limpio. Ningún error. El brasileño cerró los ojos un segundo. No por cansancio. Por memoria. —¿Estás seguro? —Tan seguro como se puede estar cuando se habla de ese hombre. El silencio volvió a instalarse. Abajo, la ciudad vibraba. Miles de personas moviéndose sin saber que, a veces, una sola llegada podía alterar el equilibrio de un país entero. —Dijiste que había una alerta —continuó el colombiano—. Que si alguna vez ponía un pie en Brasil, debías saberlo antes que nadie. El brasileño sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. Fue una grieta mínima en un rostro entrenado para no mostrar nada. —Y así fue. Se giró por fin. Su mirada era oscura, profunda. No había ira en ella. Tampoco sorpresa. Solo cálculo. —¿Confirmado visualmente? —Sí. Traje n***o. Corte italiano. Camina como si el mundo le perteneciera… y probablemente cree que así es. El brasileño soltó una breve exhalación por la nariz. —Siempre igual. El colombiano dudó un instante antes de hablar de nuevo. —¿Ordeno que lo intercepten? La respuesta fue inmediata. —No. El colombiano frunció el ceño. —¿Entonces? El brasileño se acercó a la mesa de cristal. Activó una pantalla táctil. Un mapa de São Paulo apareció iluminado en azul. —Síganlo —dijo—. Desde ahora. Sin errores. Sin contacto. Sin sombras evidentes. —¿Lo vigilamos o lo marcamos? —Lo estudiamos. El colombiano asintió lentamente. —¿Tan peligroso es? El brasileño lo miró como si la pregunta le pareciera casi ingenua. —No es peligroso porque mate. Hizo una pausa. —Es peligroso porque seduce. Porque entra a una ciudad como si fuera una mujer… y la convence de abrirle las piernas antes de darse cuenta de que ya la está devorando. El colombiano tragó saliva. —Entonces… ¿es cierto? —Todo lo que has escuchado —respondió el brasileño— y lo que todavía no. Volvió a mirar la ciudad. —Brasil siempre ha sido territorio de oportunidades —añadió—. Pero también de errores costosos. Y ese italiano… es un error que camina con traje a medida. Mientras tanto, a kilómetros de allí, el aeropuerto internacional vibraba con una energía completamente distinta. Risas. Tacones. Perfumes caros. Idiomas mezclándose como alcohol en una copa demasiado llena. El italiano avanzaba entre la multitud con la naturalidad de quien nunca ha tenido que pedir permiso para existir. Traje n***o impecable. Camisa blanca. Corbata ajustada con precisión quirúrgica. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con una elegancia que no parecía forzada. Su barba, apenas marcada, le daba ese aire de peligro controlado que las mujeres no sabían explicar… pero sentían. Y las mujeres lo sentían. A la izquierda, una azafata redujo el paso sin darse cuenta. A la derecha, una empresaria brasileña sostuvo el teléfono un segundo más de lo necesario, fingiendo revisar un mensaje inexistente. Más adelante, dos chicas jóvenes se miraron entre ellas, sonrieron… y luego miraron de nuevo al italiano. Él lo notó todo. Siempre lo notaba. No era vanidad. Era costumbre. El italiano sonrió apenas, sin detenerse, sin regalar atención gratuita. Sabía que el deseo, cuando se entrega completo, pierde valor. Prefería dejarlo suspendido. Inconcluso. Brasil —pensó— siempre tan generoso con la belleza. Su italiano se mezclaba mentalmente con el portugués que escuchaba a su alrededor. Un idioma sensual. Abierto. Peligroso. Le gustaba. Había llegado con una sola maleta. No porque no pudiera traer más, sino porque había aprendido que los hombres verdaderamente poderosos no cargaban nada que no pudieran abandonar en cualquier momento. Mientras caminaba hacia la zona de salidas VIP, sintió una vibración familiar en el aire. No supo decir por qué. No vio cámaras ocultas. No percibió miradas directas. Pero algo —una intuición vieja, entrenada a golpes y traiciones— le rozó la nuca. Interesante. Alzó la vista. Y entonces lo vio. Un hombre mayor, impecablemente vestido, lo esperaba apoyado en un bastón de madera oscura. Cabello canoso. Traje claro. Sonrisa tranquila. Viejo amigo. Viejo aliado. Viejo depredador disfrazado de empresario respetable. —Italia nunca supo retenerte —dijo el brasileño en un italiano perfecto cuando el mafioso se acercó. El italiano sonrió con auténtico placer esta vez. —Brasil siempre supo invitarme. Se abrazaron con la precisión de quienes se conocen demasiado bien como para fingir afecto innecesario. —Has cambiado —comentó el empresario brasileño, evaluándolo con ojos expertos. —Tú no —respondió el italiano—. Sigues vivo. Eso ya es un mérito. Rieron suavemente. —Ven —dijo el empresario—. El coche nos espera. Mientras caminaban juntos hacia la salida privada, el italiano lanzó una última mirada al interior del aeropuerto. Mujeres. Movimiento. Vida. Y algo más. Algo que no se veía… pero que estaba allí. Sonrió. Brasil no sabía todavía lo que acababa de recibir. Pero pronto lo sabría. Porque cuando un depredador entra en un territorio nuevo, no pregunta quién manda. Observa. Aprende. Y decide a quién devorar primero. Y en lo alto de la ciudad, un brasileño ya había decidido lo mismo. El juego acababa de comenzar.

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