Todo el verano en el campamento fue espectacular… siempre y cuando lograra esquivar a Luke.
Durante mi estancia, salí un par de veces con Logan. Parecía que el beso que compartimos no le había importado mucho, porque no volvió a mencionarlo… o tal vez ni siquiera lo recordaba.
Algunos días teníamos una química increíble. Bastaba con rozarnos las manos al compartir un libro para que saltaran chispas entre nosotros. Otros días, en cambio, nos envolvía una paz absoluta.
Los días pasaron, y al final del campamento, le compartí mi número de teléfono antes de despedirme con un abrazo. Se sintió como hogar: tierno, cálido, lleno de algo que me gustaba.
No pude confesarme…
Pero lo haría pronto. Me aseguraría de que pudiera oírme.
Ese día me despedí no solo de mi primer amor, sino también de esa cabaña que fue testigo de mi primer beso.
Mientras recogía mis cosas, me dirigí al auto de mi padre, que me esperaba en el estacionamiento. Su alegría era desbordante; me abrazó con tanta fuerza que, por unos segundos, me levantó del suelo.
—Mely, cuánto tiempo. Te extrañé.
Usó ese tono cariñoso que tanto lo caracterizaba. Con delicadeza, me bajó y acarició mi rostro. Era la ternura de un padre que jamás podría olvidarse. Mi padre, Charlie, era la definición de "estar presente".
Subimos al auto y comenzamos el camino de regreso. Yo conecté mi lista de música pop, intentando alegrar el ambiente. Cerré los ojos, dejándome llevar por el traqueteo suave del motor y la brisa veraniega.
Pero entonces mi mente viajó sola.
Cuando cumplí trece años, recibí la peor noticia de mi vida mientras estaba en la escuela: mi madre había fallecido en un accidente de auto, provocado por un adolescente que perdió el control.
A pesar de que mi padre contrató investigadores para encontrar al culpable, nunca lo lograron. Lo único que hallaron fue un maletín con cuatrocientos mil dólares como “compensación”.
Eso…
¿Eso valía la vida de mi madre para esa persona?
Con el alma hecha pedazos, mi padre trabajó incansablemente para darme una vida mejor. Fundó un negocio de venta de autos y se entregó por completo a su trabajo.
Durante cuatro años se cerró al amor: yo era su única prioridad.
Pero dicen que el amor, cuando llega, lo hace con fuerza.
Una noche, a punto de cerrar el local, una mujer apareció furiosa. Al parecer, su exmarido había huido con su amante en su auto… y con su teléfono. Necesitaba transporte urgente, y por coincidencia, el negocio de mi padre era el más cercano.
Él le ofreció un auto. Se lo regaló sin conocerla. Hablaron toda la noche.
Y hubo algo.
Ya llevaban ocho meses de relación.
Yo aún no la conocía, pero mi padre decía que era un ángel caído del cielo y que me caería bien.
¿Mi opinión?
No me importaba. Siempre que ella lo hiciera feliz, yo también lo sería.
Y por su rostro, más iluminado que nunca, sabía que lo estaba. Ese brillo en su mirada… hacía años que no lo veía.
—Papá, te extrañé.
—Yo también hija. ¿Cómo te fue?
—Muy bien.
«Excepto por el idiota de ojos verdes que me molestaba…»
«¿Por qué estoy pensando en él?»
«¡Qué tontería!»
Mi padre sonrió con serenidad mientras tomaba mi maleta.
—Me alegra que disfrutaras. Ven, te llevaré a casa. Tenemos que hablar.
—¿Hablar? —le respondí con picardía—. ¿Acaso me vas a decir por fin quién es tu novia misteriosa?
Solo al mencionarla, la punta de sus orejas se pusieron roja. Me reí sin poder evitarlo.
Mi padre, apenas en sus cuarenta, alto, con ojos gris-azulados —los mismos que heredé—, seguía siendo atractivo. Pero desde la muerte de mamá, no había querido saber nada de mujeres.
Guardó la maleta en el auto y arrancó. Me recosté en el asiento, mirando los árboles desaparecer tras el vidrio.
—Mely.
—¿Sí?
—Nos vamos a mudar.
Abrí los ojos de golpe, completamente sorprendida. Habíamos nacido y crecido en Nueva Jersey. Mudarnos sería como desprenderme de mi hogar. Nuestra casa era pequeña, sin lujos… pero era nuestra.
—Papá… ¿de qué hablas?
—Caroline me ha propuesto que nos mudemos a Nueva York. Piensa en ello, hija: tendrás acceso a una buena universidad, viviremos en una casa más grande, con ella… y sus hijos.
—¿Hijos?
—Sí. Tendrás hermanastros. Los conocí, y son chicos muy decentes.
—Papá… espera… ¿quieres que vivamos con tu novia y sus hijos? ¿No crees que es muy pronto?
—¿Tú crees…? —murmuró, apenas audible.
En sus ojos noté el miedo. Como si mi opinión fuera todo para él. Respiré profundo. Sabía que lo era.
—Papá… si tú quieres mudarte con ella, está bien. Quiero que seas feliz. Te apoyaré. No me molesta.
Al oírme, exhaló como si le quitara un peso del alma.
—Gracias, Mely. No sabes lo bien que me haces sentir.
Ese día, que debía ser tranquilo, me dejó inquieta.
Esa semana, entre cajas y recuerdos, lo ayudé a empacar. Queríamos mudarnos antes del inicio de clases.
No sé cómo, pero su novia consiguió que me aceptaran en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York.
Sí. Ese era mi sueño: convertirme en abogada.
Quería justicia. Quería perseguir culpables como el asesino de mi madre.
Tras un largo viaje, llegamos a la ciudad de Nueva York. Sus colores, la mezcla de idiomas, el bullicio... me atraían más de lo que quería admitir. Debía fingí comodidad. Por él.
Miraba por la ventana mientras mi padre conducía el camión de mudanza. Dejaba atrás mi pasado, entrando a un futuro incierto. Sonreiría… por él.
—Mely, recuerda que puedes decirme si te sientes cómoda.
—Lo haré, papá —respondí con mi mejor voz tranquila—. Lo importante es que tú seas feliz.
Vi su sonrisa leve. Sabía que mi bienestar significaba el mundo para él.
Había pasado ya dos semanas desde el campamento.
Y lo que dejé atrás… parecía un sueño que nunca fue real.
Llegamos a una torre junto al Central Park, en la calle 57. El edificio se alzaba como un monstruo metálico. Nos guiaron hasta el ático.
Al entrar, el miedo me invadió.
Mi padre lo notó y sonrió.
—Mi novia es CEO de una empresa tecnológica. Espero que no te moleste.
—No, papá… no me molesta —fingí una sonrisa—. Solo… es un poco sorpresivo.
—Vamos, Mely. Vamos a acomodar todo.
Los siguientes tres días nos dedicamos a instalar todo. Caroline y sus hijos aún no aparecían, estaban resolviendo su mudanza.
Mi padre, emocionado, organizó una comida para conocerlos oficialmente.
Esa misma mañana salió temprano para preparar todo. Y yo… estaba hecha un manojo de nervios. Me puse mi vestido floral amarillo, el que resaltaba mi rostro. Mi pulsera de rosas, zapatos cómodos pero elegantes. Después de perderme unas cuantas veces con el GPS, llegué al restaurante.
Desde afuera… parecía de otro mundo. Sentía que hasta el aire que respiraba elevaba el precio de la comida. Tragué saliva. Me acerqué. Y entonces mi cuerpo reaccionó.
Mi piel se erizó.
Mi alma lo reconoció antes que mis ojos.
Giré el rostro… y allí estaba.
«No… no puede ser… esto tiene que ser una pesadilla.»
Me pellizqué varias veces. Nada. Era real.
Ese cabello rebelde, esos ojos verde esmeralda…
Ese andar arrogante.
—Vaya, cerecita. Mira quién vino hoy —río con ese tono enigmático.
—Dios mío… tengo un acosador —miré alrededor—. No es posible que estés aquí. Voy a llamar a la policía. No tienes razón para estar aquí.
—¿No? —se carcajeó—. Tengo muchas razones para estar aquí… hermanita.
—¿Herma… qué?
Me limpié el oído con nerviosismo, como si así pudiera haber escuchado mal.
—Creo que escuché mal…
—Para nada, cerecita. Tú y yo… de ahora en adelante, seremos hermanastros.