Duncan timoneó el Nalla internándolo en el océano atlántico con la satisfacción de un niño que estrena juguete. No era la primera vez que se lanzaba al mar con el Nalla, pero cada vez para él era como la primera vez. Amaba el mar. Antes no había tenido oportunidad de explorarlo por sus limitaciones económicas, pero ahora podía, y Miami se había convertido en su destino cada vez que podía y quería. Sabía que había armado un pandemónium en la Chrystal, y que ahora mismo Allegra debía estar llorando la posible pérdida de su herencia, pero pensarlo no lo mortificaba. Al menos, no mucho. Puso el piloto automático y decidió bajar por unas cervezas. Hacía calor, y no quería deshidratarse. Esta vez había venido solo. No había tenido ánimo de invitar a ninguna amiga en esa ocasión, lo que lo mol

