Duncan miró a Kathleen disculpándose. Nunca, nunca Allegra había llegado tarde a ninguna parte. Su madre ya tenía la mesa dispuesta. Había, con ayuda de Nicholas, buscado en internet la manera de disponer bien los platos y copas según el tipo de cena, y también había ido a la peluquería y se había mandado a hacer un peinado y un suave maquillaje con el que estaba hermosa. —Debe ser que hay mucho tráfico –se disculpó él. —Sí, seguramente. Duncan tomó su teléfono y la volvió a llamar. Nada. Timbraba y timbraba, pero no lo contestaba. Nicholas estaba sentado en el sofá y miraba a su hermano ir y venir. —A lo mejor tuvo un problema con su coche. —No. Boinet se hubiera hecho cargo, y ella me habría llamado. La llamaré a su casa –se acercó al teléfono fijo y marcó de memoria el número de l

