Capitulo 37

3234 Palabras
—Le he dicho que tiene de plazo hasta el 18 de diciembre para presentarme una nueva propuesta. Puede considerarlo un regalo de Navidad. No te preocupes más por ella. Su futuro académico depende de un hilo. Un hilo que sostengo yo. «Bien», pensó _______. —También tuve una interesante conversación con mi abogado —añadió Tom. _____ bebió un trago de vino y esperó a que él siguiera hablando. —Me dijo que se informaría más a fondo sobre la política de no confraternización de la universidad, pero que me desaconsejaba muy encarecidamente mantener cualquier tipo de relación sentimental contigo mientras estuvieras en mi clase. Ella se ruborizó. —¿Eso incluye los besos? —No lo dudes, pero comentó que a la universidad le preocupan básicamente las actividades sexuales. Mientras seamos castos y discretos durante el resto del semestre, no creo que tengamos problemas. ________ se ruborizó aún más y no apartó la vista de la copa. —Así que vas a tener que mantener las manos quietas hasta que te haya entregado la nota del seminario, señorita Mitchell. —No puedes ir besándome y calificar mi trabajo a la vez. —Tienes razón. A estas alturas ya no podría ser objetivo con tu trabajo por mucho que me esforzara. Haré que lo califique Katherine. —¿No le extrañará? —Me inventaré alguna excusa —respondió él, sonriendo—. Y le compraré una botella de Lagavulin de dieciséis años. Resucita a un muerto. —Pero lo que estamos haciendo no deja de ser confraternizar. Tom le sujetó la cara entre las manos. —Pero no es tan grave como si nos hubiéramos acostado. Tendríamos menos problemas con la administración en caso de ser descubiertos. Mi abogado está buscando cualquier resquicio legal. —No quiero ser un resquicio en tu vida. —No lo eres. ¿Prefieres que nos mantengamos totalmente apartados durante cinco semanas? Yo prefiero verte y poder darte la mano, pero si es lo que tú prefieres, lo haré. _______ se lo planteó, pero la idea de no verlo durante cinco semanas la ponía enferma, así que negó con la cabeza. —Me gustaría que pudiéramos seguir viéndonos —continuó Tom—. Como amigos, por supuesto. Tú aún estás decidiendo si puedes confiar en mí y todavía nos estamos conociendo. Si nadie en la universidad se entera, nadie podrá atacarnos. Le quitó la copa de vino y la dejó en la mesita, al lado de la suya. Luego la abrazó hasta que _______ prácticamente estuvo sentada sobre su regazo. —Podemos imaginarnos que somos adolescentes y que seguimos viviendo en Selinsgrove. Que acabamos de empezar a salir juntos y que, como somos buenos chicos chapados a la antigua, hemos hecho voto de castidad. —Le has estado dando muchas vueltas a todo esto. —Tengo una imaginación muy rica y gráfica en lo que a ti se refiere —susurró él—. Tal vez me hubiese gustado que pudiésemos ser adolescentes al mismo tiempo. —Entonces, ¿todo esto va encaminado a acostarnos? Tom reflexionó un momento antes de responder. —Lo que me había imaginado no era tan sórdido. Pero, ________, piensa que lo que pase o deje de pasar en nuestra relación depende enteramente de ti. Ella asintió para hacerle saber que lo había oído y ambos guardaron silencio. Poco después, ________ cerró los ojos, sintiéndose extrañamente relajada por el aroma de Tom y el latido de su corazón. Él le acarició el cabello y le susurró palabras en italiano. —¿_______? —la llamó al cabo de un rato. Silencio.—¿____? Al inclinarse, vio que se había dormido. No quería despertarla, pero tampoco quería irse sin despedirse. Además, no se marcharía tranquilo si ella no cerraba la puerta por dentro. La levantó con cuidado y la depositó bajo el edredón, esperando que se despertara, pero no lo hizo. Tom se quedó mirando su cuerpo menudo, sus labios entreabiertos, su pecho, que subía y bajaba cada vez que respiraba. Era muy bonita. Y muy dulce. No recordaba la última vez que había pasado una noche casta al lado de una mujer hermosa que no fuera m*****o de la familia. Una noche casta, aunque cargada de deseo, pasión y una necesidad abrumadora... ¡Dios, cómo la deseaba! Pero el conflicto de siempre se cernía amenazador en su mente. No quería corromperla. No quería que se volviera como él. No quería que fuera vulnerable ni soportaría que sufriera por su culpa. Dudaba muy seriamente de su propia capacidad para mantener una relación con ______ sin perder el control. Había estado a punto de olvidarse de sus buenas intenciones al verla con aquella toalla. «Ésta es la consecuencia de años de lujuria y desenfreno. Ya ni siquiera sabes cortejarla como un caballero. Quieres hacerle el amor sin que ella sienta que la estás follando, pero ¿serás capaz? ¿Podrías mantener una relación s****l con _______ sin tratarla como si fuera un juguete concebido para tu satisfacción carnal? ¿Podrías amarla sin pecar?» Estos pensamientos lo martirizaban mientras contemplaba al corderito de mejillas sonrosadas que le tenía tanta confianza que se había quedado dormida entre sus brazos, ajena a la pasión que le hervía a él en las venas. Se vació los bolsillos y desconectó el iPhone antes de ir al baño. Apagó la estufa y se quedó en calzoncillos y camiseta. Dedicó un momento a memorizar la marca del champú y demás productos de aseo de _______, para poder comprarlos para su próxima visita a su casa. Definitivamente, la vainilla era su nuevo sabor favorito. «Aunque la vainilla y el chocolate juntos...» Tras apagar la luz, se tumbó a su lado en la cama individual. Era demasiado pequeña para dos personas. Por un momento, casi añoró su camastro de la residencia de estudiantes en Princeton o en el Magdalen College. Casi. En aquellas camas se podía dormir, pero eran totalmente inadecuadas para cualquier actividad s****l. Era una suerte que ese tipo de actividades no formaran parte del menú de esa noche. Al darse la vuelta, su mano rozó un trozo de papel pequeño y liso metido bajo la almohada. Lo cogió y lo levantó para mirarlo a la luz de un rayo de luna que entraba por la ventana. Lo que vio no podía haberlo sorprendido más. Era una vieja fotografía suya, de sus días en Princeton. Reconoció el jersey del equipo de remo de la universidad. «¿De dónde la habrá sacado? ¿Cuánto tiempo hará que la tiene?» Volvió a dejarla bajo la almohada, sonriendo sorprendido. Algo parecido a la esperanza le calentó las entrañas. Nunca le había gustado dormir abrazando a alguien por detrás, como cucharitas en un cajón. Era una postura demasiado íntima para él. Pero ese día era justo lo que deseaba hacer. Rodeó a _______ con su cuerpo y le pasó un brazo por encima. Encajaban perfectamente. Tom suspiró de satisfacción al poder abrazar el cálido cuerpo de la joven a la que adoraba y hundir la nariz en su pelo largo y suave, que olía a vainilla. Alrededor de las tres de la mañana, ______abrió los ojos. Un fuerte brazo la sujetaba con firmeza y el aroma de Tom le llegó a la nariz. Estaba entre sus brazos, con la espalda pegada a su pecho. Aunque él se movió un poco como reacción al movimiento de ella, su respiración acompasada indicaba que seguía durmiendo. ________ lo miró en la oscuridad. ¿Cuántos años había esperado para dormir otra vez a su lado? Se volvió muy lentamente y se puso boca arriba. Con los ojos cerrados y una expresión de paz en la cara, Tom parecía mucho más joven. Casi parecía un niño. Un niño bueno, de pelo castaño y labios sonrosados, que sonreía en sueños dulcemente. ________ suspiró disfrutando de su belleza. Tom abrió los ojos. Tardó unos segundos en distinguirla en la oscuridad, pero cuando lo hizo, la besó en los labios y susurró: —¿Estás bien? —Sigues aquí —dijo ella. —No volveré a dejarte sola sin decirte adiós. ¿No puedes dormir? —Pensaba que esto era un sueño. —Sólo para mí —replicó él con una sonrisa. —Eres guapísimo, Tom. Siempre lo has sido, lo sabes, ¿no? —La naturaleza es muy cruel. El ángel caído conserva su belleza, pero soy feo por dentro. _______ le dio un beso decidido para dar más énfasis a las palabras que estaba a punto de pronunciar. —Alguien que es feo por dentro no compra un maletín para otra persona y mantiene lo que ha hecho en secreto. Él la miró boquiabierto. —¿Desde cuándo lo sabes? —Rachel me lo contó. —Y, al enterarte, ¿te vinieron más ganas de quedártelo o menos? —En aquel momento, mitad y mitad. —Pero ya no lo usas —comentó Tom, apartándole el pelo de la cara. —Volveré a usarlo. —Entonces, ¿te gusta? —Mucho. Gracias. Él le frotó la nariz con la suya y sonrió. —Tú eras hermosa a los diecisiete años, _______. Ahora eres deslumbrante. —Nadie es feo del todo en la oscuridad —susurró ella. —No estoy de acuerdo. —Tom volvió a besarla, pero al darse cuenta de lo que estaba haciendo, se apartó bruscamente y se obligó a detenerse. _______ le apoyó la cabeza en el pecho y cerró los ojos, escuchando el latido de su corazón y tratando de no embriagarse con la energía que circulaba entre los dos. —Acabo de darme cuenta de que la única manera de conseguir que seas sincera conmigo es compartiendo tu cama. Ella se ruborizó. Aunque estaba oscuro, Tom lo notó y se echó a reír. —¿A qué crees que se deberá? —Cuando estamos juntos en la cama, eres amable conmigo. Me siento... segura. —No sé si estar acostados juntos es muy seguro, _______, pero te prometo que trataré de ser amable contigo siempre. Especialmente en la cama. Ella lo abrazó y asintió contra su pecho, como si entendiera las implicaciones de lo que le estaba diciendo. Pero no podía entenderlas. ¿O sí? —¿Vas a ir a casa en Acción de Gracias? —Sí, tengo que llamar a mi padre para darle las buenas noticias. —Yo le prometí a Richard que iría. ¿Te... te apetecería viajar conmigo? —Me encantaría. —Bien. —Tom suspiró y se frotó los ojos—. Entonces será una fiesta mucho más agradable. —Nunca me ha gustado Acción de Gracias. Sólo Grace la hacía tolerable. —¿No lo pasabas bien con tu familia? _______ cambió de postura, inquieta. —No lo celebrábamos. —¿Por qué no? —Yo siempre me encargaba de cocinar, a menos que mi madre estuviera fuera de casa, en rehabilitación. Pero cuando trataba de preparar algo especial... —______ negó con la cabeza. No podía continuar. Tom la abrazó con más fuerza. —Cuéntamelo —susurró. —No quieres saberlo. Ella trató de liberarse, pero él se mantuvo firme. —No quería que te disgustaras. Sólo quiero conocerte mejor. El tono de voz de Tom, más que sus palabras o sus gestos, le llegó al corazón. Respiró hondo antes de seguir hablando. —Durante mi último día de Acción de Gracias, en San Luis, mi madre llevaba varios días de borrachera en casa con uno de sus novios. Pero, estúpida de mí, decidí preparar un pollo relleno asado con patatas doblemente horneadas y verduras como acompañamiento. —Seguro que quedó delicioso —la animó él. —Nunca lo averigüé. —¿Por qué? —Tuve una especie de accidente. —_______... —Tom trató de levantarle la barbilla para que lo mirara a los ojos, pero ella se resistió—. ¿Qué pasó? —No teníamos mesa en la cocina. Así que monté una mesa plegable en el salón y puse tres cubiertos. Fue una auténtica estupidez. No tenía que haberme molestado. Coloqué la comida en una bandeja para llevarla a la mesa, pero el novio de mi madre me puso la zancadilla y me caí. —¿A propósito? —Sí, me vio venir. Tom se enfureció inmediatamente y apretó los puños. —Salí volando. Los platos se rompieron. Había comida por todas partes. —¿Te hiciste daño? —preguntó él, con los dientes apretados. —No me acuerdo. —¿Tu madre te ayudó? ______ negó con la cabeza. Tom gruñó. —Se echaron a reír. Debía de tener un aspecto patético, de rodillas, llorando, bañada en salsa. El pollo salió disparado y se deslizó por el suelo hasta quedar debajo de una silla. —Permaneció un rato en silencio, reflexionando—. Pasé un buen rato de rodillas. Te habría dado un ataque si me hubieras visto. Él reprimió el impulso de dar un puñetazo a la pared. —No me habría dado ningún ataque. A él le habría dado una paliza y me habría tenido que contener mucho para no dársela también a ella. _______ le acarició el puño con un dedo. —Pronto se aburrieron del espectáculo y se fueron a la habitación a follar. Ni siquiera se molestaron en cerrar la puerta. Ése fue el último día de Acción de Gracias que pasé con Sharon. —Tu madre me recuerda a Anne Sexton. —Pero mi madre nunca escribió poesía. —Dios mío, _______. —Tom abrió los puños y la abrazó. —Lo recogí todo para que no se enfadaran conmigo y me subí a un autobús. Fui dando vueltas sin rumbo hasta que vi a un grupo del Ejército de Salvación. Anunciaban una cena de Acción de Gracias para los sin techo. Les pregunté si aceptaban voluntarios y me enviaron a la cocina. —¿Así pasaste la noche de Acción de Gracias? Ella se encogió de hombros. —No podía volver a casa. Los del Ejército de Salvación fueron muy amables conmigo. Cuando acabamos de servir la cena, comí pavo con el resto de los voluntarios. Incluso me llevé un poco que había sobrado a casa. Y un trozo de tarta. Nadie me había preparado tarta antes. Tom se aclaró la garganta. —________, ¿por qué no fuiste a vivir antes con tu padre? —No todos los días eran tan malos —contestó y empezó a juguetear con la camiseta de Tom, enroscándosela alrededor del dedo y tirando de ella. —¡Eh, cuidado! —Él se echó a reír—. Me estás arrancando los cuatro pelos que tengo. —Lo siento. —_______ le alisó la camiseta, nerviosa—. Mi padre vivió con nosotras hasta que mi madre lo echó de casa. Yo tenía cuatro años. Regresó a Selinsgrove, su pueblo natal. Solía llamarme los domingos. Un día, mientras hablaba con él, se me escapó decirle que uno de los novios de mi madre se había colado en mi cuarto la noche anterior, desnudo, creyendo que mi habitación era el baño. —Se aclaró la garganta y empezó a hablar más de prisa, para que Tom no pudiera hacerle la pregunta—. Papá se asustó y me preguntó si ese hombre me había tocado. No lo había hecho. Entonces, mi padre quiso hablar con mi madre. Cuando le expliqué que no podía molestarla cuando estaba con alguno de sus novios, me dijo que me metiera en mi habitación y que cerrara la puerta por dentro. Por supuesto, no tenía cerradura ni cerrojo. A la mañana siguiente, a primera hora, mi padre se plantó en casa y me llevó con él a Selinsgrove. Menos mal que el novio ya se había ido. Creo que papá lo habría matado. —¿Te marchaste? —Sí. Papá le dijo a mi madre que si no dejaba el alcohol y los hombres, se quedaría conmigo permanentemente. Ella aceptó ir a rehabilitación y yo me fui a vivir con él. —¿Cuántos años tenías? —Ocho. —¿Por qué no te quedaste luego con tu padre? —Porque nunca estaba en casa. Tenía un trabajo que le ocupaba muchas horas. A veces, también tenía que trabajar los fines de semana. Y encima era bombero voluntario. Al acabar el curso, me mandó de nuevo a San Luis. Mi madre acababa de salir de rehabilitación y estaba trabajando en un salón de manicura. Pensó que estaría mejor con ella. —Pero más tarde volviste a vivir con él. ¿Qué pasó? _______ titubeó. —Puedes contármelo, ______—la animó, abrazándola con fuerza. Luego esperó, acariciándole la cabeza. Ella tragó saliva. —El verano antes de cumplir los diecisiete años, papá me fue a buscar otra vez. —¿Por qué? —Mamá me pegó. Me caí y me golpeé la cabeza contra el mármol de la cocina. Desde el hospital, llamé a mi padre y le dije que si no venía a buscarme me iría de casa. Y eso fue todo. No volví a ver a mi madre. —¿Te quedó cicatriz? ______ le cogió la mano y se la llevó a la nuca. Los dedos de Tom resiguieron una línea de piel más gruesa en la que no crecía pelo. —Lo siento —dijo, acariciándosela con los dedos y luego con los labios—. Siento mucho que te pasaran todas esas cosas. Si pudiera, les daría una paliza a todos... empezando por tu padre. —No me quejo. Tuve suerte. Podría haber sido mucho peor. Mi madre sólo me pegó una vez. —No veo la suerte por ningún lado. —Tengo suerte ahora. Aquí nadie me pega. Y tengo un amigo que se preocupa de que coma bien. Tom negó con la cabeza, maldiciendo entre dientes. —Deberías haber sido adorada, malcriada, tratada como una princesa. Como Rachel. —No creo en los cuentos de hadas —susurró ella. —Me gustaría lograr que volvieras a creer. —Se inclinó y le besó la frente. —La realidad es mejor que la fantasía, Tom. —No si convertimos la fantasía en nuestra realidad. ______ negó con la cabeza, pero sonrió. —¿Puedo hacerte una pregunta? —Por supuesto —respondió él. —¿Y tú? —La sonrisa había desaparecido de su rostro—. ¿Tienes alguna cicatriz? Tom permaneció impasible. —No puedes pegar a alguien cuya existencia ignoras. ______ le apoyó la cabeza en el hombro. —Lo siento. —No sé qué es peor, que te peguen o que te ignoren. Supongo que depende del tipo de dolor que prefieras. —Lo siento mucho, Tom. No lo sabía. Entrelazando los dedos con los suyos, _____ preguntó: —¿Vas a volver a casa ahora? —No, a no ser que tú quieras que me vaya. —Volvió a acariciarle el pelo, evitando la zona de la cicatriz. —Quiero que te quedes conmigo —respondió ella, suspirando. —Entonces, no voy a ninguna parte. _______ se durmió, mientras Tom reflexionaba sobre las cicatrices que le había mostrado y sobre las que permanecían ocultas. La llamó en voz baja, pero su respiración y falta de respuesta le indicaron que había vuelto a dormirse. —No dejaré que nadie te haga daño. —Le besó la mejilla con delicadeza—. Yo menos que nadie.
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