Mientras ______ esperaba en su piso, Tom trataba de mimetizarse con su entorno, como un camaleón. Se mostraba encantador con sus colegas, aunque tenía las entrañas revueltas y la mente desbocada. Se obligó a comer y rechazó una copa tras otra. Estaba convencido de que, cuando llegara a casa, ______ ya no estaría allí. Habría salido huyendo. No es que eso lo pillara por sorpresa. Sabía que pasaría tarde o temprano. Lo que no se había imaginado era que sería precisamente ése el secreto que los separaría. Tom sabía que no se merecía a _______ por muchas razones, razones que se había callado como un cobarde. No era una cuestión de amor, no creía que ella pudiera llegar a amarlo nunca. No era posible amar a alguien como él. Pero había esperado poder cortejarla el tiempo suficiente para que el afecto y la amistad los unieran, a pesar de algunos de sus oscuros secretos. Pero ya era demasiado tarde. Cuando por fin llegó a casa, se sorprendió al encontrarla durmiendo en el sofá. Su rostro era la imagen de la serenidad. Trató de no tocarla, pero no lo logró. Alargó la mano y le acarició el pelo, murmurando unas palabras tristes en italiano. Necesitaba música. En esos momentos necesitaba una melodía que lo ayudara a calmar la agonía, pero en la única canción que podía pensar era en Mad World, de Gary Jules. Y no quería estar oyendo esa canción cuando _______ lo abandonara. Ella abrió los ojos de repente. Vio que Tom se había quitado la americana y la corbata y que se había desabrochado tres botones de la camisa. También se había quitado los gemelos y se había remangado. Él sonrió con cautela.
—No quería despertarte.
—No pasa nada, sólo había cerrado los ojos un momento.
_______ bostezó y se incorporó lentamente.
—Puedes seguir durmiendo.
—No creo que sea buena idea.
—¿Has comido algo?
Ella negó con la cabeza.
—¿Te apetece hacerlo ahora? Puedo prepararte una tortilla.
—No, tengo el estómago encogido.
A él le molestaba que se negara a comer, pero prefirió no discutir con ella, consciente de que una discusión más grave se acercaba por el horizonte.
—Tengo un regalo para ti.
—Tom, un regalo es lo último que necesito en este momento.
—No estoy de acuerdo, pero puede esperar. —Se removió incómodo en el sofá, sin apartar los ojos de ella—. Llevas un chal y estás sentada al lado del fuego, pero sigues estando muy pálida. ¿Tienes frío?
—No.
______ empezó a quitarse la pashmina, pero los largos dedos de él le sujetaron la mano.
—¿Puedo?
Ella retiró la mano y asintió recelosa. Tom se acercó y _______ cerró los ojos cuando su aroma la envolvió. Con delicadeza, él le desenrolló el chal con las dos manos y lo dejó entre los dos, en el sofá. Luego le acarició el cuello con los nudillos.
—Eres preciosa —murmuró—. No me extraña que todos los ojos estuvieran clavados en ti esta noche.
Ella se tensó al oírlo y Tom se echó hacia atrás, maldiciéndose entre dientes.
Al bajar la vista, ________ se dio cuenta de que no había llegado a quitarse las botas, pero a él no parecía molestarle.
—Siento haber puesto las botas sobre el sofá. Me las quitaré.
Cuando empezó a bajarse una de las cremalleras, Tom se puso de rodillas en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó ella, mirándolo sorprendida.
—Admirar tus botas. Me gustan mucho —respondió él, acariciando el tacón de una de ellas.
—Rachel me ayudó a elegirlas, pero los tacones son demasiado altos.
—Los tacones nunca son demasiado altos. Pero deja que te ayude.
La voz de él, ronca y cargada de adoración, le aceleró el pulso. Con las manos suspendidas en el aire por encima de sus rodillas, repitió:
—¿Puedo?
_______ asintió, conteniendo el aliento. Reverentemente, Tom le acabó de desabrochar la bota y, con delicadeza, le recorrió la pierna con los dedos, desde la pantorrilla hasta el tobillo antes de quitársela. Tras repetir el proceso con la otra bota, las dejó ambas junto al sofá. Luego le levantó el pie derecho y empezó a masajearlo ligeramente con ambas manos. ________ gimió sin poder evitarlo y luego se mordió el labio, avergonzada.
—No hay nada malo en demostrar que sientes placer, _______ —la tranquilizó él—. Me anima mucho comprobar que no te resulto del todo repulsivo.
—No me resultas repulsivo en absoluto. Pero no me gusta verte de rodillas —susurró ella.
La expresión satisfecha de Tom se ensombreció.
—Cuando un hombre se arrodilla ante una mujer es un gesto de caballerosidad. Cuando una mujer se arrodilla ante un hombre, es indecente.
________ volvió a gemir.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso?
Él la miró sin comprender.
—¿Dónde aprendiste a dar masajes en los pies? —insistió ella, ruborizándose.
Él suspiró.
—Una amiga me enseñó.
«Una de sus amigas merecedoras de una foto en blanco y n***o, seguro», pensó______.
—Sí —dijo Tom, como si la hubiera oído—. Me gustaría ampliar el masaje al resto del cuerpo, pero no creo que sea una buena idea, al menos de momento.
Los ojos se le habían oscurecido mientras hablaba. Cambiando de pie, bajó la vista.
—Tengo hambre de tu cuerpo, ________. No soy lo suficientemente fuerte como para tocarte de manera casta. No si estuvieras tumbada ante mí, cubierta sólo por una sábana.
Permanecieron en silencio unos instantes, mientras Tom le masajeaba el pie. Luego, él se echó hacia atrás y, sentado sobre los talones, le pasó un dedo arriba y abajo por las medias.
—Si quieres, puedo llevarte a tu casa y hablamos mañana. O puedes quedarte aquí. Duerme en mi habitación y yo lo haré en la de invitados —le ofreció, inseguro.
—No quiero alargar las cosas innecesariamente. Me gustaría que habláramos, si no te importa.
—No me importa. ¿Quieres algo de beber? —Tom señaló hacia la cocina—. Puedo abrir una botella de vino. O prepararte un cóctel. —La miró fijamente—. Por favor, deja que haga algo por ti.
Una llama prendió en el vientre de _______, creciendo y envolviéndola, pero luchó contra ella.
—Agua, por favor. Necesito tener la cabeza clara.
Él se levantó y fue a la cocina. ______ oyó que se lavaba las manos y luego el ruido de varios cajones de la nevera abriéndose y cerrándose. Regresó con un vaso alto lleno de agua Perrier, hielo y varios trozos de lima.
—¿Me disculpas un momento?
—Todos los que necesites. Regresa al fuego cuando estés lista. —Trató de sonreír, pero estaba demasiado tenso para que la sonrisa resultara sincera.
Ella desapareció con su bebida. Tom supuso que necesitaba armarse de valor para enfrentarse a la siguiente revelación sobre su maldita y miserable existencia. O tal vez pensaba encerrarse en el baño y exigirle que hablaran a través de la puerta. No podría culparla.
La mente de _____ funcionaba a la velocidad de la luz. No sabía lo que Tom iba a decirle, ni cómo respondería ella. Era muy posible que se enterara de cosas que hicieran imposible que su relación continuara. La idea la destrozaba. No importaba lo que él hubiera hecho o con quién; lo amaba. La idea de perderlo otra vez, después de la felicidad de haberlo reencontrado, era una tortura. Tom se había sentado en su butaca roja y estaba contemplando la chimenea. Al verlo tan melancólico y con chaleco, le recordó a un personaje de una novela de las hermanas Brontë. Mientras se acercaba a él, le rogó a Charlotte que fuera un personaje de una de las suyas, no de su hermana Emily.
«Lo siento, pero es que Heathcliff me aterroriza. Por favor, que Tom no sea un Heathcliff. (No se ofenda, señorita Emily.) Por favor.»
Desde donde estaba, él no la veía. Carraspeó para advertirlo de su presencia. Tom le hizo un gesto con el brazo para que se acercara al fuego.
—Ven a calentarte.
_______ hizo amago de sentarse en el suelo, pero él se lo impidió con un gesto de la mano.
—Por favor —le dijo con una sonrisa—, siéntate en mi regazo. O en la otomana. O en el sofá.
A _______ no le importaba en absoluto sentarse en el suelo frente al fuego, pero a él parecía molestarle y no valía la pena discutir por algo así. Se decantó por la otomana y tomó asiento, contemplando las llamas azules y naranja. En su mente ya no era El Profesor; sino Tom, su profesor, su amado. Él cambio de postura, preguntándose por qué ________ se habría sentado tan lejos.
«Porque ahora sabe lo que eres y te tiene miedo.»
—¿Por qué no te gusta verme de rodillas? —preguntó ella finalmente, rompiendo el silencio.
—Tal vez después de la charla que hemos tenido antes, puedas adivinar la razón. Una razón que cobra más peso si tienes en cuenta lo que me contaste en tu apartamento. —Hizo una breve pausa—. Eres demasiado humilde y la gente se aprovecha de tu dulzura y amabilidad.
—Los estudiantes universitarios no lo tienen fácil. Tienen que ganárselo todo con esfuerzo.
—Ser una estudiante no tiene nada que ver con esto.
—Tú siempre serás el profesor brillante y yo siempre seré tu alumna —dijo ella en voz baja.
—Te olvidas de que te conocí antes de que fueras mi alumna. Y no serás estudiante eternamente. Estaré sentado en primera fila cuando des tu primera conferencia. Y respecto a tus prejuicios contra los profesores, sólo puedo decir: «Si nos pincháis, ¿no sangramos?».
—«Y si nos atacáis, ¿no tenemos derecho a vengarnos?» —replicó ella, siguiendo con el monólogo de El Mercader de Venecia.
Tom se echó hacia atrás en la butaca y la miró complacido.
—¿Quién es ahora la maestra, profesora Mitchell? Yo sólo te supero en edad y en experiencia.
—La edad no lo vuelve a uno sabio necesariamente.
—Por supuesto que no. Y aunque tú eres joven, eres trabajadora y estás comenzando lo que promete ser una larga y brillante carrera. Tal vez no he dejado lo bastante claro lo mucho que te admiro.
______ no dijo nada y mantuvo la vista clavada en las llamas. Tom se aclaró la garganta.
—Ann no me hizo daño, ________. Apenas pienso en ella y, cuando lo hago, es para lamentar lo que pasó. No me dejó cicatrices.
______ se volvió para mirarlo con preocupación.
—No todas las cicatrices dejan marcas en la piel. ¿Por qué tuviste que elegirla a ella, de entre tanta gente?
Él se encogió de hombros y clavó la mirada en las llamas.
—¿Por qué hacen las cosas los seres humanos? Todos buscan la felicidad. Me prometió un placer intenso y en ese momento necesitaba distraerme con algo.
—¿Dejaste que te hiciera daño porque estabas aburrido?
________ sintió náuseas. La expresión de Tom se endureció.
—No espero que lo entiendas, pero en ese momento necesitaba quitarme una cosa de la cabeza. Podía elegir entre el dolor o el alcohol y no quería hacer nada que pudiera perjudicar a Grace o a Richard. Traté de mantener relaciones con varias mujeres, pero en seguida perdía el interés. Los orgasmos fáciles pero sin sentido acaban cansando, _________.
«Trataré de recordarlo», pensó ella.
—La actitud de la profesora Singer, tanto en la conferencia como durante la cena, no era la de una mujer despechada.
—Ella desprecia la debilidad y por tanto no reconoce el fracaso. Fue un duro golpe para su reputación y su enorme ego cuando trató de dominarme y fracasó. No quiere que se sepa.
—¿La querías?
—No. Es un súcubo sin alma ni corazón.
_______ volvió a mirar hacia la chimenea y apretó los labios.
—En realidad, fue una especie de prueba. Y no la superamos. En otras palabras, aunque... nos relacionamos, nunca existió nada entre nosotros.
—Me disculparás, pero carezco de vocabulario específico para descifrar lo que tratas de decirme.
—Estoy tratando de explicártelo sin manchar tu inocencia más de lo necesario. No me pidas que sea más explícito —dijo con frialdad.
—¿Todavía deseas lo que ella te ofrecía?
—No, fue una experiencia desastrosa.
—¿Y con otra persona?
—No.
—¿Y qué harás la próxima vez que te envuelva la oscuridad?
—Pensaba que lo había dejado claro. Cuando tú estás a mi lado, la oscuridad desaparece, Beatriz. —Carraspeó—. ________.
—Dime que no era ella la que aparecía en las fotografías.
—No, en absoluto. Las mujeres que fotografié me gustaban.
—¿Por qué te echó de su casa?
Tom apretó los dientes antes de responder.