Capitulo 44

2008 Palabras
—Hice algo que en su mundo es absolutamente inaceptable. No te mentiré diciendo que no disfruté al ver la expresión de su cara cuando le di a probar su propia medicina. Aunque al hacerlo violé una de mis reglas sagradas. ________ se estremeció. —Entonces, ¿por qué sigue acosándote? —Represento su fracaso, sigue deseando dominarme. Aparte de que poseo algunas habilidades... Ella se ruborizó, incómoda. —Me refiero a mis habilidades pugilísticas. Cuando se enteró de que había boxeado y de que era m*****o del Club de Esgrima de Oxford, no pude quitármela de encima. Por desgracia, tenemos esas aficiones en común. _______ se pasó un dedo por la cicatriz de la cabeza. —No puedo estar con alguien que pega, Tom. Ni por enfado, ni por placer, ni por ninguna otra razón. —Y haces bien. Lo apoyo. No está en mi naturaleza ser violento con las mujeres. Me gusta seducirlas. Ann fue una excepción. Si conocieras las circunstancias, creo que me darías la razón y me perdonarías. —Pero tampoco puedo estar con alguien que desea que le peguen. La violencia me da mucho miedo. Por favor, entiéndelo. —Lo entiendo. Pensé que lo que Ann me ofrecía me ayudaría a superar mis problemas. —Negó con la cabeza con tristeza—.________, lo auténticamente doloroso ha sido tener que mirarte a la cara y admitir mi sórdida relación con ella. Por ti, desearía no tener pasado. Desearía ser tan bueno como tú. _______ bajó la vista hasta sus manos, que se estaba retorciendo sobre el regazo. —La sola idea de que alguien te golpee... y te trate como a un animal... —La voz le empezó a temblar y los ojos se le llenaron de lágrimas—. No me importa que mantuvierais relaciones sexuales. No me importa que no te dejara marcas. Lo que no soporto es la idea de que alguien te haga daño porque tú lo desees. Tom apretó los labios y guardó silencio. —La idea de alguien golpeándote me pone enferma. Él apretó los dientes al ver dos lágrimas cayendo por sus mejillas. —Debes estar con alguien que te trate con amabilidad —dijo _______, secándose la mejilla con el dorso de la mano—. Prométeme que nunca volverás con ella. O con alguien como ella. Tom le dirigió una dura mirada. —Te dije que no tendrías que compartirme con nadie. Cumplo mis promesas. Ella negó con la cabeza. —Digo nunca más. Ni siquiera después de mí. Prométemelo. Tom gruñó. —Lo dices como si fuera inevitable que vaya a haber un después. ________ se secó otra lágrima. —Prométeme que no dejarás que nadie te maltrate para castigarte a ti mismo. Pase lo que pase. Él apretó los dientes con más fuerza. —Prométemelo, Tom. No volveré a pedirte nada, pero prométeme esto. Entornando los ojos, él la observó en silencio unos instantes antes de asentir. —Te lo prometo. _______ se relajó y dejó caer la cabeza hacia adelante, física y emocionalmente exhausta. Tom no se había perdido detalle de las emociones que habían batallado en su rostro, tan pronto pálido como sofocado, o del modo de retorcerse la tela del vestido. Le dolía mucho verla tan disgustada. Y verla llorar era desesperante. «El ángel de ojos castaños estaba llorando por el demonio. El ángel lloraba porque le dolía que alguien le hiciera daño a él.» Sin una palabra, la agarró y la sentó sobre su regazo. Apoyó su cabeza delicadamente en su pecho y la abrazó. —No más lágrimas. Ya has derramado demasiadas lágrimas por mí —le susurró al oído— y te aseguro que no me merezco ni una. —Suspiró pesaroso—. He sido muy egoísta queriendo estar contigo, _______. Deberías estar con alguien de tu edad, alguien bueno, como tú. No con un retorcido Calibán, que merece estar en la isla de La tempestad y no a tu lado. —A veces eres tan inocente como yo. —¿Cuándo? Dímelo. —Cuando me abrazas. Cuando me acaricias el pelo —susurró ella—. Cuando estamos en la cama juntos. Tom la miró con expresión torturada. —Si no me quieres en tu vida, sólo tienes que decirlo y desapareceré para siempre. No quiero que tengas miedo de mi reacción. Si me rechazas, te prometo que no trataré de retenerte. Si es lo que deseas, te dejaré marchar. _______ guardó silencio, sin saber qué decir. —Sé que tengo una personalidad controladora y admito que, como tú misma dijiste, soy un mandón —continuó, con la voz baja y crispada—. Pero nunca te trataría como a ella. No te haré daño, ______. Sería incapaz de hacerte daño. Le acarició el brazo con un dedo y a ______ se le erizó el vello, tanto por su caricia como por sus palabras. —No me preocupa lo que puedas hacerme, sino lo que Ann pueda hacerte a ti. —Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por mí. —Tu familia lo hace. Y yo también antes de mudarme a Toronto. Me preocupaba por ti cada día. Tom le dio un suave beso en los labios, que ella le devolvió. —A pesar de mis pasadas indiscreciones, me gusta mucho más dar a mis amantes un placer loco y apasionado que dolor, te lo aseguro. Algún día me gustará mostrarte esa faceta mía. Despacio, por supuesto. _______ se mordió la mejilla por dentro, buscando las palabras adecuadas para lo que tenía que decir. —Tengo que decirte algo. —¿Sí? —No soy... tan inocente como crees. —¿Y qué se supone que quiere decir eso? —preguntó él, bruscamente. ________ se mordisqueó el labio superior, nerviosa. —Lo siento. Me has pillado por sorpresa. —Tom se frotó los ojos. —He tenido un novio. Él frunció el cejo. —Ya lo sabía. —Y nosotros... hicimos cosas. —¿Qué clase de cosas? —preguntó Tom, levantando las cejas. Las palabras habían salido de su boca sin pensar, pero en seguida cambió de idea—. No respondas. No quiero saberlo. —No soy tan inocente como lo era cuando tú y yo nos conocimos, lo que significa que tienes una visión falsa e idealizada de mí. Tom reflexionó un instante sobre lo que estaba oyendo. Quería saber los detalles, pero al mismo tiempo tenía miedo de lo que ________ pudiera decir. La idea de que otra persona —él— la hubiera tocado, le hubiera dado placer, lo ponía furioso. Se daba cuenta de que ella necesitaba contarlo, pero no estaba seguro de poder reaccionar correctamente. —Tú fuiste el primero en besarme. El primero que me cogió la mano —dijo _______. —Me alegro. —Tom le levantó una mano y le besó el dorso—. Ojalá hubiera podido ser el primero en todo. —No me arrebató todas las primeras veces. —______ cerró la boca rápidamente. No había querido decir eso. El uso de la palabra «arrebatar» despertó en Tom instintos asesinos. Si alguna vez se encontraba a ese hombre, le partiría el cuello con sus propias manos. —Al ver que no regresabas, empecé a salir con alguien. En Filadelfia. Y... bueno... empezaron a pasar cosas. —¿Cosas que tú deseabas que pasaran? _______ se removió en el asiento, incómoda. —Era mi novio. A veces... perdía la paciencia. —Justo lo que me temía. Era un manipulador hijo de puta que te sedujo. —Tengo voluntad propia. No tenía por qué ceder. Tom permaneció en silencio. «No puedo soportarlo. Estos celos me matan. Pensar en sus manos y sus labios con los de otra persona... No.» —Sé qué no tengo derecho a preguntarte esto —dijo finalmente—, pero ¿lo amabas? —No. Él trató de ocultar la satisfacción que sintió al oír su respuesta levantando la barbilla. —No me toques nunca, ni permitas que yo lo haga, a no ser que lo desees. Quiero que me hagas esta promesa ahora mismo. Ella parpadeó sorprendida. —Me conozco. Hasta ahora he mantenido mis pasiones a raya, pero más de una vez he sido demasiado directo y te he hecho sentir incómoda. Me disgustaría mucho saber que nuestra relación había avanzado sólo porque te sentías coaccionada. —Te lo prometo, Tom. Él asintió y la besó en la frente. —_______, ¿por qué no quieres que te llame Beatriz? —Me entristeció mucho que no quisieras saber mi nombre cuando nos conocimos. Él la miró intensamente. —Quiero saber mucho más que eso. Quiero conocer tu auténtico yo. ________ sonrió. —¿Todavía quieres estar conmigo? —preguntó él—. ¿O quieres dejarme? —Claro que quiero estar contigo. Tom la besó con dulzura antes de ayudarla a levantarse y guiarla hasta la cocina. Cuando _______ estuvo cómodamente sentada en uno de los taburetes, él cogió algo de una encimera, cubierto por una tapadera en forma de cúpula plateada. Mientras le dejaba la bandeja delante, sus ojos brillaban traviesos. —Tarta de manzana casera —anunció, retirando la tapa con gran efecto. —¿Tarta? —Dijiste que nadie te había preparado una tarta. Ya no podrás decirlo. _______ se quedó mirando el dulce sin dar crédito a lo que veía. —¿La has hecho tú? —No exactamente. La hizo mi asistenta. ¿Te gusta? —¿Le pediste a alguien que hiciera una tarta para mí? —Bueno, la verdad es que esperaba que la compartieras conmigo, pero ya que insistes en comértela toda tú sola... —bromeó él. ________ cerró los ojos y se cubrió la boca con la mano. —¿_______? Al ver que no respondía, Tom empezó a hablar muy de prisa: —Dijiste que te gustaba. Cuando me contaste lo de San Luis, dijiste que nadie te había preparado nunca una tarta y pensé... —Se detuvo, súbitamente inseguro. Los hombros de ella temblaban mientras lloraba en silencio. —¿_______? ¿Qué pasa? —le preguntó frenético. No soportaba verla llorar. Y menos por su culpa. Rodeó la barra y la abrazó—. ¿Qué he hecho? —Lo siento —se disculpó cuando por fin fue capaz de hablar. —Cariño, no lo sientas. Sólo explícame qué he hecho mal para no repetirlo. —No has hecho nada mal. —_______ se secó las lágrimas—. Es que nadie había hecho algo así por mí antes. —Sonrió melancólica. —No quería disgustarte. Quería hacerte feliz. —Son lágrimas de felicidad. Más o menos —contestó ella, riendo y llorando a la vez. Tom la abrazó una vez más antes de soltarla. Retirándole el pelo por detrás de los hombros, dijo: —Creo que alguien de por aquí necesita un trozo de tarta. Cortó una generosa porción, de la que partió un trozo con el tenedor, sosteniéndolo delante de ella. —Me gustaría dártelo yo, pero entenderé si no quieres que lo haga. _______ abrió la boca inmediatamente y Tom le metió la tarta en la boca. —Hum, está buenísima —dijo, con la boca llena. Mientras se quitaba unas cuantas migas de los labios, sonrió. —Me alegro. —No sabía que tuvieses asistenta. —Sólo viene dos veces a la semana. —¿Y también cocina? —A veces. Funciono a rachas. O tal vez debería decir por obsesiones, ya sabes —respondió, dándole un golpecito en la nariz—. Esta receta era de su abuela. No puedo decirte lo que puso en la masa del hojaldre. Es un secreto —añadió, guiñando un ojo. —¿Y tú? ¿No vas a comer? —Prefiero ver cómo disfrutas. Aunque esto no es una cena en condiciones. Me quedaría más tranquilo si me dejaras prepararte algo caliente. —Mi padre siempre come un trozo de queso con la tarta de manzana. Si tienes queso, tomaré un poco.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR