______ invitó a Paul a un café, que pagó disimuladamente con su tarjeta regalo con el dibujo de una bombilla. Cuando finalmente cruzaron el umbral del Segovia, los recibió un español de aspecto agradable, que se presentó como el dueño del restaurante y que estuvo encantado de que Paul le respondiera en su idioma.
Las paredes del Segovia estaban pintadas de color amarillo, como el sol, y decoradas con dibujos de Picasso en los que se veía a Don Quijote y a Sancho Panza. En un rincón, un guitarrista tocaba temas del maestro Segovia. Una serie de mesas alargadas estaban colocadas formando un cuadrado en el centro de la sala para la cena de la facultad. Esa disposición aseguraba que todos los comensales quedaran de cara al resto. A _______ no le apetecía en absoluto quedar frente a la profesora Dolor. Si se le hubiera ocurrido alguna manera de marcharse sin insultar al profesor Martin, lo habría hecho.
Paul eligió dos sitios apartados del centro. Era muy consciente del sistema de clases y sabía que los puestos de honor no eran para ellos. Mientras comentaba el menú con el camarero en español, ______ seguía dándole vueltas a los celos injustificados de Tom. Discretamente, sacó el teléfono del maletín para enviarle un mensaje de texto. Entonces se dio cuenta de que tenía un mensaje de él.
“No vengas a la cena. Búscate una excusa. Espérame en casa, el conserje te abrirá la puerta. Luego te lo explico. Por favor, haz lo que te pido. T.
________ se quedó mirando la pantalla sin comprender nada, hasta que Paul le dio un codazo.
—¿Te apetece beber algo?
—Hum, si tienen, me encantaría un poco de sangría.
—Nuestra sangría es excelente —dijo el camarero antes de retirarse para encargar las bebidas.
______ dirigió a Paul una mirada de disculpa.
—Tengo un mensaje de Jorg. Siento ser tan maleducada.
—No te preocupes. —Él se entretuvo leyendo el menú mientras ella escribía una respuesta:
“Tenía el teléfono apagado. Es demasiado tarde. Ya estoy aquí. No tienes motivos para estar celoso. Cuando acabe la cena me iré a casa contigo. Me tendrás en tu cama hasta mañana, _____.”
Volvió a guardar el teléfono, rezando para que Tom no se enfadara demasiado.
«Oh, dioses de los —rellenar con el término que mejor defina nuestra relación— celosos y demasiado protectores, no permitáis que monte una escena. No delante de sus colegas.»
Por desgracia para _____ y para quien le estaba enviando un mensaje en ese momento, el maletín ahogó el sonido.
En los siguientes veinte minutos, los invitados acabaron de llegar. La profesora Leaming y algún otro académico se sentaron al lado de Paul. En el extremo opuesto, Tom se había sentado entre el profesor Martin y la profesora Singer.
Al verlos, ______ empezó a beber su sangría con demasiado entusiasmo. Esperaba que el alcohol la ayudara a tolerar mejor la tensión que crepitaba en la sala. La bebida, con mucha fruta, estaba buenísima.
—¿Tienes frío? —preguntó Paul, señalando la pashmina que seguía llevando enroscada al cuello, con un estilo muy chic.
—La verdad es que no —reconoció ella, quitándosela y dejándola encima del maletín.
Paul apartó la vista con educación cuando la pálida y delicada piel de ________ quedó al descubierto. Su compañera era hermosa y su cuerpo, aunque menudo, poseía unos pechos generosos que le hacían un escote bonito y proporcionado.
En cuanto se hubo quitado la pashmina, un par de celosos ojos cafeces la observaron con avidez antes de apartarse rápidamente.
—Paul, ¿qué pasó con la profesora Singer? —preguntó _______ en voz baja, ocultando la boca tras la copa.
Él miró disimuladamente a Singer, que estaba demasiado pegada a Kaulitz. Vio que éste apartaba la silla imperceptiblemente como respuesta, pero ella volvió a acercarse sin darse por enterada. _______ no lo vio.
—Kaulitz y ella estuvieron liados. Bueno, parece que todavía lo están. —Se echó a reír disimuladamente—. Parece que ya hemos resuelto el misterio del buen humor de El Profesor.
_______ abrió mucho los ojos y sintió un vahído.
—¿Fue... su novia?
Paul acercó la silla a ella para que la profesora Leaming no los oyera. El hecho de que un bailarín de flamenco hubiera hecho su aparición y estuviera taconeando al ritmo de los acordes de la guitarra clásica le facilitaba la tarea.
—Un segundo. —Le pasó unas tapas—. Prueba éstas. Son de chorizo y queso manchego. Y estas otras son de cabrales, un queso azul español.
_______ se sirvió y mordisqueó las tapas, mientras aguardaba ansiosamente la respuesta de su amigo.
—A Singer no le interesan los novios. Sólo le interesan el dolor y el control. Ya sabes... —Dejó la frase en el aire, con gesto vago.
_______ parpadeó desconcertada.
—¿Has visto Pulp Fiction?
Ella negó con la cabeza.
—No me gusta Tarantino. Sus películas son demasiado... sombrías.
—En ese caso, para que me entiendas, sólo te diré que le gusta el rollo medieval... en su vida privada. Y más concretamente en el culo de los demás. Y no se esconde. Investiga sobre el tema y cuelga los resultados en Internet.
_______ engulló un trozo de chorizo.
—¿Me estás diciendo que él...?
—Está tan enfermo como ella. Pero es un gran académico, como has podido comprobar esta tarde. Procuro no pensar en lo que hace en su vida privada. Yo creo que los amantes deben tratarse con amabilidad. Aunque no creo que el amor desempeñe ningún papel en su relación. —Miró a su alrededor prudentemente antes de susurrarle al oído—: Creo que si alguien te importa lo suficiente como para mantener una relación s****l con él o ella, también debería importarte lo suficiente como para respetar a esa persona y no tratarla como a un objeto. Tienes que ser responsable, cuidadoso y no hacerle daño. Ni siquiera si la otra persona está tan mal que te suplica que se lo hagas.
________ se estremeció y bebió un largo trago de su segundo vaso de sangría.
Paul se echó hacia atrás en la silla.
—No concibo que nadie pueda sentirse atraído por el dolor bajo ninguna circunstancia, pero mucho menos durante el sexo. Para mí, éste debe ir ligado al placer y al afecto. ¿Te imaginas a Dante atando a Beatriz y golpeándola con un látigo?
Ella dudó un instante, pero en seguida negó con la cabeza.
—Cuando estudiaba en Saint Michael, hice un curso llamado
«Filosofía del sexo, el amor y la amistad». Hablamos sobre el consentimiento. Todo el mundo suele estar de acuerdo en que si una actividad se lleva a cabo entre dos adultos que dan su consentimiento, no hay problema. Pero el profesor nos preguntó si creíamos que un ser humano podía dar su consentimiento a una injusticia, como por ejemplo venderse como esclavo.
—Nadie desea ser un esclavo.
—En el mundo de La Profesora Dolor, sí. Algunas personas se entregan a una esclavitud s****l voluntariamente. En ese caso, ¿es aceptable la esclavitud si es consentida? ¿Puede una persona cuerda aceptar ser esclava de otra persona? ¿O el hecho de que deseen ser esclavos demuestra que no están bien de la cabeza?
________ empezó a sentirse francamente incómoda manteniendo esa conversación tan cerca de Tom y de La Profesora Dolor, por lo que vació el vaso de un trago y cambió de tema.
—¿Sobre qué trata tu tesis, Paul? No me lo has contado con detalle.
Él se echó a reír.
—Sobre el placer y la visión beatífica. Es una comparación entre los pecados capitales asociados al placer, la lujuria, la gula y la avaricia, y el placer de la visión beatífica en el paraíso. Kaulitz es un gran tutor y, como te he dicho, no me meto en su vida privada. Aunque probablemente sería un modelo de estudio perfecto para el segundo Círculo del Infierno.
—No entiendo que haya gente que no desee la amabilidad —dijo _______, reflexionando en voz alta—. La vida ya es bastante dolorosa.
—Es el mundo en que vivimos —contestó él, con una sonrisa sincera—. Espero que tu novio sea amable contigo. Da gracias de no haber topado con alguien que esté metido en esta mierda.
El camarero llegó en ese momento, por lo que Paul no vio cómo ________ palidecía. Miró furtivamente a Tom y vio que la profesora Singer volvía a susurrarle algo al oído.
Él miraba la mesa fijamente, con los dientes muy apretados. Cogió la copa y bebió sin apartar la vista de la mesa.
«Mírame, Tom. Pon los ojos en blanco, frótate la cara, frunce el cejo... Haz algo, cualquier cosa. Demuéstrame que esto es un malentendido, que Paul se equivoca.»
—¿______? —La voz de Paul irrumpió en sus pensamientos—. ¿Quieres compartir la paella valenciana conmigo? Sólo la preparan para dos personas. Está muy buena. —Por fin se dio cuenta de su palidez y de que le temblaban las manos—. ¿Te encuentras bien?
Ella se frotó la frente.
—Sí, paella está bien.
—Tal vez deberías aflojar un poco con la sangría. Apenas has comido. Estás muy pálida.
Paul estaba preocupado por si la había disgustado con sus procaces revelaciones. No debería habérselo contado. Cambió de tema y le empezó a explicar anécdotas de su último viaje a España y a hablarle de su fascinación por la arquitectura de Gaudí.
________ asentía y le hacía preguntas de vez en cuando, pero su mente estaba muy lejos de allí, preguntándose con quién exactamente había compartido cama hacía una semana, con el ángel caído que aún poseía bondad en su interior o con alguien distinto, mucho más oscuro.
Se fijó en que la mano izquierda de Singer había desaparecido de la vista. Aunque no se atrevió a buscar los ojos de Tom, la profesora se dio cuenta del interés de ella. Las miradas de ambas se cruzaron justo cuando Tom le apartaba la mano del regazo.
Avergonzada, ______ se volvió hacia Paul. La mirada de Singer se transformó. De ser una mirada descarada pasó a ser otra de fascinación.
Ansiosa por huir de aquel sórdido espectáculo, ________se excusó alegando que no se encontraba bien y se levantó de la mesa. Subió al primer piso en busca de los servicios. Se miró al espejo, tratando de asimilar todo lo que había oído. Su mente era un torbellino de imágenes y palabras que le desgarraban el corazón.
¿Por qué querría nadie que lo golpearan? Tom y Ann... Dolor... Control... La mano de ella en el regazo de él... Ann pegando a Tom... Tom pegando a Ann...
_______ se inclinó sobre el lavabo, luchando contra las náuseas. No supo cuánto tiempo pasó así, con los ojos cerrados, hasta que alguien entró.
—Hola, hola. —La profesora Singer la estaba contemplando con una sonrisa de oreja a oreja, que dejaba al descubierto sus dientes brillantes.
________ observó que la luz que se reflejaba en las gafas de la mujer hacía que sus ojos verdes tuvieran un brillo rojizo.
—Soy la profesora Singer. Encantada de conocerte. —Le ofreció la mano y ella se la estrechó a regañadientes, murmurando un saludo.
La mano de la mujer estaba fría, pero llena de vida. Sujetó la de _______ con fuerza, demasiado rato. Al soltarla, le acarició la línea de la vida con un dedo, como si la estuviera poniendo a prueba. Ella se estremeció. La profesora ladeó la cabeza y entornó los ojos.
—Creía que me estabas esperando. ¿Te pongo nerviosa?
_______ frunció el cejo.
—No, he venido a lavarme las manos. Creo que he pillado la gripe.
—Es una lástima. —Ann Singer volvió a sonreír, dando un paso hacia ella—. Aunque no pareces enferma. Tienes una piel preciosa.
—Gracias. —_______ miró hacia la puerta, buscando el modo de escapar.
—De nada, de nada. ¿Llevas los labios pintados o es tu color natural? —preguntó entonces, inclinándose y observando desde demasiado cerca los labios gruesos y entreabiertos de _______.
Ésta dio un paso atrás.
—Es mi color natural.
La profesora dio otro paso adelante.
—Extraordinario. Ya sabes, por supuesto, que el color natural de los labios se encuentra en otras partes más íntimas del cuerpo de la mujer. Ese color en tus labios es delicioso. Estoy segura de que será arrebatador en otros lugares.
Ella se quedó boquiabierta.
—Mírate en el espejo. ¿Cómo no me he fijado en ti antes? Por suerte, tú te has fijado en mí. —Dando otro paso hacia ella, añadió en voz más baja—: ¿Te gusta mirar? ¿Te ha gustado ver lo que estaba haciendo por debajo de la mesa? —susurró.
_____ se ruborizó.
—No sé de qué me está hablando.
—¿Sabes?, cuando se incrementa el flujo sanguíneo, la piel cambia de color. Como ahora. —Sonrió, mostrando los dientes—. Estás avergonzada o excitada, por eso tus mejillas se han ruborizado, igual que tus labios. Y seguro que te has ruborizado también en otras partes, ¿verdad? —Bajó la voz todavía más—. Más abajo, donde seguro que tu cuerpo está deseando que lo acaricien y jueguen con él. —Se pasó la lengua por los labios antes de continuar—: Mi pequeña perla rosada. Creo que quieres que juegue contigo. Serías una mascota preciosa.
________ la miró con dureza.
—No estoy interesada en ser la mascota de nadie.
La profesora Singer se tensó. No había esperado esa demostración de carácter.
—Soy un ser humano, no un animal. Déjeme en paz.
________ no sabía de dónde había sacado el valor para plantarle cara, pero el caso era que lo había hecho. La mujer se echó a reír.
—Los seres humanos somos animales, querida. Compartimos fisiología, reaccionamos del mismo modo a los estímulos, tenemos las mismas necesidades: comida, bebida y sexo. Pero algunos de nosotros somos un poco más inteligentes.
_______ la miró con suficiencia.
—Yo soy lo bastante inteligente como para saber lo que es un animal. Y no estoy ni remotamente interesada en que me follen como si lo fuera. Si me disculpa...
Esquivándola, salió del baño.
—Si cambias de idea, ven a buscarme —ronroneó Ann.
—Ni lo sueñe —replicó ella, enfadada. Y se marchó corriendo, respirando muy de prisa.