La primera impresión
El primer día en la empresa más grande de la ciudad no fue como lo imaginé. Esperaba nervios, papeles y caras desconocidas, pero lo que jamás esperé fue encontrarme frente a él.
Cuando crucé la puerta de la oficina principal, mi corazón dio un vuelco. Allí estaba… Máximo. Alto, impecablemente vestido, con un traje n***o que parecía hecho a medida para transmitir poder y autoridad. Su mirada se posó sobre mí por un instante que pareció eterno, fría y calculadora, y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Bienvenida —dijo con voz firme, grave, que resonó en la sala como un mandato—. Soy Máximo, CEO de esta empresa. Espero que estés lista para trabajar duro.
Intenté no tartamudear, pero mi voz sonó más baja de lo esperado:
—S-sí, señor… —dije, dudando si debía llamarlo Máximo o señor—… estoy lista.
Él arqueó una ceja, como si evaluara no solo mis palabras, sino todo mi ser. Esa mirada, intensa y penetrante, parecía atravesar mi alma. Me sentí vulnerable y a la vez extrañamente intrigada.
—Muy bien —continuó—. No tolero distracciones ni errores. Aquí, el tiempo es dinero y la eficiencia no es opcional. ¿Lo entiendes?
Asentí, sintiendo que cada palabra suya dejaba un pequeño fuego en mi interior. Era aterrador y… excitante al mismo tiempo.
Mi primera tarea me llevó a recorrer la oficina, un espacio enorme y moderno, con ventanales que ofrecían vistas a toda la ciudad iluminada. Todo respiraba lujo y poder: escritorios de madera oscura, sillas de cuero, pantallas enormes mostrando gráficos y cifras. Allí, en medio de tanto orden y control, me sentí diminuta.
Mientras organizaba algunos documentos, sentí su mirada de nuevo sobre mí. Esta vez más cercana, evaluadora, como si estuviera comprobando si realmente merecía estar ahí. Mi respiración se aceleró, y por un segundo, pensé que mi corazón iba a salirse del pecho.
—¿Nunca has trabajado en un lugar así? —preguntó de repente, sin acercarse demasiado, pero con esa intensidad que me hizo titubear.
—No… no exactamente —respondí, tratando de mantener la calma.
Él asintió lentamente, con una ligera sonrisa que desapareció tan rápido como apareció. Esa dualidad en él… frío y calculador, pero con destellos de algo más… me tenía intrigada.
Mi primer día avanzó entre tareas, presentaciones y recorridos. Cada vez que él aparecía en la sala, sentía esa mezcla de miedo y curiosidad, de respeto y atracción. No podía explicarlo, pero algo me decía que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Al final de la jornada, mientras guardaba mis cosas, Máximo se acercó y dejó caer un pequeño papel frente a mí. Lo tomé con cuidado, y leí su mensaje:
“Eres más interesante de lo que parece. Nos veremos mañana.”
Mi corazón dio un vuelco. Esa frase simple, directa y misteriosa, dejó un sabor a anticipación que no podía ignorar. Sabía, sin equivocarme, que este CEO no era un hombre común… y que mi vida en la empresa acababa de volverse mucho más peligrosa… y tentadora.
Mientras salía de la oficina, mi mente no podía dejar de pensar en él. Cada palabra, cada mirada, cada gesto calculado de Máximo parecía grabado en mi memoria. No entendía por qué me afectaba tanto. No éramos nada… aún.
Me senté en la cafetería del edificio, tratando de organizar mis pensamientos. Observé a los demás empleados interactuar, algunos con confianza, otros con miedo, como si supieran que cada decisión allí podía cambiar sus vidas. Yo solo podía preguntarme si realmente encajaba en este mundo de poder y reglas estrictas.
El papel que me había dejado Máximo estaba en mi bolso, y no pude resistir la tentación de mirarlo otra vez. “Eres más interesante de lo que parece. Nos veremos mañana.” Esas palabras eran simples, pero me hicieron sentir especial, como si de repente yo fuera parte de un juego del que no conocía las reglas. ¿Por qué él me veía diferente? ¿Qué era lo que había notado en mí que nadie más parecía percibir?
Cerré los ojos por un momento y respiré hondo. Debía concentrarme. Era mi primer día y no podía permitirme cometer errores. Pero, a la vez, no podía ignorar la curiosidad que sentía por él. Ese hombre, con su aura de poder absoluto, me tenía atrapada sin siquiera tocarme.
Al volver a mi oficina temporal, traté de concentrarme en los documentos que debía organizar, pero cada ruido, cada movimiento a mi alrededor, me hacía pensar en él. ¿Estaría observándome desde su despacho? La idea me hizo sonrojarme y, por un segundo, me sentí ridícula por sentirme así.
A media tarde, mientras revisaba unos informes, escuché un leve clic detrás de mí. Giré la cabeza y, para mi sorpresa, Máximo estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, con esa mirada penetrante que parecía leer cada pensamiento mío.
—Parece que estás trabajando duro —comentó, con esa voz que me hacía temblar—. Me gusta ver a alguien con iniciativa.
Asentí, intentando que mi voz sonara firme:
—H-hago lo que puedo, señor… Máximo.
Él esbozó una pequeña sonrisa, rara en él, pero suficiente para que sintiera un calor extraño en mi pecho.
—Bien. Pero recuerda… aquí no se trata solo de hacer lo que se espera. Se trata de destacar. Y por lo que veo, tienes potencial.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Potencial? ¿Él realmente pensaba eso de mí? Antes de que pudiera responder, él ya había desaparecido de nuevo en su oficina, dejándome con un suspiro que no pude controlar.
Cuando llegó la hora de irme, mi mente estaba saturada de pensamientos sobre Máximo. ¿Era solo su presencia intimidante lo que me hacía sentir esto? ¿O había algo más, algo que ni siquiera yo había querido admitir?
Mientras bajaba en el ascensor, observé mi reflejo en la pared de vidrio. Me veía igual que siempre, pero algo había cambiado en mí. Sentía un extraño fuego en el interior, una mezcla de miedo, curiosidad y emoción. Sabía que el camino que comenzaba en esa empresa no sería fácil… y que Máximo sería una parte central de ese viaje.
Al salir al frío de la noche, la ciudad brillaba con miles de luces que reflejaban en mis ojos. Mi corazón aún palpitaba con fuerza, y no pude evitar sonreír con cierta complicidad. Sí, mi vida estaba a punto de cambiar, y aunque no sabía exactamente cómo, una parte de mí ya ansiaba el desafío que él representaba.
Esa noche, antes de dormir, el papel que me había dejado descansaba sobre mi mesa de noche. Lo miré una vez más, y sin darme cuenta, susurré:
“Nos veremos mañana…”, y por primera vez desde que había entrado a esa empresa, me sentí viva de una manera que no había sentido antes.
Sabía que el juego apenas comenzaba… y que Máximo estaba decidido a enseñarme cada una de sus reglas.