Un trato inesperado

1197 Palabras
El segundo día en la empresa empezó igual de intenso que el primero, aunque con una diferencia notable: Máximo ya me había notado. Y no de manera superficial. Mientras caminaba por el pasillo hacia mi oficina, escuché su voz detrás de mí: —Adriana, ¿puedes pasar a mi despacho? Mi corazón se aceleró. Esa simple llamada tenía un peso distinto de lo habitual. Toqué la puerta con cuidado y entré, tratando de mantener la compostura, aunque sabía que la tensión entre nosotros era palpable. Él estaba sentado detrás de su enorme escritorio, revisando unos documentos, pero levantó la mirada y mi pecho se detuvo por un instante. —Siéntate —dijo con firmeza, y mi respiración se hizo más ligera—. Tengo algo que quiero que hagas. Me senté, intentando no parecer demasiado nerviosa, mientras él me entregaba un dossier grueso. —Necesito que manejes esto personalmente —continuó—. Es delicado. No tolero errores, Adriana. Lo miré, sorprendida. Era una asignación importante, algo que normalmente no se le daría a alguien con tan poco tiempo en la empresa. —H-haré lo mejor posible —respondí, intentando sonar segura. Él arqueó una ceja, evaluándome. —No basta con “lo mejor posible”. Quiero que esto sea perfecto. Y confío en que tú puedas hacerlo. Un calor extraño me recorrió el cuerpo. No solo por la presión de la tarea, sino por la forma en que sus ojos se clavaban en mí, penetrantes y directos. Era imposible no sentir que había algo más en su mirada, algo que iba más allá de lo profesional. —Claro… Máximo —dije finalmente, tratando de sonar firme. Se recostó en su silla, cruzando los brazos. —Bien. Entonces, si cumples con esto, habrá más oportunidades para ti. Grandes oportunidades. —Su sonrisa fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para hacerme sentir especial—. Considera esto como un… trato. No pude evitar sentir una mezcla de emoción y miedo. Un trato con Máximo no era cualquier cosa; era una invitación a entrar en su mundo, un mundo donde los errores podían costar mucho… y los aciertos podían acercarme peligrosamente a él. Mientras salía de su despacho, no podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar. No era solo la tarea; era la manera en que me había mirado, la forma en que me había hablado. Había un juego en marcha, y yo acababa de ser parte de él. Durante el resto del día, trabajé con más concentración que nunca. Cada decisión, cada documento que revisaba, sentía que él estaba observándome, evaluándome. La tensión era eléctrica, y la adrenalina de cumplir con su expectativa hacía que cada segundo en la oficina se sintiera vibrante. Antes de irme, revisé nuevamente el dossier. Cada detalle debía ser perfecto. Cada número, cada nombre, cada decisión. Y mientras lo hacía, no pude evitar sonreír ante la idea de que Máximo confiaba en mí, aunque no supiera cuánto me atraía su autoridad. Esa noche, mientras guardaba todo en mi bolso, una idea se repetía en mi cabeza: este trato inesperado no solo era un desafío profesional, sino un primer paso hacia algo que iba más allá de la oficina… algo que prometía cambiar mi vida de manera inesperada y fascinante. Mientras caminaba de regreso a mi escritorio, sentí cómo mi mente no dejaba de repasar cada detalle de la reunión con Máximo. No era solo la tarea; era la forma en que me había observado, como si pudiera ver más allá de mi apariencia y percibir cada pensamiento escondido. Esa sensación me hacía sentir vulnerable y, a la vez, viva. Abrí el dossier frente a mí y empecé a revisar cada documento, cada contrato, cada número. La presión era enorme, pero una parte de mí sentía un cosquilleo de emoción. Trabajar para él significaba estar cerca de alguien que parecía tener todo bajo control, alguien cuya presencia podía hacer que mi corazón latiera más rápido sin siquiera tocarme. A media tarde, mientras revisaba un informe financiero complicado, escuché el clic de la puerta de su despacho. Sin levantar la vista, sentí su presencia antes de que hablara: —¿Todo bien, Adriana? —su voz grave me hizo estremecer. Levanté la mirada y lo vi apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados, observándome con esa mezcla de autoridad y curiosidad que me tenía completamente atrapada. —S-sí, todo bajo control —respondí, tratando de sonar confiada. Él se acercó unos pasos, lo suficiente para que su perfume, fuerte y elegante, me envolviera. No podía concentrarme; mi atención estaba completamente absorbida por él. —Veamos cómo lo estás manejando —dijo, inclinándose ligeramente para mirar los papeles que tenía frente a mí—. Mmm… interesante. —Asintió lentamente, con esa sonrisa imperceptible que me hacía sentir especial—. Tienes talento, Adriana. Pero no olvides que aquí, un pequeño error puede tener grandes consecuencias. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. La tensión entre nosotros era tangible, una mezcla de respeto, curiosidad y… algo más que no podía nombrar todavía. Cada palabra suya me afectaba más de lo que esperaba, y me di cuenta de que no podía ignorarlo. —Gracias, Máximo —dije finalmente, con voz más firme de lo que me sentía. Él se recostó en su silla y me miró, evaluándome de nuevo, como si decidiera si podía confiar en mí no solo profesionalmente, sino en algo más. El silencio que siguió estuvo cargado de electricidad, y mi corazón latía con fuerza mientras trataba de mantener la compostura. —Adriana… —dijo, y mi nombre salió de sus labios con un tono diferente, más personal, casi cercano—. Si cumples con esto, no solo demostrarás tu capacidad. También demostrarás que puedes manejar la presión… y a mí. Mi garganta se secó. Sus palabras tenían doble significado y, aunque intenté ignorarlo, sentí que una parte de mí se estremecía ante la insinuación. Había algo en la forma en que me miraba, en cómo me hablaba, que iba más allá de lo profesional. Cuando se retiró, dejando la puerta entreabierta, no pude evitar sonreír ante la sensación de triunfo que me invadía. No solo había recibido un reto importante, sino que había captado su atención de una manera que nadie más lo había hecho. Y aunque sabía que debía concentrarme en mi trabajo, no podía evitar imaginar cómo sería estar aún más cerca de él, descubrir esos secretos que parecía ocultar tras su fachada de poder y frialdad. Esa noche, antes de dormir, revisé los documentos una vez más. Cada detalle debía ser perfecto, cada decisión tomada con cuidado. Pero más allá del trabajo, no podía sacar de mi cabeza a Máximo: su mirada, su voz, la forma en que me había hecho sentir viva. Y mientras cerraba los ojos, una parte de mí ya ansiaba el siguiente encuentro… el siguiente trato, la siguiente mirada que prometía transformar mi rutina en algo peligroso y absolutamente fascinante. Sabía que este desafío apenas comenzaba… y que con él, cada día en la empresa sería más intenso, más emocionante y mucho más arriesgado de lo que jamás había imaginado.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR