Miradas peligrosas

1279 Palabras
El tercer día comenzó con un aire distinto. Desde que entré a la oficina, sentí que las miradas de Máximo me seguían más de cerca, como si pudiera anticipar cada movimiento mío antes de que siquiera pensara en hacerlo. Era extraño y excitante al mismo tiempo. Mientras revisaba unos correos, escuché risas y conversaciones cerca de mi escritorio. Volteé y vi a uno de los compañeros nuevos, Ricardo, acercándose con una sonrisa demasiado confiada para mi gusto. —Hola, Adriana —dijo, apoyándose casualmente en el borde de mi escritorio—. ¿Qué tal tu primer proyecto importante? —sus ojos brillaban con curiosidad y, debo admitirlo, con un toque de interés personal. Intenté mantener la calma: —Bien, gracias. Estoy concentrada en los documentos que me asignó Máximo. Su sonrisa se ensanchó, y por un momento sentí que me miraba como si hubiera descubierto un secreto que yo no conocía. —Vaya… parece que alguien te está dejando brillar —dijo, inclinándose un poco más cerca de mí—. ¿Siempre trabajas tan duro, o es solo para impresionar a alguien? Mi corazón dio un vuelco. ¿A quién se refería? Antes de que pudiera responder, sentí que una presencia detrás de mí cambiaba el aire en la oficina. Me giré y allí estaba Máximo, con esa expresión fría que me ponía los nervios de punta. Su mirada se posó en Ricardo con una intensidad que hizo que el otro retrocediera un paso. —Parece que no todos respetan los límites aquí —dijo Máximo con voz grave, apenas un susurro que hizo que el estómago se me encogiera—. Recuerda, Adriana, hay ciertas líneas que nadie debe cruzar contigo. Mi cara se calentó al instante. Esa mezcla de protección y autoridad lo hacía irresistible, y a la vez me dejaba sin palabras. Ricardo murmuró algo sobre un “malentendido” y se alejó, pero la tensión permaneció en el aire como un hilo invisible que nos conectaba a Máximo y a mí. —Gracias —susurré, casi sin darme cuenta, sintiendo la cercanía de su presencia. Él no respondió de inmediato. Se limitó a observarme con esa mirada que parecía traspasar mi piel, como si quisiera leer cada pensamiento mío. No podía moverme, no podía respirar con normalidad, y sin embargo, me sentía extrañamente segura junto a él. —Concéntrate en lo que importa —dijo finalmente, inclinándose ligeramente hacia mí—. Haz que cada tarea valga la pena. Y recuerda… yo estoy observando. Su tono no era una amenaza, pero sí un recordatorio de que estaba en un juego que iba más allá del trabajo. Un juego de miradas, de tensión y de deseo contenido. Durante el resto del día, cada vez que Máximo pasaba cerca de mí, sentía esa corriente eléctrica recorrer mi cuerpo. Cada gesto, cada palabra mínima, era suficiente para que mi corazón latiera más rápido. Sabía que había algo peligroso en esa conexión, algo que prometía cambios profundos en mi vida, y no podía evitar desearlo. Al final de la jornada, mientras recogía mis cosas, sentí que su presencia se acercaba una vez más. Esta vez, dejó un pequeño papel sobre mi escritorio: “Hoy te mostraste fuerte. Mañana veremos hasta dónde puedes llegar.” No pude evitar sonreír. Esa frase simple contenía mucho más de lo que aparentaba: desafío, juego, interés… y quizás un toque de admiración. Esa noche, mientras me preparaba para dormir, no podía dejar de pensar en él. Máximo no era solo un jefe exigente. Era alguien que había irrumpido en mi mundo, con miradas peligrosas y silencios que hablaban más que cualquier palabra. Y yo, sin darme cuenta, estaba empezando a querer jugar ese juego… aunque no sabía si podría ganar. Mientras continuaba con mi trabajo, no podía quitarme de la cabeza la manera en que Máximo me observaba. Cada vez que pasaba cerca de mí, sentía una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo. Mi concentración estaba dividida entre los documentos y la sensación de estar bajo su mirada constante. Fue entonces cuando apareció Ricardo, uno de los compañeros nuevos, con esa sonrisa confiada que no presagiaba nada bueno. Se apoyó casualmente en mi escritorio, mirándome con interés evidente. —Hola, Adriana —dijo, inclinándose ligeramente—. Me han hablado de tu primer proyecto importante. ¿Todo bien hasta ahora? Intenté mantener la calma y no mostrar nerviosismo. —Sí, gracias. Estoy concentrada en los documentos que me asignó Máximo. Ricardo arqueó una ceja y sonrió, claramente disfrutando mi incomodidad. —Vaya… parece que alguien te tiene bajo su atención. ¿Siempre trabajas tan duro, o es solo para impresionar a alguien? Mi corazón dio un vuelco. Antes de que pudiera responder, escuché la puerta de su despacho abrirse suavemente. Al girarme, lo vi: Máximo. Su expresión era helada, pero había un brillo de advertencia en sus ojos que me hizo estremecer. —Parece que no todos entienden los límites aquí —dijo, su voz grave resonando en el aire—. Ricardo, te sugiero que respetes a Adriana. Ricardo dio un paso atrás, sorprendido por la intensidad de la mirada de Máximo. —Eh… solo hablábamos —murmuró, con una sonrisa incómoda, y se alejó. Mi cara se calentó instantáneamente. Máximo se acercó a mi escritorio, y por un momento, la distancia entre nosotros se sintió diminuta. Su mirada penetrante parecía atravesarme, y no podía moverme ni hablar con normalidad. —Adry —dijo finalmente, y mi corazón dio un salto al escuchar cómo me llamaba de manera tan cercana—. No dejes que nadie te haga sentir incómoda aquí. Nadie tiene derecho. Mi respiración se aceleró. Esa palabra, tan simple, me hizo sentir especial, como si por primera vez él estuviera reconociendo algo más que mi trabajo. Una parte de mí ansiaba escucharla de nuevo. —Gracias… Máximo —logré decir, tratando de sonar tranquila. Él no respondió de inmediato. Se limitó a observarme unos segundos más, asegurándose de que entendiera la intensidad de sus palabras. Luego, se recostó levemente en su silla, con esa autoridad que me dejaba sin aliento. —Concéntrate en lo importante, Adry —susurró—. Cada tarea que realices debe demostrar que estás a la altura. Y recuerda… yo estoy observando. La tensión entre nosotros era eléctrica. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda mientras él se retiraba, dejando la puerta entreabierta. Cada palabra, cada gesto suyo parecía jugar conmigo, atrapándome en un juego que no entendía del todo, pero al que no podía resistirme. Durante el resto del día, cada vez que Máximo pasaba cerca de mí, sentía esa mezcla de miedo y deseo. Ricardo ya no volvió a acercarse, pero su presencia había despertado algo: la necesidad de sentir la protección de Máximo, de estar cerca de él y, al mismo tiempo, de no provocar su desaprobación. Antes de salir, vi que había un pequeño papel sobre mi escritorio. Lo recogí y leí su mensaje: “Hoy te mantuviste firme, Adry. Mañana veremos qué más eres capaz de hacer.” No pude evitar sonreír. Esa frase era simple, pero contenía desafío, juego y… atención personal. Esa pequeña palabra, “Adry”, había cambiado todo. Me sentí especial, única, y más conectada a él de lo que jamás había imaginado. Esa noche, mientras me preparaba para dormir, repetía una y otra vez en mi mente la mirada de Máximo, la manera en que había defendido mi espacio y la forma en que había pronunciado mi nuevo apodo. Sabía que ese juego apenas comenzaba, y no podía esperar a descubrir hasta dónde me llevaría… y cuánto más cerca podía llegar a sentirme de él.
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