La oficina del poder

1221 Palabras
El cuarto día empezó con la sensación de que todo a mi alrededor estaba cambiando. Cada vez que entraba a la oficina, sabía que Máximo me observaba, y eso hacía que mi corazón se acelerara antes incluso de llegar a mi escritorio. Esa mañana, él me llamó a su despacho nuevamente. —Adry, quiero que veas algo —dijo mientras me hacía pasar—. Al entrar, me quedé sin aliento. Su oficina no era simplemente un lugar de trabajo; era un santuario de poder y lujo. Ventanales enormes dejaban ver toda la ciudad, reflejando luces que brillaban como diamantes. Muebles de cuero y madera oscura, estanterías con premios y documentos importantes, y una decoración minimalista que irradiaba autoridad y sofisticación. —Aquí es donde tomo todas las decisiones importantes —comentó, con esa voz grave que me hacía estremecer—. Y aquí, Adry, es donde todo lo que ves cobra sentido. Cada número, cada estrategia, cada movimiento… depende de mi control. Mientras caminaba por el espacio, podía sentir la magnitud del mundo en el que me estaba adentrando. Era impresionante y aterrador al mismo tiempo. Pero no podía negar que sentía un cosquilleo de emoción al saber que ahora formaba parte de él. —Quiero que entiendas —continuó— que cada acción aquí tiene consecuencias. Y cada decisión puede abrir o cerrar caminos. No es solo trabajo; es poder. Y tú, Adry, estás empezando a aprender a manejarlo. Me giré hacia él y encontré su mirada fija en mí, evaluándome, casi como si quisiera medir mi capacidad de adaptación. Mi corazón latía con fuerza, y sentí una mezcla de respeto, miedo y… deseo. Esa cercanía me resultaba peligrosa y fascinante. —Haré lo mejor que pueda, Máximo —dije, tratando de mantener la compostura mientras sentía un calor subir por mi pecho. Él sonrió, una vez más, apenas perceptible, pero suficiente para hacerme sentir que había logrado algo. —Eso espero, Adry. Aquí nadie perdona errores… pero tampoco pasa desapercibido el talento. Mientras me retiraba, no podía dejar de mirar cada detalle de la oficina. Era como entrar en un mundo secreto, uno al que solo él tenía pleno acceso. Y ahora, yo estaba empezando a formar parte de ese universo, aunque fuera como aprendiz. Durante el resto del día, cada encuentro con él se volvió más intenso. Pequeños gestos, miradas prolongadas, la manera en que me hablaba… todo estaba cargado de tensión. Su mundo de poder me asustaba y me excitaba a partes iguales, y me di cuenta de que cada día que pasaba cerca de Máximo, me sentía más atrapada por él. Cuando llegó la hora de salir, sentí que no quería irme. Ese lugar, que antes me parecía intimidante, ahora tenía un atractivo que no podía explicar. Sabía que cada momento que pasaba con él me acercaba más a un juego del que no había escapatoria… y no quería escapar. Mientras bajaba por el ascensor, pensé en las palabras que me había dicho: “Aquí, cada decisión puede abrir o cerrar caminos”. Y comprendí que no solo se refería al trabajo. Cada paso que daba cerca de Máximo podía cambiar mi vida para siempre, y yo estaba dispuesta a arriesgarme. Esa noche, antes de dormir, recordé su mirada, su cercanía, su sonrisa mínima y la manera en que había dicho mi nombre: Adry. Todo se mezclaba en mi mente, despertando emociones que no sabía cómo controlar. Sabía que estaba entrando en un mundo que no podía abandonar… y que Máximo estaba decididamente al centro de él. Mientras caminaba de regreso a mi escritorio, no podía quitarme de la cabeza cada detalle de la oficina. Todo era impecable, calculado, como si cada objeto estuviera colocado para recordarme que estaba en un mundo donde el poder lo era todo… y él también. Me senté y abrí los documentos que debía revisar, pero mi concentración duró poco. Cada vez que levantaba la vista, sentía que él podía estar observándome. La idea me hacía sentir viva y vulnerable a la vez. ¿Qué pensaba de mí? ¿Estaría satisfecho con mi desempeño o esperaba más? La incertidumbre me mantenía alerta y, de alguna manera, me excitaba. A media tarde, escuché el clic de la puerta de su despacho y, como siempre, mi corazón se aceleró. Esta vez, Máximo apareció con una carpeta en la mano y se apoyó ligeramente en el marco de la puerta, mirándome con esa intensidad que me hacía temblar. —Adry, necesito que revises estos contratos —dijo, extendiéndome la carpeta—. Son importantes. No hay margen de error. Tomé los papeles con cuidado, sintiendo cómo nuestras manos se rozaban apenas al intercambiar la carpeta. Ese contacto mínimo hizo que un calor inesperado recorriera mi cuerpo. Intenté concentrarme en los documentos, pero mi mente estaba demasiado ocupada con la cercanía de Máximo. —Gracias, Máximo —dije finalmente, intentando mantener la voz firme—. Me encargaré de que todo esté perfecto. Él inclinó ligeramente la cabeza y, por un momento, sus ojos se suavizaron. —Eso espero, Adry —murmuró—. Porque no solo miro los resultados. Observo cómo manejas la presión… y cómo te enfrentas a mí. Mi respiración se aceleró. Esa frase tenía un doble sentido imposible de ignorar, y aunque intenté concentrarme en los contratos, no pude evitar sentir que me estaba retando de una manera que iba mucho más allá del trabajo. Mientras trabajaba, cada vez que levantaba la vista, lo encontraba observándome, y la intensidad de su mirada me hacía sonrojar. Era un juego silencioso, un tira y afloja de miradas que hablaban más que cualquier palabra. No podía entender cómo alguien podía tener tanto control sobre mis emociones sin decir nada. Al final de la tarde, Máximo se acercó una vez más, esta vez con una sonrisa apenas perceptible. —Adry… —dijo, dejando que mi nombre cayera suavemente de sus labios—. Hoy hiciste bien tu trabajo. Pero recuerda, el verdadero desafío no es solo cumplir con los números. Es demostrar que puedes mantener tu mente clara… incluso cuando yo estoy cerca. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Era como si me estuviera poniendo a prueba, pero también me estaba acercando peligrosamente a él. Esa tensión, ese juego silencioso, me tenía completamente atrapada. Cuando me retiré a mi escritorio, mis manos temblaban ligeramente. No solo por el trabajo, sino por la manera en que Máximo me había mirado y hablado. Su mundo de poder y lujo, su autoridad y su presencia, eran intimidantes, pero también irresistibles. Mientras recogía mis cosas para salir, no podía dejar de pensar en su mirada, en cómo había dicho mi nombre, en la electricidad que surgía entre nosotros con cada pequeño gesto. Sabía que mi vida en esa oficina ya no sería la misma. Cada día que pasaba a su lado me acercaba más a un juego peligroso y tentador… y yo estaba dispuesta a jugar. Esa noche, antes de dormir, mi mente repasaba cada instante del día: su cercanía, su voz grave, la manera en que sus ojos parecían ver cada rincón de mi alma. Sentí una mezcla de miedo y emoción que no podía explicar. Sabía que este mundo era peligroso, pero también sabía que con Máximo, cada día prometía ser intenso… y absolutamente inolvidable.
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