1. Estoy sola
Muchos dicen que el amor libera… ¿Para mí? Es mi condena.
El olor floral del botánico era suficiente para alegrar a cualquiera, menos a mí. Las risas, las carcajadas, y allí estaba yo mostrando mi mejor rostro. La chispeante Lennox de la que nunca debían preocuparse. La que bailaba, la que siempre arrancaba carcajadas. Esa era yo… Anastasia Lennox.
—Vamos a hacer una competencia de verdad o reto: ¡tomas o dices la verdad!
La boda de mi hermano mayor, Alejandro, fue un espectáculo visual y un derroche de dinero. Ellos desaparecieron a la mitad de la fiesta para empezar la luna de miel, dejándonos a los invitados. El inmenso dolor que me estaba consumiendo lo apagaría con lo único que nunca debía ser… alcohol. Aproveché que mis padres estaban distraídos, levantando mi botella de vodka y sacando los vasos para los chupitos.
En la mesa redonda, algo camuflada, estaban mis hermanos, mis primos, los hermanos de mi cuñada y sus familiares más jóvenes. Preparaba cada chupito y, al girar una botella, se detuvo en mí. Gael, mi hermano menor, se rió de manera estruendosa.
—Esto será divertido —acarició la botella riendo—. Dime, ¿con cuántos hombres te has acostado?
Un leve jalón en mis entrañas vibró en mi cuerpo, no porque fuese virgen… sino por otra cosa. Mi corazón se sintió como si lo estrujaran con las manos y lo lanzaran al suelo. Dejé escapar mi sonrisa más maquillada, esa que había pintado en mi rostro por años para engañar a todos, levantando mi chupito y lanzando un chillido de alegría.
—Te lo podría decir, pero como quiero tomar, lo usaré como excusa. ¡Salud! —con una alegría fingida desbordante, le di un leve movimiento a mi chupito pidiendo la bendición celestial—. Pa’ arriba —mantenía el vaso arriba—. Pa’ abajo —lo bajaba—. Al centro —lo llevaba a mi pecho—. ¡Pa’ adentro!
Grité emocionada, lista para llevarlo a mis labios, pero un rápido movimiento me retiró el chupito. Levanté la mirada, furiosa, lista para mandar al diablo a quien lo había hecho… notándolo a él.
Su cabello parecía competir con el mismo brillo del sol. Unos ojos que evocaban un mar en calma que me invitaban a perderme en ellos, pero en el fondo escondían una tormenta lista para arrasar con todo. Su barbilla era cuadrada y, aunque parecía aportar dureza, solo aumentaba su atractivo. Era alto, muy apuesto y con una sonrisa tan encantadora que hipnotizaba y fascinaba con solo asomar en sus labios. Un acento inglés capaz de hacer que tus piernas se doblegaran si así lo deseaba.
Sus ojos estaban endurecidos, de esos que rechazan el juego. Sin decir nada, se tomó el chupito de golpe haciendo una mueca y moviendo su corbata, como si tragarlo le incomodara. Su mirada se posó en todos nosotros, como si repudiara lo que estábamos haciendo, y tras unos segundos solo se relajó.
—No creo que debas tomar más —dijo finalmente con calma—. Antes de caminar al altar ya habías tomado dos copas completas de champán y otra en el brindis. ¿No crees que es mucho?
William Hugher, el amigo de mi cuñada, era lo que más detestaba. Una persona alegre por naturaleza, que parecía respirar mariposas y flores. Brillaba con una luz imposible de ignorar… y lo peor de todo… un entrometido. Durante todas las veces que nos habíamos cruzado por los preparativos de la boda de mi hermano, revoloteaba alrededor de mí como un insecto molesto.
—Para ser más exacta, ya tomé una botella, ahora solo tocaran unos chupitos.
No dijo nada, solo se sentó a mi lado cuando Grace se retiró de la mesa, puesto que fue tomada por él.
—Cada vez que le toque tomar, yo lo haré por ella —dijo con voz imponente.
—Ay, por favor, William, no seas tan engreído —escupí con rabia.
—Claro, lo que digas —cruzó los brazos—. Continúen, chicos.
Giro tras giro de botella, un chupito se volvió dos, tres, cuatro. Gabriel ya había caído inconsciente de lo ebrio, mientras varios se reían tras unos chistes tan pobres que parecían inventados por niños. No me di cuenta cuándo, pero la mayoría de los jóvenes fueron llevados por sus familiares. En mi caso… fingí estar sobria y todos me creyeron… como siempre.
Con dificultad me levantaba, camuflando mi tambaleo con molestias de mis zapatos. Intenté no reírme como idiota, pero era imposible, y en el momento en que estuve a punto de caerme, alguien me sujetó. Levanté la mirada. Sus ojos, que normalmente parecían escarbar mi alma con juicio, estaban nublados, una sombra de inquietud camuflada con algo más.
—¿Te encuentras bien?
—Sí… —arrastré las palabras—. Sabes, ¿quieres ir a la playa conmigo? Tienen un bar excelente y te dejan comer todo lo que quieras.
—¿Incluyéndote a ti? —respondió coqueto.
Su voz, que siempre fue profunda, en ese momento lo era mucho más. Sabía que se veía bien… pero ahora se veía exageradamente atractivo. Dejé escapar una juguetona sonrisa, levantándome apenas gracias a él, tomándolo por la corbata suelta. Aunque intentara camuflarlo, él también había sido afectado, pues se tomó un par de chupitos por mí.
Su mandíbula estaba relajada. Su mirada, que usualmente pedía control, se suavizó y dejó mostrar una sonrisa pícara, riéndose de la nada como si le hubiesen contado el mejor chiste del mundo. Sin comprender por qué, me sonrojé levemente dejando escapar una risa. Lo tomé del brazo, arrastrándolo hacia la salida del salón de fiestas para tomar un taxi —que aún no entiendo cómo lo hicimos, pues apenas podíamos caminar.
Llegamos a la playa al atardecer, donde me quité los zapatos para caminar por la arena y solté un poco mi vestido. William, por su parte, se había desabrochado dos botones de su camisa, dejando entrever sus pectorales. Me acerqué hacia él para observarlo mejor, comenzando a reírme como una idiota, siendo acompañada por él.
—¿Te gusta lo que ves? —arrastró las palabras.
—Sí, demasiado —mordía mi labio.
Tras unos segundos, mis lágrimas comenzaron a caer. Solté mis zapatos y cubrí mi rostro, dejando que fluyeran. Dolía. Demasiado. Por eso me encantaba beber sin parar, para anestesiar las emociones. Las bodas, los días festivos y San Valentín me ponían en crisis, que aplacaba con ese líquido… el cual sabía que me hacía daño, pero era lo único que me calmaba. Sollozaba, pero lo que recibí en esos momentos no lo esperaba: un abrazo suficiente para competir con el calor del sol.
No dijo nada, solo me mantuvo allí, acariciando mi cabello con una ternura que desgarraba. Mi rostro se hundió en su pecho y me dejé ir. Cada lágrima, cada emoción, cada dolor… todo se fue por un momento. Algo que no sentía hace tanto tiempo… paz.
El olor marino entró en mis pulmones, dejando que todo se convirtiera en lo que deseaba. Con lentitud, me despegué. Nuestros ojos se encontraron y sentí un chispazo que nunca había tenido. Él, viendo el mar, acariciaba mi rostro haciéndome sentir más ligera, y sin comprenderlo… ambos sonreímos.
—¿Te sientes mejor? —habló apenas por el alcohol.
—Sí, gracias por no dejarme sola.
Asintió levemente, tomando mi mano mientras caminábamos por la orilla del mar. Parecía entender que no quería hablar de eso. Levantó su mirada hacia el sol que se ocultaba lentamente y, tras unos momentos, me miró a mí.
—La primera vez que te vi, me di cuenta de que tenías los ojos más hermosos que jamás había visto, pero también los más tristes —su mano se entrelazó con mis dedos con firmeza—. Ese día me prometí que quería hacerte sonreír.
Su tono era áspero, sincero y arrastrado. Ambos estábamos ebrios, y siempre se decía que en este estado se decía la verdad. Me acurruqué en su brazo, sintiendo un contacto con alguien más que no fuese de mi familia… desde hace más de diez años… se sentía cálido y… me gustaba.
—Siempre sonrío —me tambaleé un poco, pero él me sostuvo.
—No con esa sonrisa pintada, Anastasia. Quiero que sonrías de verdad —me miró de reojo, sonriendo—. Sé que mientes todo el tiempo; al ser un político debo saber mentir y descubrir cuando alguien miente es un plus.
El sonido de las olas no apagaba nuestras voces, solo era una leve música que nos relajaba. Colocaba mi cabeza en su hombro, dejando escapar mi sonrisa más quebradiza.
—Eres… el único que se ha dado cuenta… —murmuré apenas.
—Anastasia, ¿por qué parece que estás tan sola? —susurró.
Su voz parecía no querer que sus palabras se las llevara el viento para que alguien más las escuchara. Con su barbilla acarició mi cabeza. En su cercanía, me sentía liberada. La sensación que tenía con él era indescriptible, similar a estar en un hogar que abandonaste hace poco, pero al mismo tiempo con ganas de viajar.
—Estoy sola… porque siento que si abro mi corazón… algo malo pasará…
—¿Algo malo? —repitió en un susurro—. ¿Cómo qué?
—Cada vez que abro mi corazón, las personas sufren… —me detuve, sonriendo con el picor de mis lágrimas—. Siempre pasan cosas malas, yo no puedo amar a nadie ¡Estoy destinada a sufrir para siempre!
—No quiero que sufras, Anastasia. Si me permites… yo me aseguraré de que tu dolor se convierta en felicidad.
Mi grito salió como un rugido lleno de dolor y pesar, uno que no se callaría por nada. El movimiento fue rápido. Me atrajo hacia él y apagó mis gritos con un beso. Invadió mi ser, y yo lo dejé. Su lengua jugueteaba con la mía. Me apretó, provocando que una llama en mi cuerpo apagado hace tanto tiempo se encendiera. Apasionado. Lleno de chispa que gritaba por salir.
Su lengua se volvió el veneno que borró cada huella y cicatriz de mi cuerpo… y de repente, como si el alcohol me hubiera apagado el interruptor de la memoria, todo se volvió difuso, borroso… n***o.
El fuerte sonido de un teléfono me hizo levantar. Parpadeaba apenas, intentando recordar dónde estaba. Reconocería ese candelabro en cualquier lugar, este era uno de los hoteles de mi madre. Mi cabeza explotaba intentando recordar qué pasó el día anterior. ¿Qué era lo último que recordaba? Creo que fue el principio del juego de chupitos en la boda de mi hermano.
Un vacío incómodo se apoderó de mí, como si mi memoria fuese un libro arrancado a la mitad. El corazón comenzó a golpearme con fuerza como un tambor; mi respiración se volvió estrepitosa, como si hubiese corrido kilómetros sin siquiera moverme. La incredulidad me quemaba la garganta. ¿Qué había hecho? ¿Qué demonios había pasado en esas horas borradas?
«Por Dios… sí que me pasé ayer.»
«No recuerdo absolutamente nada.»
—Qué bueno que te levantaste —una voz áspera, ligeramente ronca, me hizo vibrar—. ¿Puedes desatarme?
Me paralicé.
Sinceramente… sí, me había embriagado. Me levanté con lentitud para limpiarme los oídos con los dedos, pero entonces lo vi. Su cabello estaba desordenado. Todo su pecho lleno de chupetones y arañazos, y sus manos atadas al marco de la cama con esposas. Abrí la boca por la sorpresa, lo cual provocó que William soltara una leve risa.
—Yo también estoy tan confundido como tú. ¿Me desatas? Solo pretendamos que esto no pasó y todo bien.
Aún temblando, llevé mis manos para soltarle las esposas y entonces lo vi… Brillaba con una intensidad imposible de ignorar. Como sello de que esto solo era el principio de un tornado. Dejé escapar un fuerte grito, lo cual provocó que William cerrara un ojo.
—Anastasia —suspiró—, no grites así, tengo una jaqueca terrible.
—¡Tengo un anillo de casada! —miré mis dedos, que temblaban como nunca.
William pareció ligeramente sorprendido. Levanté mis ojos hacia su mano, notando… que él también tenía uno. Llevé mis dos manos a mi rostro, parpadeando con desesperación.
¿Acaso… me había casado con William en una noche de borrachera?