Levantó la mano con elegancia, mostrando su palma para ver su reloj. ¿Era posible que algo así se viera tan masculino? Lo miré fijamente; debía estar lejos de él, porque era la personificación de todos los pecados en mi vida.
—Es hora de irnos, pequeña libélula. No quisiera que tus padres piensen que no vamos a ir.
Bajamos de mi apartamento y nos dirigimos a su auto. Condujo con calma mientras colocaba música suave de jazz. Su perfume amaderado, junto con su olor natural, colonizaba el interior del vehículo. Las pocas veces que pasaba por mí había esa sensación de querer lanzarme por la ventana, pero ahora era algo que no podía describir. Miraba mis dedos, nerviosa, posando mi mirada en mi anillo.
—Cálmate, solo debes fingir que soy tu esposo y estaremos bien.
Ahí estaba el problema: no sabía si podría. No dije nada durante todo el viaje. Al llegar, bajó del auto con calma y se dirigió velozmente hacia mi puerta para abrirla, ofreciéndome su mano de apoyo para que bajara. La escudriñé como si fuese algo tóxico que podría derretirme con solo tocarlo. Lo noté elevar su perfecta ceja con calma.
—Es solo para ayudarte, ¿no puedes? —al ver que no respondía, simplemente agregó—. Anastasia, ¿tienes fobia a los gérmenes o algo así? Considero prudente que me des este tipo de información antes de lanzarme a la cueva de tus padres.
Su tono era serio, con ligera reprimenda. No hice caso. Me levanté sin su ayuda, cerrando la puerta. Notó que era un caso perdido, por lo que solo ofreció su brazo como soporte. Nuestros ojos se encontraron, habiendo una chispa desconocida para mí. El aire se tornó espeso. Había una burbuja imposible de romper donde solo éramos nosotros dos. Respiraba lento; él siguió mi ritmo.
—Anastasia, toma mi brazo para poder ir adentro —susurró en un tono áspero, lleno de masculinidad—. Si no cooperas conmigo, no podremos engañar a tus padres. Si no podemos hacer esto, dudo que podamos engañar a todo un país.
Tragué en seco. Estaba consciente de que hacer esto con William ameritaba que tendríamos que fingir para toda Inglaterra por un año. Miles de ojos mirando nuestras interacciones, nuestras miradas, nuestras palabras; estaríamos bajo la lupa. Tomé su brazo con lentitud. Mi mano comenzó a temblar de manera inconsciente.
—Anastasia, estamos juntos en esto. No estés nerviosa —dijo con calma.
No lo entendía. William era tener a mil personas en un solo cuerpo. Manipulador político, amable cuando lo ameritaba, vil estratega, pícaro seductor… estaba en una encrucijada de no saber qué personalidad traería después. Respiré lento, intentando calmar mi cuerpo. Obligué a mi cerebro a repetir un mantra de que esto no era traicionar a Richard y, tras unos minutos, pudimos caminar.
Tocamos la puerta y, tras unos minutos, se abrió. Quien la abrió fue mi madre. Me abrazó con el amor de toda la vida y, tras eso, le dedicó una amable sonrisa a William.
—Me alegra que llegaran. Tu padre está terminando de cocinar.
—¿El señor Lennox está cocinando para nosotros? Me siento halagado.
William pareció entrar en su pantomima de ser un hombre alegre. Sonrió de esa manera que empecé a identificar como falsa. Mi madre nos dejó pasar, donde terminamos en la sala. Nos comentó que mis hermanos menores, Gabriel, Gael y Grace, pasaron de cenar para darnos más privacidad.
Mientras esperábamos, mi madre observó a William como un jaguar buscando el mínimo quiebre. William, por otro lado, parecía estar acostumbrado a tanta presión que ni se inmutó. Tras unos minutos, mi padre salió para decir que la comida estaba lista. No saludó; exigió que comiéramos, a lo que pensé que probablemente le había echado algún suero de la verdad por su insistencia. Estaba sentada junto a William mientras mis padres estaban del otro lado de la mesa.
Con calma, me sirvió primero, preguntándome con amabilidad qué quería probar, y tras terminar mi plato se sirvió él. Cuando mi madre nos ofreció un poco de champán para celebrar, William tomó la mía con calma.
—Cielo, ¿no te parece más prudente que tomes algo sin alcohol? —habló con suavidad, tomando una copa con agua para ofrecérmela—. Me dijiste esta mañana que tuviste una fuerte jaqueca por el alcohol que tomamos. No quisiera que tuvieras más incomodidad.
Mis padres se miraron de reojo por unos segundos. No sabía cómo reaccionar. Dejé escapar una leve sonrisa, mirando a William como si fuese el mejor hombre del mundo.
—Tienes razón, amor —al decir esa palabra sentí mi corazón estrujarse, además de que la dije con un hilo de voz—. Por ahora me dedicaré a tomar solo agua, mamá, papá.
Mis padres no dijeron nada, pero sabía que no se lo podían creer. Ellos sabían que yo lo tomaba como si fuese jugo, por lo que rechazarlo era extraño. Nunca lo hacía por nada ni por nadie. Pensaba ligeramente que lo habían hecho como una prueba. Tras un pequeño brindis, fue tiempo de comer. William agradeció por la comida, le dio un bocado degustando de una manera que no sabía si era lo mejor que había comido en su vida o si era solo otra actuación.
—Me siento impresionado de que el señor Lennox, en persona, decidiera cocinarnos —William tomó un poco de pollo con su tenedor—. Déjeme decirle que sus restaurantes son excepcionales, pero nunca serán ni siquiera una pizca de lo que usted puede hacer.
Sus palabras eran halagadoras. William se mantuvo de un modo que incluso mi padre, ese hombre que era un roble, le dedicó una sonrisa cuando comenzaron a hablar de vino. Parecía ser un conocedor experto en la materia, de tal magnitud que incluso mi padre comenzó a caer poco a poco. Por otro lado, mi madre siempre se mantuvo observando nuestras interacciones, sonriendo con delicadeza mientras tomaba un poco de vino.
—William, cambiando de tema —dejó su copa en la mesa—. Alexander me comentó que te casaste con Anastasia. ¿Fue esto solo un arrebato como Las Vegas?
Sus palabras parecían una broma, pero venían con doble intención afilada. William se mantuvo sereno. Desvió su mirada unos segundos y, tras eso, volvió a ver a mi madre.
—Para nada, señora Lennox. Yo ya había visto a su hija en varias revistas. Siempre la consideré una mujer preciosa, pero un día que fui a visitar a April, la vi en persona.
Sus ojos se dirigieron a los míos y algo raro ocurrió. El olor del pollo con especias que mi padre preparó desapareció. El sonido lejano de la música que habían puesto se distorsionó. La luz ámbar de las lámparas pareció iluminarnos con más fuerza.
—Lo primero que vi fueron sus ojos. Me impresionó que tuviera los ojos más hermosos que había visto… y tristes. Me juré que yo cambiaría esa mirada sin importar qué tuviera que hacer. La noche antes de casarnos hablamos, tuvimos algo que no puedo describir —hizo una leve pausa—. Entonces di el paso. Le pedí ser mi esposa porque no la quería ni un minuto lejos de mi vida.
Sus palabras calaron en mi corazón. Ese objeto que durante años pareció apagado, solo latiendo para producir sangre, dio un leve latido. Un tenue sonrojo cubrió mis mejillas. Él me dedicó una sutil sonrisa. No esa que parecía de telenovela, no; había algo más. Le respondí la sonrisa, donde todo pareció cambiar. Éramos él y yo en una sensación indescriptible de pertenencia.
—No sabía que se conocían desde hace tanto tiempo.
Las palabras de mi madre provocaron que ambos rompiéramos el contacto visual por unos momentos, mirándola. Su mirada, que pareció indagadora, ahora se suavizaba. Había una ternura que me recordaba cómo me miraba cuando era más joven.
—Así es, señora Lennox.
—Oh, por favor. Si eres el esposo de mi hija, puedes llamarme Dory —tras eso, la mirada como cuchillas de mi madre comenzó a perforarme—. Anastasia, ¿por qué no nos dijiste que conocías a William desde hace tiempo? Como actuaban en la boda, parecía que no lo soportabas.
«Y jamás lo haré.»
El pensamiento que recorrió mi cabeza pareció llegarle a William, que dejó escapar una risa juvenil. Le di un pisotón debajo de la mesa que cambió su rostro a algo de dolor que camufló de manera magistral con uno de calma.
—Mamá, es que no sabía cómo expresar mis sentimientos.
—Te entiendo, William siempre pareció un hombre muy alejado a lo que buscas —mi padre comenzó a asentir con detenimiento—. Yo no estaba seguro de ustedes, pensé que mi hija te amenazó —sus ojos se posaron en mí—. Esta descarriada me ha sacado tantas canas verdes que no sé cómo no he perdido el cabello.
—¡Papá…! —lo llamé, algo molesta.
—Pero aun así me preocupa porque es mi hija —dijo con firmeza—. Siempre la cuidaré y la amaré. Nunca he pensado que un hombre sea suficiente para ella. Pero en ti veo algo diferente. Ella te mira como todos los Lennox miran al amor de su vida, como si tú fueras su click.
Al escuchar eso, casi me atragantaba con mi propia saliva. Comencé a toser de manera fuerte, recibiendo ligeros manotazos en la espalda por William. Cuando por fin dejé de toser, mi padre dejó escapar una leve carcajada.
—Hija, no te pongas así. Se nota a leguas que él es tu click —hablaba con firmeza.
—¿Su… click? —William me miró confundido.
—Oh, es un concepto de cómo describir el amor que tiene la familia Lennox —mi madre agregó con ternura maternal.
William parecía un pez fuera del agua, por lo que tras acomodarme farfullé un poco:
—En mi familia tienen el concepto de amor eterno y esas cosas —susurré en una voz que solo él pudo escuchar.
—Un Lennox puede tener a miles de personas —comenzó mi padre con seriedad—, pero cuando encuentra su click no tendrá ojos para nadie más. Es la persona de su vida, ese amor que nadie jamás podrá igualar. Dice la leyenda que si un Lennox pierde su click, nunca volverá a amar a nadie más.
William me miró de reojo unos segundos, luego a mis padres, que se miraban a los ojos. Tenían ese aire de tortolitos enamorados que, a pesar de tener veinte años juntos —sin incluir su primer matrimonio que terminó en divorcio—, no parecía haberlos afectado.
—Mi esposa fue mi click, mi hermano, que era un mujeriego, tuvo el suyo, y mi hijo Alejandro tuvo su click con April. Ahora, cuando los veo a ustedes dos, sé que mi hija finalmente ha encontrado el suyo y me alegra que sea con un hombre bueno.
¿Bueno?
Quería reírme y decirle que ese hombre era un patán. William pareció incómodo; lo disfrazó arreglándose la corbata y sonriendo de nuevo, como si nada se hubiera descolocado.
—Entonces, como ven —intentó volver a controlar la conversación William—, no tienen que preocuparse. Yo amo a su hija, ella me ama a mí. Y si me lo permiten, les pido permiso para llevar a mi esposa a Inglaterra.
Mis padres se miraron unos segundos de reojo y comenzaron una conversación sobre que no tenían problemas pero que tendría que mantenerse comunicada. La cena fue mejor de lo que esperé. Mi padre parecía más que encantado de que mi esposo no fuese un hombre con miles de tatuajes y perforaciones en la cara o que viviera del “arte”. Mi madre también parecía complacida. Tras cenar, él se llevó a William a enseñarle un par de sus trofeos por la cocina, mientras mi madre se sentó conmigo, acariciando mi mano.
—Hija, entonces… ¿en verdad te gusta William?
Ahí estaba. Todo esto había sido un plan para separarnos. La miré de reojo, dedicándole una leve sonrisa.
—Así es, mamá. Lo amo. Quiero tener una vida con él.
Mis palabras salieron sin pensarlo, mientras dentro de mí sentía una patada en el estómago. Mi madre me abrazó con fuerza, de la nada. Había un amor que no podía ocultarlo. Acarició mi espalda con ternura mientras me susurró:
—Me da tanta alegría… que por fin decidieras avanzar… hija mía.
Mi madre no estaba enterada de todo lo que pasó con Richard; solo sabía que había estado de luto por su amor por once años. No dije nada, solo nos mantuvimos en ese abrazo. Me susurró que la llamara todos los días para saber que estaba bien y, tras un rato, nos despedimos de mis padres. William comenzó a llevarme hacia mi apartamento, donde me dejó en la puerta. Me miró por unos segundos, como si esperara algo de mí, a lo que rápidamente dije:
—Tú no eres mi click y nunca lo serás, William —hablaba desde mis entrañas—. Yo jamás te amaré. Ya tuve mi click y tú ni siquiera le llegarás a los talones.
La mirada de William cambió en un segundo. Sus ojos azulados se oscurecieron en un punto donde casi parecieron la misma noche. Su aire se volvió peligroso y una sonrisa letal se plasmó en su rostro.
—Me da lo mismo, Anastasia. Puedes hacer lo que se te pegue en gana, pero desde ahora y por un año eres mi esposa, así que tendrás que actuar como la esposa perfecta o te lanzaré a la mínima con tu padre. Ya he hablado con él y me aseguró eso, que si no hubiera sido cierto te llevarían lejos —comenzó a soltar una risa burlesca—. Así que te recomiendo que te portes bien, o yo mismo te entregaré. Prepara tus maletas, mañana viajaremos a Inglaterra, aunque tenga que amarrarte a la cola del avión.
Abrí la boca para responder, pero no pude. Él simplemente se giró hacia el pasillo, dirigiéndose al elevador sin despedirse. En ese momento supe que estaba enfrentándome a un demonio al cual no debía provocar si quería vencerlo.
¿Estaba preparada para ir a Inglaterra a mudarme sola con él?