5. Firmar

2023 Palabras
POV William Hughes Algo que odiaba más que cualquier otra cosa era no tener el control absoluto, ahora había algo más, aún peor: que algo no saliera como lo había planeado. Desde joven me había caracterizado por una sola cosa: mover mis piezas de manera tan estratégica que todo terminara exactamente donde yo quería. No solo había tomado el control de la compañía familiar como CEO principal, superando a mis hermanos mayores, sino que además tenía una red de información capaz de competir casi con el mismo rey de Inglaterra. Solo había aceptado ese estúpido cargo de primer ministro porque significaba dominio… y eso era lo que me fascinaba. Ahora estaba en una encrucijada. No solo debía jugar al tonto teatro de la casita feliz hasta que este caos bajara, sino que además tenía que arrastrar a una mujer conmigo. Detestaba lo sentimental. Para mí, siempre había sido simple: acostarme con una mujer y dejarla al día siguiente. Ese había sido mi patrón durante años, hasta que llegó Lorelei, mi ex prometida… y con ella la razón exacta por la que nunca debías confiar en una mujer. Hacía tiempo que no despertaba junto a ninguna, entonces ¿por qué demonios había despertado al lado de Anastasia? Intenté convencerme de que era el aroma frutal de su cabello o lo tierna que se veía durmiendo sobre mi pecho. Pude haberme soltado —estaba acostumbrado a juegos sadomasoquistas con mis parejas sexuales—, pero con ella sentí la necesidad de quedarme. Y, estando en mi estado de ebriedad, yo mismo le había propuesto que tuviéramos juegos de roles. Con las manos en los bolsillos miraba por el enorme ventanal del hotel donde me hospedaba. A pesar de que la familia Lennox me había ofrecido una de las suites privadas de su hotel, preferí buscar mis propias opciones. Así era yo: mientras menos aceptara de alguien, menos favores tendría que devolver. —Señor Hughes, ¿desea que revelemos el nombre de su esposa? ¿O prefiere esperar? La voz robotizada de mi asistente personal, Nina Brown, sonó desde el otro lado de la videollamada. Mire por encima de mi hombro mirándola con firmeza. —No. Sería complicado si se filtra. Recuerda que Anastasia es familia del rey Frederic, además de que su tío es un duque. Si decimos que me casé con ella, tendremos miles de paparazzi esperando mi llegada. Me giré hacia la computadora situada en el escritorio. En la pantalla estaban mi publicista, mi asistente personal y mi abogado, quien ya había enviado el contrato que le ofrecería a Anastasia en privado antes de esa llamada… Esa mujer… era un problema en todos los sentidos. Tener el apellido Lennox en Inglaterra significaba poder. Esa había sido una de las razones principales por las que, durante mi candidatura, me pegué a su hermano Alejandro para conseguir votos. Pero estar relacionado con ellos también era peligroso. Si algo malo salía a la luz, el país entero lo sabía en minutos… y Anastasia era una caja de Pandora. La había visto varias veces en revistas de farándula con distintos hombres en una misma noche, fiestas descontroladas, rumores de hospitalizaciones por sustancias, aunque nunca se especificaba si eran verdad o mentira. Demasiados problemas. La única razón por la que no salté directo al divorcio era porque hacerlo de forma tan abrupta significaba poner mi cabeza en el matadero. —Señor, ¿qué más desea que hagamos? —Asegúrate de bloquear cualquier información negativa de ella. No quiero que alguno de mis rivales la use contra mí como arma arrojadiza. Envíame el discurso que daré en la conferencia de prensa en cuanto llegue. —Entendido. ¿Quiere que agreguemos algo en especial? —Sí. Que suene lo más atractivo posible. No sé… algo romántico o lo que sea típico de esas novelas juveniles para mantener a mis votantes felices. Hubo un silencio. Mi asistente asintió y tras terminar la llamada quedé solo con mi abogado. Imprimí el contrato y lo leí con detenimiento. —William —comenzó con calma—, con esto deberías estar protegido de que hable, incluso con su familiar. —Hablas de Alexis, ¿no es así? —mantuve la mirada en el documento. —Así es. Sabes que él huele las cosas a distancia y debemos evitarlo. Respiré profundo dejando escapar un largo exhalar. Miré la pantalla donde estaba Kevin, mi abogado y amigo desde la secundaria. Era excelente, temido… pero Alexis Lennox, el hermano del padre de Anastasia, era otro nivel. No solo era un abogado igual de peligroso, sino que además tenía el título de duque y una cercanía con su primo, el rey Frederic. Si ellos quisieran meterme el pie, podían hacerlo. —No te preocupes —dije—. Convenceré a Anastasia de portarse bien. Es igual o más orgullosa que yo, y si acepta será porque no tiene otra opción —dejé escapar una risa ganadora—. Esto será pan comido. Me explicó todo el contrato y, al terminar, me vestí con uno de mis mejores trajes. Me dirigí a casa de Anastasia, cuya dirección conocía porque había tenido que recogerla varias veces al ser padrinos de la boda de April. Llegué a su apartamento, donde usualmente me dejaba esperando afuera, pero esa vez me dejó entrar. Desvió la mirada con molestia, disculpándose porque iba a cambiarse, así que tendría que esperarla. Me senté en su sofá blanco como la nieve. O estaba obsesionada con la limpieza o casi no pasaba tiempo allí. Paseé la mirada hasta una repisa llena de fotografías. Me acerqué y vi retratos de su familia. Era claramente alguien familiar. Tomé una foto que me llamó la atención, una versión más joven de ella con un chico de su edad sujetándola por la cintura. Sonreía como si no existiera el mañana… pero ahí estaban sus ojos. Levanté una ceja. —Vaya, vaya… así que mientes desde hace mucho tiempo. Por mera curiosidad, sin comprender por qué, tomé una foto con mi teléfono de esa imagen. Luego me paseé por la cocina como excusa para saber qué le gustaba y poder equipar mi casa para ella. Podría ser un monstruo en muchas cosas, pero jamás le negaría tranquilidad. Su nevera estaba prácticamente vacía, pocos alimentos congelados y botellas de champán. Miré de reojo su vinera. Un conteo rápido me hizo notar que tenía más de veinte botellas, varias por la mitad. ¿Las bebía sola? ¿O acompañada? ¿Con el hombre de la fotografía? Inconscientemente apreté la carpeta donde estaba el contrato. Una incomodidad me recorrió el pecho. Recordaba fotos donde se la vinculaba con otros hombres, pero ninguno era el de esa imagen. Entonces ¿por qué esa foto estaba con su familia? Quise convencerme de que era su amigo, pero la forma en que él la miraba decía otra cosa. —¿Qué haces? Levanté la vista hacia Anastasia. Le había enviado un vestido que mandé a comprar desde el hotel porque era más rápido. Pude imaginar sus medidas. Pensé que combinaría con mi corbata esmeralda… pero lo que vi me dejó sin aire. El vestido estilo sirena, con incrustaciones de diamantes, le quedaba como un guante. El escote era impactante sin ser vulgar. La abertura en su muslo despertaba al cazador en mí con ganas de subirla a la mesa solo para ver esas piernas kilométricas. Estaba preciosa. Sus ojos brillaban, y aunque llevaba casi nada de maquillaje, deslumbraba. Me quedé sin aire, sin palabras. Era una mujer hermosa despertando una necesidad brutal de hacerla gemir mi nombre. —William, si me miras así vas a desintegrar mi vestido —murmuró molesta. —Oh, solo me aseguraba de que cubriera tu tatuaje, pequeña libélula. No querría que tu padre descubriera el mismo día que su hija se casó que tiene un lindo tatuaje debajo del pecho —lancé una sonrisa sutil, esa que usaba en campaña para parecer amable. Le afectó. Sus ojos ardieron de frustración. Incluso enojada se veía preciosa. —Eres un imbécil —vociferó. —Mmm… lo del diccionario de insultos sigue en pie —mantuve mi sonrisa intacta—. ¿Quieres que lo encargue? Bufó, y más que molesta parecía una niña enfurruñada. Me obligué a recordar a qué había venido. Coloqué el contrato en la repisa, arrastrándolo hacia ella. Se acercó, abrió la carpeta y comenzó a leer. Sus ojos temblaron al ver la primera cláusula, que no era nada del otro mundo: la obligación de interactuar en público para mantener la imagen de pareja. Eventos sociales, laborales y familiares obligatorios, cooperación mutua para sostener una percepción estable de nuestra relación. —No puedo hacer esto —susurró. —No es gran cosa, Anastasia. Aquí —señalé— incluyo tomarse de las manos como mínimo, y si se requiere un beso… con un pico basta. Sus ojos temblaban como si estuviera viendo sus peores miedos. Se humedecieron, dejó escapar un suspiro que anunciaba lágrimas. —No quiero que me tomes la mano —susurró apenas. —¿Por qué no? Hubo un largo silencio. No sabía cómo procesarlo. ¿Era germofóbica? Ladeé la cabeza con calma. —Si quieres, puedo modificarlo. Solo coloca tu mano en mi brazo y listo, ¿te parece? No dijo nada. Solo asintió, aún mirando el contrato. Continuó leyendo: relación estrictamente confidencial, bienes divididos antes y después del matrimonio, seguridad personal, conducta impecable en público, notificación mutua si existía otra pareja —siempre en secreto—, y como compensación podía exigir dinero, propiedades o lo que deseara. Cuando llegó a una de las últimas cláusulas, me miró desafiante. —No pienso mudarme a tu casa en Inglaterra. —¿Por qué no? —Tengo mi disquera aquí. No dejaré lo que he construido por ti. —Yo tengo un cargo que me obliga a vivir en Inglaterra, Anastasia. La diferencia es que tú puedes manejar tus cosas de forma remota. Yo no. —No pienso mudarme. Su voz era firme. No iba a permitir que entrara a mi vida creyendo que haría lo que quisiera. Aquí yo tenía el control, y ella debía obedecer. Saqué mi lapicero con calma y lo deslicé hacia ella. La miré frío, sin emoción, hablando en un tono casi infernal. —Entonces nos divorciamos, Anastasia —dejé escapar una sonrisa vil—. Si no sigues mis reglas, si no haces lo que digo, esto se acaba y no tienes que firmar. —Tú eres el que quiere mantener esta tontería de matrimonio. Se estaba rebelando. Mantuve el rostro serio. No podía dejar que supiera que la necesitaba. La quería sumisa. La quería mía. Nadie tenía poder sobre mí, y ella no sería la excepción. Esperé su rechazo, pero no llegó. Me arrebató el lapicero y firmó donde estaba su nombre. Dejé escapar una sonrisa triunfadora. Todos caían a mis pies. —Perfecto. Desde hoy eres oficialmente la señora Hughes por un año. Como dice el contrato, nos divorciaremos pase lo que pase —firmé mi parte. No respondió. Molesta, se alejó como si yo fuera lepra, diciendo que iba por su cartera. Guardé el contrato como si fuera el santo grial dentro de la carpeta. Aun así, algo me incomodaba. Saqué mi teléfono y envié la foto de la imagen de Anastasia a mi investigador personal, pidiéndole que averiguara quién era ese hombre. Cuando respondió, bajé el teléfono porque Anastasia ya había regresado. Me lo guardé en el bolsillo y le dediqué una sonrisa juguetona. —¿Puedes dejar de reírte así, diablo? —¿Por qué debería, pequeña libélula? Este contrato solo es infernal si tú quieres que lo sea. Tranquila, durante nuestro matrimonio no haré nada que no quieras. Mantuve una sonrisa suave. Sabía que eso no estaba incluido en el contrato, pero me aseguraría de meterme entre las piernas de Anastasia aunque fuera una sola vez para intentar enfriar esta cabeza mía que empezaba a obsesionarse con ella. ¿Por qué tenía una urgencia casi enfermiza de estar dentro de ella? No lo entendía. Solo sabía que este matrimonio estúpido serviría para algo… aunque fuera solo una despreciable mentira.
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