4.No he hecho nada

2105 Palabras
Su risa era demoledora. Al notar que no pensaba hablar, volvió a apretar su dedo contra mis labios, obligándome a abrirlos. Susurró de manera suave, haciendo que su voz fuese como la brisa del viento. —Anastasia, si no respondes no es divertido —tras unos momentos llevó su dedo a mi nariz, dándole un suave toque juguetón—. No lo pienses tanto, mi pequeña libélula. Mira, yo te lo diré como alguien que toma muchas decisiones —su voz pareció un canto de sirena—. Pensar demasiado, a veces, puede ser tu peor opción. —Ja, eso no tiene sentido. —Claro que lo tiene —ladeó la cabeza, intentando no mostrar un aire divertido—. Mira, pensar mucho no significa tener la decisión correcta. Muchas veces no es bueno pensar todos los escenarios, solo pensar en lo que nos beneficia a ambos, preciosa. —¿Puedes dejar de ser así? —intentaba empujarlo para poder respirar. Su olor era embriagador, seductor y atrayente. Su presencia imponente me sacudía por las emociones que despertaba en mí. Él tomó mis manos con suavidad. Tomó una de mis palmas para besarla. Sus ojos, gélidos como un iceberg, se mantenían fijos en los míos. —¿Así, cómo? —mantuvo sus labios en mi brazo. —¡Así! Tú no eres así cuando estabas con los otros ayer. ¡Es como si fueses de doble cara! —chillé. Mis palabras parecieron divertirlo, pues solo mostró una encantadora sonrisa. —¿Por qué? —emitió un leve sonido con su garganta, como si pensara—. ¿Te agrada más mi rostro de político amable que tenía con tus familiares? Porque puedo hacerlo sin problema. Ya sabes, mi pequeña libélula, en este cargo debo tener muchas caras. Sus palabras eran las de un verdadero estafador. Sonrisa perfecta. Rostro de portada. Palabras envolventes. Por dentro, era como una serpiente. No, un tigre que parecía un gatito inofensivo, pero mordía y destrozaba a sus víctimas si se descuidaban. Volví a empujarlo para poder respirar. —De esto no ganaremos nada. —Claro que sí lo haremos, mi pequeña libélula —movió con delicadeza mi mano, besando mi anillo con seducción—. Tú mantienes tu libertad de tu padre. Yo mantengo mi estabilidad pública. Ambos hacemos silencio con un lindo contrato. Nadie perderá… al contrario —su sonrisa se afiló con suavidad, como un zorro astuto—. Ambos ganaremos paz mental por un año. Porque vas a intentar algo que a simple vista se ve como nuestra única opción. Era lógico. Me di un golpe mental en la cabeza, recordándome que no debía flaquear. No podía dejar que él pensara que tenía control sobre mí. Nadie había tenido ese privilegio desde la muerte de Richard, y él no sería la excepción. Con todas mis fuerzas volví a empujarlo, obligando a que tuviéramos espacio. —¿Puedes dejar de ser un imbécil? —rabie con molestia. —Anastasia, ¿ese es el único insulto que conoces? —sus ojos se tornaron divertidos—. Te puedo ofrecer un diccionario con buenos insultos. Él me provocaba querer… decirle todas las cosas horribles que hubiera querido. Por mi familia, nos criamos con reglas estrictas de no insultar, por eso, cuando lo hacíamos era porque estábamos en el extremo. Él notó mi enojo, pero no le afectó. Se apartó, encogiéndose de hombros, colocándose la ropa con calma. Desvió su mirada por unos minutos para verme por encima de sus hombros. —Debo admitir que te ves muy encantadora intentando fingir que no harás esto —sonrió de manera suave, con una peligrosidad encantadora. —Es que no lo haremos… —apenas dije. Se colocaba su camisa con un aire casi ceremonial y el traje algo estrujado. Se puso los zapatos, dándose vuelta. Su ropa parecía ser la prueba del desenfreno de una noche loca donde mis memorias parecían no querer cooperar. —Puedes decir lo que quieras —mantuvo su sonrisa de catálogo—. Pasaré por ti a las seis para ir a la casa de tus padres. Sé que te conviene y vas a cooperar conmigo aunque no quieras. —Por favor, prefiero morirme. —Hazlo —mantuvo su sonrisa como si le pagaran por esto—. Pero me aseguraré de que lo hagas después de que terminemos. Por ahora, eres y serás la señora Hughes. —Voy a demandarte por acoso —farfullé. —¿Acoso? —fingió inocencia—. Si vamos por eso, yo debería demandarte a ti. En mi entendimiento, yo fui el que despertó esposado en la cama, tengo arañazos, chupetones y moretones por todos lados. ¿A quién crees que un juez le creerá si ambos vamos a juicio? Hubo un silencio entre nosotros. Viese por donde se viese, parecía una escena sacada de una película donde yo me aprovechaba de él. Su mirada se mantuvo firme por unos momentos y, tras esto, solo respondió: —Exacto, eso pensé —su porte se volvió serio—. Pasaré por ti a la hora acordada, quieras o no —comenzó a caminar hacia la puerta, tocando la perilla—. Te recomiendo que no intentes esconderte, Anastasia. Si tengo que voltear medio Nueva York para encontrarte, lo haré. Soy poderoso en Inglaterra. Mi red de información y poder llega a más lugares de lo que crees. Sus palabras eran una amenaza más que clara, donde terminó amarrándome completamente. Su tono, áspero, dejaba entrever su verdadero rostro. No era la cara del amable y sonriente hombre de noticias en campaña ni de revista. No. Había un hombre dispuesto a aplastar y mover a quien fuera para cumplir su objetivo. Sus ojos, esos que parecieron ver hasta el último centímetro de mi alma, se desviaron lentamente y, tras esto, abrió la puerta, cerrando tras de sí. Por fin, pude respirar. William tenía una capacidad increíble de llevarse el aire de la habitación cuando quería. Él tenía el aura de alguien que juega cuando quiere, como un cazador que juega con su comida solo porque le dio la gana. Mis piernas flaquearon, sentándome en el suelo. El frío del mármol me hacía recordar que nada de esto era un sueño. Llevé mi mano a la cabeza, rascándome un poco. ¿Cómo podía ser que mi cuñada fuera amiga de un hombre tan maquiavélico, de sonrisa perfecta? Era el perfecto ladrón con traje de diseñador que nadie sospecharía que era el asesino encubierto. —No, esto no puedo hacerlo —apenas pronuncié—. Debo… divorciarme… pero si le digo a mi tío Alexis, irá con el chisme donde mi padre. No pasa nada… solo le rogaré que me ayude… —mordía mi labio. Como pude, recogí mis pertenencias, saliendo de la habitación. Uno de mis zapatos rotos en mis manos y el cabello desalineado. A pesar de que todos fingían un saludo respetuoso, podía sentir sus miradas clavadas en mi espalda. Era típico. De todos los hijos de mis padres, yo era la oveja fiestera que siempre hacía desastres. Más de una vez mi padre tuvo que irme a buscar a varias fiestas donde casi terminé crucificada, si no hubiese sido porque Alejandro prometió vigilarme. Tomé un taxi hacia mi apartamento en Hudson Yards, en Manhattan, donde me esperaba mi cerradura electrónica. Mis dedos marcaron los números del frío metal: 0920. La fecha en la que Richard murió. Dejé escapar un leve suspiro. Entrar en mi apartamento siempre había sido una mina emocional donde no sabía si más que ayudarme, me condenaba. Varias fotos en mi repisa, donde estaba con mi familia, me saludaban al entrar… y entre ellas… varias fotos de mi juventud con Richard. Tomé una de ellas, dejando caer mi zapato. En ella no sabía si estaba sonriendo o simplemente era una pantomima. No lo recordaba. Obligaba a mi mente a pensar que lo era, por la promesa que nos hicimos. Acariciaba la foto con añoranza. Él había dejado tanto por mí, por lo que obligaba a mis sentimientos a recompensarlo de alguna manera, aunque me doliera. Fidelidad. Así me obligaba a pensar que era más que una red emocional que me tejaba. Bajé la foto con lentitud, colocando mi teléfono a cargar. Me dirigí a la cocina, tan impecable que gritaba a los cuatro vientos que tenía tiempo sin cocinar. De la nevera saqué una comida china de un par de días, poniéndola en el microondas para desayunar. Di un leve suspiro, mirando el techo. ¿Qué había hecho? Presioné a mi cerebro. Lo besé… sí, yo fui quien lo hizo. Estábamos… caminando por… ¿Manhattan? Sí. Tenía un amigo que podía servirme de testigo… yo… ¿lo obligué a casarnos? Esa parte estaba borrosa. Estaba… sonriendo. William me cargó entre sus manos, susurrándome palabras que parecieron desaparecer en mi memoria. El pitido del microondas me obligó a volver a la realidad. Tomé mi comida china, de la cual comía. No iba a estar con él; a lo lejos se veía que era problemas. Desde la distancia, mi teléfono comenzó a sonar de manera ensordecedora. Me acerqué a él junto a mi pequeña caja de comida china y mi cuchara, notando que era una llamada de mi hermana menor, Grace. La abrí, colocándola en altavoz mientras le daba un bocado a mi comida. Debía sonar feliz. Debía sonar despreocupada. Ese había sido mi mantra de tantos años para que nadie pudiera saber cómo me sentía. —¡Hola, hermanita! Dime, ¿quieres que te lleve a tomar por fin? —hablaba en un tono divertido. —Ana… —se escuchó desde el otro lado como un susurro que parecía esconderse. —¿Todo bien? —No. Gabriel me dijo que está en casa de papá, que anda discutiendo con mamá por ti. Gabriel me mandó un mensaje diciendo que está hablando con Jayden. Escuchar el nombre Jayden Walson solo significaba problemas. Ese amigo de mi padre era increíble. Un exmilitar tan recto como un roble y tan hacker que daba miedo. Su capacidad de encontrar personas y desaparecer era tan loca que parecía de película. Tenía la típica fachada de su empresa de ciberseguridad, pero era para que no lo molestaran. —¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —respondí con calma. —Gabriel me dijo que escuchó a nuestro papá decir que quería que te localizaran si salías del país por algún aeropuerto, por si intentabas escapar. Dejé escapar un bufido. Mi padre era un exagerado en todos los sentidos. —No sé por qué te estresas. No he hecho nada. —¿De verdad? Gabriel dijo que andan preparando la isla privada que tenemos en las Bahamas. Al escuchar eso, escupí de golpe mi comida china. Una hermosa isla con arenas blancas, con una mansión que era un paraíso en vida… y agua… y más agua… eso era lo único que había. No había nada más, por lo que si mi padre deseaba hacerme desaparecer por un tiempo en ese lugar, sería más que perfecto. —Él no hará nada… —intenté sonar segura. —Anastasia, me preocupas. Alejandro no está aquí para ayudarte a esconderte como la última vez. Mordía mi labio con fuerza, mirando mi comida china. Estaba en una encrucijada donde no sabía qué hacer. Otra llamada comenzó a entrar; al ver quién era, fruncí el ceño. Era como si él hubiera sentido que era mi única opción. Me despedí de Grace y, tras esto, tomé su llamada, quitando el altavoz para escuchar su ronca y posesiva voz: —Pequeña libélula, ¿quieres que te compre un vestido? Quiero ir lo más elegante y combinados posible para demostrar que somos pareja cuando visitemos a tus padres. En ese momento lo hubiera rechazado y mandado al demonio… pero no tenía opción. ¿Estaba dispuesta a vender mi alma por un año solo por un poco de libertad? —Oh, preciosa, ¿por qué no hablas? Aún no te decides. Dejé escapar un largo exhalo que quemaba en mis pulmones, diciendo con voz seria: —Ya lo he decidido, William. Seguiré con esta farsa por un año. Desde el otro lado se escuchó un silencio que se sintió como un letargo, seguido de una ronca risa masculina: —Perfecto, pequeña libélula. Te llevaré el contrato cuando pase a recogerte. Sin decir nada más, colgó. Miré mi teléfono por unos segundos como si fuese una bomba a punto de explotar. No sabía si, por buscar mi libertad, había hecho otra condena que podría destruirme más de lo que ya estaba… ¿Acaso… William podría ser tan cruel?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR