3. Diablo

2090 Palabras
Se decía que si el diablo no sabía qué hacer, se volvía político. Con el rostro de William en estos momentos, ya sabia que eso era cierto. Su sonrisa tan milimétrica que parecía estar tatuada en su cara. Sus ojos brillaban con un aire llena de seducción. Deslizó su dedo entre mis cabellos, enrollándolos con ternura con su dedo índice, creando suaves espirales. Hizo un movimiento con los labios, como un tigre hambriento que acecha a su víctima. —Vaya, vaya… parece que la pequeña libélula tiene a alguien que le provoca miedo. Su aliento se encontró con mis labios de una manera delicada. Sus ojos, que anteriormente estaban oscurecidos, ahora rebosaban de alegría como si me hubiera atrapado. Libélula. Ese era mi tatuaje, por lo que imaginé que el usaría todo lo que pudiera a su favor para ponerme de su lado. —Eres un imbécil. —Créeme, puedo ser mucho más cuando algo me interesa —dijo con una sonrisa pícara—. ¿Te has preguntado cómo conseguí este puesto? Soy un CEO temido por muchos y, además, el primer ministro más joven de Inglaterra en mi cargo. Conozco bien el arte de jugar, y si es necesario que te intimide para que entres en mi juego —se detuvo un momento, dejando que las palabras flotaran en el aire—… no dudaré en hacerlo, Anastasia. Un aire de pertenencia me invadió. Ya no era solo la locura de habernos casado en una noche de borrachera... ahora había algo que se sentía incómodo, posesivo e invisible. Pateé mentalmente cualquier percepción errónea empujando a William hacia el baño al escuchar que golpeaban la puerta con salvajismo. —Quédate ahí adentro. Sales y me aseguro de cortarte el pene. —¿Piensas que serás capaz de hacerlo? Su comentario provocador me hizo recordar la vez que vi al levantarnos. Eso tenía que ser considerado como un instrumento mortal. Un leve rubor se apoderó de mis mejillas y tras eso escuché su risa grave. —¿De verdad te pasó por la mente mi m*****o, Anastasia? —¡Cállate! —Lo metí en el baño y cerré la puerta. El calor en mis mejillas era inconfundible. Aun se escuchaba en la puerta un sonido de querer romper la puerta, mi cerebro todavía trataba de asimilar toda la locura que estaba sucediendo. —¡Anastasia Lennox, si no abres esta puerta en este instante, me veré obligado a forzarla yo mismo! El grito de mi padre sonaba como el de un león dispuesto a devorarme. Con esfuerzo, logré darle un retoque a mi cabello y, con un ligero temblor en el corazón, me dirigí hacia la puerta, abriéndola con delicadeza. Allí se encontraba él. Unos ojos ámbar que brillaban con la intensidad de un volcán listo para hacer una explosión. Su expresión, marcada por la ira y la tensión, revelaba a alguien cuya paciencia era tan escasa que ante la más leve provocación estallaba. —Anastasia —exclamó, alzando de manera repentina mi mano izquierda, como si buscara algo en ella. Al contemplar mi anillo rugió—. ¡Dime con quién es! Mi respiración era entrecortada. ¿Acaso no sabía que era de William? Desvié la vista, sintiendo cómo el rubor se apoderaba de mí. William había mencionado nuestras imágenes, pero si mi padre no estaba al tanto... ¿Eso quería decir que nuestros rostros no eran visibles en las fotos? No, eso era una estupidez. No podia ser. Mi padre tomó mi mano con firmeza, interrumpiendo mis pensamientos. —No lo recuerdas, ¿no? —dijo, y sus palabras resonaron en el pasillo—. Ahora mismo averiguas con quién te casaste. Te haces un examen de enfermedades venéreas y te encierro. ¿Lo comprendes?! Te voy a encerrar en un calabozo hasta que te detengas. —Papá, no puedes mantenerme en una prisión, ya no soy una niña. —Por supuesto que lo eres, Anastasia. He procurado ser un padre que entiende, pero lo que haces me deja perplejo... ¡siempre estás envuelta en un revuelo con tus artistas! Ese alcohol… me tienes cansado. No voy a perderte. Mira, casi pierdo a mi hijo por una depresión y no voy a perder a mi hija por el alcohol. Yo mismo te voy a encerrar donde tenga que encerrarte hasta que cambies. En ese momento, se asemejaba a un torbellino. Me tiraba con intensidad hacia la salida. Hice un esfuerzo por liberarme de su abrazo. Aumentó la presión de su mano, aferrándose con más fuerza para que no pudiera escapar. Cerré un ojo, sintiendo un ligero dolor que emanaba del firme agarre que él mantenía en mi muñeca. —Papá, déjame ir, me lastimas. —Anastasia, no me importa. Si tengo que amarrarte para meterte a un lugar donde te curen, lo haré —se giró con fuerza hacia mí, deteniendo el jaloneo—. ¡No comprendes! Casi pierdes a tu hermano… ¿cómo crees que me sentí al saber que no pude hacer nada? Tu madre y yo ya habíamos hablado de este problema contigo y el alcohol. Creímos que encontrarías la manera de resolverlo, pero ahora nos damos cuenta de que la situación se asemeja a lo que ocurrió con Alejandro. Si es necesario enviarte a una isla aislada para que sanes, así lo haremos. En ese momento, la conversación se sentía tan inútil como intentar comunicarse con un muro. Me tiró de nuevo con gran fuerza y, justo cuando parecía que iba a empujarme hacia la salida, un tirón inesperado me hizo impactar contra una superficie rígida. Observé hacia qué había chocado. William. Llevaba una bata de baño. Una expresión seria. Sostenía mi brazo mientras seguía observando a mi padre, que lo examinaba minuciosamente con un semblante de desconcierto. Se creó entre ellos una atmósfera de tensión. —¿William? —inquirió mi padre, rompiendo la atmósfera de silencio que nos envolvía. —Así es, señor Lennox —sonrió con cortesía—. ¿Acaso hay algún inconveniente entre usted y mi esposa? La expresión de mi padre transformó de intensa confusión en un profundo escepticismo. Sus ojos parpadearon rápidamente, dirigiendo su mirada hacia nosotros como si fuéramos conejillos de indias en un experimento. Buscó la mano de William, fijando su mirada en el destello de su anillo. Después, posó su mirada en mí, con una incredulidad tan palpable que su rostro revelaba que no lograba asimilar la situación. Era entendible. William personificaba todo aquello que yo aborrecía y rechazaba, como si fuera una lepra que me acechaba. —William, no es necesario que digas mentiras para apoyar a mi hija —declaró con un tono de descontento—. Es posible que el marido de esta descarriada sea uno de esos perezosos que dependen de su dinero. —¡Papá! —exclamé con desagrado, mientras luchaba por zafarme de su agarre. —¿No es así? Todos los jóvenes que has traído a mi hogar parecen seguir un mismo patrón. Hombres que no hacen nada y únicamente te siguen por tu dinero. —Papá, ellos son mis artistas. ¡Son los cantantes de mi disquera! —¿Así es como los llamas? —sus ojos se dirigieron nuevamente hacia William—. Lamento la incomodidad, pero me ocuparé de mi hija. Volvió a forcejear. William se mantuvo quieto. No se movió ni un milímetro, permaneciendo a mi lado con una firmeza que me llenó de calma. Sobresalió con una sonrisa digna de portada, esa que cautivaba a todos a su alrededor. —Señor Lennox, entiendo que se sienta irritado, pero le ruego que trate con consideración a mi esposa. Entiendo que es su hija, pero ahora es una Hughes, y por eso le pido que la trate con el respeto que merece mi esposa. Su tono, a pesar de ser neutral, desprendía una sutil sensación de posesión que me hizo sonrojar ligeramente. Un palpitar fuerte golpeó mi pecho, resonando intensamente durante unos instantes. Mi padre nos miró fijamente en medio de un silencio que se sintió interminable, hasta que, al fin, me liberó con suavidad. —¿Es eso cierto? —preguntó con un tono listo para darme un escarmiento si notaba el menor indicio de mentira. Respiré lento. Conocía a mi padre. Siempre había mantenido una actitud firme pero cariñosa con sus hijos. Sin embargo, según lo que había oído de mi tío, era capaz de hacer lo que fuera necesario. Había escondido a mi madre durante dos años en un lugar apartado para protegerla, así que si le daba motivos, lo veía capaz de hacer lo mismo conmigo. Tragué con dificultad, esforzándome por hacer bajar la pesada piedra que se alojaba en mi garganta. Solté un suave suspiro, murmurando casi en un hilo de voz: —Sí, papá. Yo me he casado con William porque… lo amo. Mentir para sobrevivir. Para que no me alejaran de mi vida. Mis palabras se tatuaron en mi cuello como una cadena invisible y juraría que una risa demoníaca detrás de mí rebosó. La sensación fue la de haber caído en las garras de un tigre que colocaba sus uñas afiladas en mi cuello y mi rostro. No pude respirar durante un segundo que pareció un milenio. Mi padre ladeó la cabeza unos instantes y luego dijo: —Si se casaron, quiero una explicación de ambos con tu madre —sus ojos se posaron en los míos. —Por supuesto que la tendrá, señor Lennox. Sin embargo, si no le incomoda, ¿podría ser un poco más tarde? Quisiera tomar un poco de descanso con mi esposa y desayunar con ella. Mi padre nos miró fijamente, asintió levemente y pidió que nos viéramos esa noche en su casa para una cena familiar. Luego se fue. En cuanto cerramos la puerta, el aire se volvió irrespirable. Una tensión que paralizaba todo mi cuerpo. Con un movimiento elegante pero rápido, William me hizo girar para quedar frente a él. Mi espalda chocó contra la puerta. Con calma, levantó sus manos y las colocó a ambos lados de mi cabeza. Ya no había rastro del hombre amable que brillaba como el sol. No. Se sentía la influencia de un hombre astuto y manipulador. Su mirada gélida tenia el mismo fuego vibrando con diversión. No uno cualquiera… sino como el infierno. —Vaya, pequeña libélula —sonrió, acercando sus labios a los míos—. Parece que te tendré a mi lado durante todo un año. —¿Quién dijo que lo voy a hacer? —murmuré, mordiendo mis palabras. —Pues tú dijiste que estamos casados —mantuvo su sonrisa calculadora—. Todo será muy fácil. Solo un año, preciosa. Me encargaré de protegerte de tu padre, para que tu cuestionable reputación no te cause problemas, y a cambio, tú velarás por la mía siendo la esposa ideal. ¿Qué opinas? —susurró dejando escapar su acento inglés. —¿Crees que firmaré un contrato contigo? Pareces un hombre manipulador de mucho cuidado. —Oh, esas son palabras muy fuertes, señora Hughes —dejó escapar un leve silbido—. No soy así. No soy muy amable que digamos, pues yo tengo la misma astucia del diablo así que mejor hagámoslo por las buenas. Si quieres algo más, dímelo. Quiero que me des tu precio, mi pequeña libélula, para que seas solo mía por un año. Una de sus manos se deslizó suavemente hacia mis labios. Con su pulgar, ejerció una suave presión sobre la suavidad de mis labios. Sin darme cuenta, un suspiro sutil se me escapó, casi inaudible. Él se dio cuenta. Sonrió con una malicia encantadora, permaneciendo inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido. —Anastasia, ¿por qué haces silencio? —murmuró con una voz tan suave que parecía rivalizar con la brisa veraniega. —Yo no jugaré tu juego. Solo con verte pareces el mismo diablo. Mi comentario provocó su risa. No de burla, sino de sorpresa. Presionó con más posesión mis labios mientras respondía: —Parece que no tendré de otra, señora Hughes —dijo, deslizando su dedo con delicadeza a lo largo de la suave piel de mi cuello—. Si me ves como el diablo, entonces hagámoslo de la manera correcta. Cuéntame... ¿Qué es lo que deseas que este demonio te brinde a cambio de tu alma por un año, mi pequeña libélula? No di respuesta. En ese instante, comprendí que ceder significaría ofrecer mi cuerpo al mismo demonio… al mismo y seductor demonio William Hughes.
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