La brisa fría acariciaba la piel de Luna mientras caminaba hacia su apartamento y la calle silenciosa envuelta en sombras, parecía avanzar con la misma lentitud que ella. Sus pasos eran suaves, casi ausentes, como si sus pies aún no quisieran tocar el suelo, como si parte de ella se hubiera quedado allá arriba, en esa azotea, entre la ciudad dormida y el cielo lleno de estrellas. ¡Ángel!… Su nombre flotaba en su mente con una suavidad que la hacía sonreír sola mientras caminaba. Su pecho aún vibraba con la intensidad del beso, ese beso que había surgido de la nada, pero que al mismo tiempo llevaba tiempo gestándose entre miradas, palabras veladas y silencios compartidos. No era un beso más, lo sabía y no porque fuera perfecto —aunque lo fue—, sino porque la había tocado por dentro, po

