El mensaje había sido simple, sin adornos innecesarios ni frases empalagosas pero en su brevedad latía algo sincero, transparente. Un hilo invisible que seguía extendiéndose entre ellos desde aquella conversación en la azotea, el restaurante a media luz y ahora, el café compartido. “Sigo pensando en ti. Fue un encuentro bonito ¡Gracias por eso!” Ángel lo había enviado mientras caminaba rumbo al edificio, preparándose para otro turno nocturno. No esperaba una respuesta inmediata —sabía muy bien que Luna era de silencios pausados, de esos que no apuran, que se saborean—, pero aun así, cuando guardó el teléfono en su bolsillo, una parte de él deseaba, aunque fuera por un segundo, ver vibrar la pantalla antes de cruzar el umbral. Pero eso no ocurrió. La noche comenzó con esa calma qu

