La noche había caído por completo cuando el auto de Ángel dobló por una pequeña calle adoquinada, donde las luces tenues de los faroles colgaban de los balcones como luciérnagas inmóviles. Al fondo, rodeado de enredaderas y plantas colgantes, se alzaba un rincón casi oculto de la ciudad: “El Jardín de Luz” un restaurante íntimo, de mesas discretas y luces cálidas que parecían flotar entre ramas. Ángel aparcó el auto frente a la entrada, bajando primero y sin prisa fue hacia el otro lado para abrirle la puerta a Luna, lo hizo con una sonrisa que no podía disimular y con el corazón bombeando más de lo habitual, entonces ella descendió Por un momento, todo se detuvo. La observó de cuerpo entero, con ese vestido color mostaza que se movía suavemente con la brisa, su cabello suelto caía en

