ALESSANDRO El calor en Culiacán es una agresión física, bajo del avión privado en una pista clandestina rodeada de campos de cultivo que se extienden hasta donde alcanza la vista, el aire es pesado, denso, oliendo a tierra seca, fertilizante y a un peligro latente que me eriza la piel. No hay brisa del mar para limpiar el ambiente como en Palermo, aquí el aire se mastica. Me quito el saco del traje italiano de tres mil euros y lo lanzo con desprecio al asiento trasero de la camioneta blindada que nos espera, me arremango la camisa blanca, que ya se pega a mi espalda por el sudor, me siento ridículo y me siento expuesto. - Bienvenido al infierno, italiano —dice una voz rasposa. Un hombre bajo, robusto, con un sombrero vaquero y una pistola con cachas de oro y diamantes al cinto se

