EL CLOSET

1016 Palabras
Maya no le dio tiempo a Perla de seguir pensando. —Ya, suficiente drama por hoy —dijo, tomándola del brazo—. Vas a distraerte aunque tenga que cargarte. Alana asintió enseguida. —Estoy de acuerdo. Necesitas dejar de pensar en ellos y en todo ese caos. Vamos a beber. Perla quiso protestar, pero entre las dos la arrastraron hacia la zona más animada de la fiesta. Música alta, luces bajas, risas por todas partes. Vasos aparecieron en sus manos casi por arte de magia. —Solo uno —dijo Perla, dudosa. —Eso dicen todas —rió Maya, chocando su vaso con el de ella. Uno se volvió dos. Dos se volvieron cuatro. Las risas empezaron a ser más fuertes, los pasos menos firmes. Alana bailaba con los brazos en alto, Maya hablaba con cualquiera que se cruzara, y Perla… Perla empezaba a sentir esa peligrosa ligereza en la cabeza, ese punto exacto donde las dudas se difuminan. —Creo que estoy… borracha —confesó, riéndose sola. —¡Eso es el espíritu! —celebró Maya. Fue entonces cuando todo cambió. Entre la multitud, un hombre alto, vestido con un traje oscuro impecable y una máscara elegante que cubría su rostro, apareció frente a Perla. No habló. Solo la miró. Sus labios eran lo único visible. Perla sintió un escalofrío inmediato. Antes de que pudiera reaccionar, él le tomó el brazo con firmeza —no brusco, pero sí decidido— y la guio fuera del centro de la fiesta. Perla intentó soltarse, pero la música, el alcohol y la sorpresa la dejaron sin voz. —Oye… —alcanzó a decir. Él no respondió. En cuestión de segundos, abrió una puerta lateral y la empujó suavemente dentro de un clóset estrecho. La oscuridad las envolvió. La puerta se cerró detrás de ellos. El corazón de Perla latía tan fuerte que juró que él podía oírlo. —¿Qué carajos…? —susurró, apoyando la espalda contra la pared. Entonces habló. La voz era inconfundible. Distorsionada. Baja. Íntima. —Tranquila, perlita. El aire se le quedó atrapado en los pulmones. —Sabía que vendrías a la fiesta —continuó él—. Siempre lo haces cuando intentas huir de algo. Perla tragó saliva. —¿Eres tú…? Él se inclinó apenas hacia adelante. Lo suficiente para que ella percibiera su presencia, su cercanía, su control de la situación. —¿De verdad todavía dudas? —murmuró—. Te dije que estaba cerca. LordBlackthorn. En el espacio reducido, sin escapatoria inmediata, con el eco lejano de la música filtrándose por las paredes, Perla sintió cómo el miedo y la adrenalina se mezclaban peligrosamente. —Esto no es un juego —dijo ella, intentando sonar firme. Él soltó una risa baja. —Para ti tal vez no… pero para mí —hizo una pausa— siempre lo fue. La puerta del clóset vibró levemente cuando alguien pasó cerca por fuera. —Y ahora dime, perlita —añadió—… ¿vas a gritar? ¿O vas a escuchar lo que vine a decirte? Antes de que él pudiera decir otra palabra, Perla reaccionó por puro instinto. Alzó la mano con decisión y lanzó los dedos hacia la máscara, decidida a arrancarla de una vez por todas. Pero no llegó. LordBlackthorn fue más rápido. Le atrapó la muñeca en el aire con una facilidad inquietante, deteniéndola a centímetros de su rostro. Su agarre no era violento, pero sí firme. Controlado. —¿Qué crees que estás haciendo? —dijo, con la voz distorsionada, ahora más baja, más seria. Perla sostuvo su mirada a través de la oscuridad, el pulso acelerado pero la determinación intacta. —Averiguando quién de los tres eres —respondió sin titubear—. Porque estoy cien por ciento segura de que eres uno de ellos, así intentes hacerme creer lo contrario. Él soltó una risa breve, casi divertida, sin soltarle la muñeca. —¿De verdad piensas que sería tan obvio? —preguntó—. ¿Que me escondería justo frente a tus ojos? —No juegues conmigo —replicó Perla, forcejeando un poco, aunque sabía que no iba a ganar—. Me observas, sabes cosas que solo ellos saben, apareces y desapareces… y encima te molesta que me acerque a alguno. El silencio que siguió fue pesado. LordBlackthorn inclinó un poco la cabeza, como si la estuviera evaluando. —Eres más lista de lo que crees, perlita —admitió—. Pero también te dejas llevar demasiado por lo que deseas que sea verdad. —¿Y qué es lo que tú crees que deseo? —preguntó ella, casi en un susurro. Él aflojó un poco el agarre, lo justo para que ella sintiera el cambio, pero sin soltarla. —Que uno de ellos sea yo —respondió—. Porque así todo tendría sentido… y no tendrías que aceptar que te atrae alguien que no puedes controlar. Perla tragó saliva. Sus palabras le dieron justo donde dolía. —Entonces dime —insistió—. ¿Eres Alan? ¿Rubén? ¿Andrés? LordBlackthorn se inclinó lo suficiente para que su voz le rozara el oído. —Si te lo dijera… —murmuró— el juego se acabaría. Y tú aún no estás lista para eso. Desde afuera, se escucharon risas y pasos acercándose al pasillo. Alguien pasó junto a la puerta del clóset. Él soltó su muñeca de golpe y dio un paso atrás. —Esto no termina aquí —dijo—. Solo recuerda algo, perlita… La puerta se abrió apenas un segundo, lo suficiente para que él saliera con rapidez y desapareciera entre la multitud. —No siempre el que más te cuida… es el que menos te observa. Perla se quedó sola, el corazón golpeándole el pecho, la muñeca aún caliente por su contacto. Cuando salió del clóset, la música seguía igual, la fiesta intacta, como si nada hubiera pasado. Pero ella ya no era la misma. Porque ahora estaba segura de algo: LordBlackthorn no solo era uno de los tres… era el que mejor sabía cómo tocarle la mente.
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