Perla no les dio tiempo a responder.
Identificó a Alan sin dudarlo; lo había escuchado hablar segundos antes. Su voz. Su forma de tensar la mandíbula. Fue suficiente. Le tomó la mano con firmeza, ignorando el leve gesto de sorpresa de él, y lo arrastró hacia la escalera.
—Vuelvo enseguida —dijo por encima del hombro, mirando a Rubén y a Andrés—. No se vayan.
Ninguno la detuvo.
El segundo piso estaba mucho más silencioso, apenas iluminado por luces bajas y el eco lejano de la música filtrándose desde abajo. Perla abrió una puerta al azar. Una habitación vacía. Cerró detrás de ellos con un movimiento rápido y decidido.
El silencio cayó de golpe.
Alan se giró hacia ella, claramente alterado.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó en voz baja, pero cargada—. ¿Estás loca? ¿Y si alguien nos ve?
Perla dio un paso al frente.
—No me importa —respondió—. Estoy cansada de adivinar. Cansada de que me mires como si yo fuera la que traicionó algo.
Alan pasó una mano por su cabello, frustrado.
—¿Y no lo hiciste? —replicó—. Nos apartaste sin explicaciones, Perla. Me apartaste a mí.
Eso le dolió más de lo que esperaba.
—Porque algo no estaba bien —dijo ella, con la voz un poco más quebrada—. Porque sentía que me observaban, que jugaban conmigo… y ustedes estaban siempre ahí. Siempre.
Alan la miró fijo. Muy fijo.
—¿Y decidiste que yo era el culpable?
—No —negó ella—. Pero decidí que necesitaba verte reaccionar. Verte decir algo real.
Él dio un paso más cerca. No la tocó, pero la distancia entre ambos se volvió peligrosa, cargada de todo lo que no se habían dicho.
—¿Y esto qué es? —preguntó Alan—. ¿Una prueba? ¿Un castigo? ¿O solo querías saber si todavía me importas?
Perla alzó la mirada, sosteniéndole los ojos.
—Quería saber si todavía me miras igual.
El silencio se volvió espeso.
Alan exhaló lentamente.
—Ese es el problema —dijo al fin—. Nunca dejé de hacerlo.
Eso la desarmó.
Por un segundo, Perla olvidó la música, las máscaras, las dudas. Solo estaban ellos dos… y todo lo que seguía sin resolverse.
Desde afuera, se escucharon un par de risas lejanas.
Alan se tensó apenas.
—Rubén y Andrés no son tontos —dijo—. Van a entrar.
Perla asintió despacio.
—Entonces dime algo antes de que entren por esa puerta —pidió—. ¿Estás enojado conmigo… o solo te dolió que te importara más de lo que querías admitir?
Alan la miró en silencio.
—Yo… —alcanzó a decir Alan, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
En lugar de terminarlas, dio un paso al frente. Con un gesto lento, casi cuidadoso, llevó una mano al rostro de Perla. Sus dedos le rozaron la mejilla con una delicadeza que contrastaba con el torbellino que tenía en los ojos. Antes de que ella pudiera reaccionar, Alan inclinó la cabeza y la besó.
El beso fue intenso, cargado de todo lo que habían callado: enojo, deseo, confusión. No fue torpe ni apresurado; fue profundo, contenido, como si Alan se estuviera imponiendo un límite que apenas lograba sostener. Perla sintió cómo el mundo se le desdibujaba por un segundo y, cuando estaba a punto de corresponderle de verdad, unos golpes secos en la puerta rompieron el momento.
Alan se separó de golpe, respirando con dificultad.
—Lo siento… —dijo, pasando una mano por su nuca—. No debí hacer eso.
Perla abrió la boca para responder, todavía con el pulso acelerado, pero los golpes se repitieron, esta vez acompañados de voces conocidas.
—¿Qué es tan importante que tienen que hablar solos en una habitación? —preguntó Rubén desde el otro lado de la puerta, con un tono claramente incómodo.
—Sí —añadió Andrés—. Y ¿por qué están encerrados?
El silencio volvió a caer en la habitación, más pesado que antes.
Alan miró a Perla, buscando algo en su expresión: permiso, reproche, tal vez una respuesta que ninguno de los dos tenía todavía.
Y afuera, la presencia de los otros dos hacía imposible seguir fingiendo que nada estaba pasando.
Alan se acercó a la puerta sin mirar atrás. La abrió con un movimiento brusco y salió al pasillo. Rubén y Andrés lo siguieron de inmediato, sin decir una sola palabra, como si los tres hubieran llegado a un acuerdo silencioso. En cuestión de segundos, Perla quedó sola en la habitación vacía, con el eco del momento todavía vibrándole en el pecho.
—Perfecto… —murmuró, llevándose una mano al rostro—. Otra vez todo mezclado. Maldición… ¿por qué tuvieron que vestirse igual?
Respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos, y finalmente salió de la habitación. Bajó las escaleras con paso rápido, todavía alterada, y al llegar al primer piso se encontró con Maya y Alana, que la estaban esperando claramente impacientes.
Alana fue la primera en hablar, cruzándose de brazos.
—¿Qué pasó? —preguntó—. Un momento estabas con los tres, luego desapareciste con uno… y cuando parpadeamos, ya no estaba ninguno.
Maya se acercó más, con los ojos brillándole de curiosidad.
—Sí, Perla… ¿qué pasó? Cuéntanos.
Perla dudó un segundo, pero al final suspiró y les contó lo ocurrido: cómo había reconocido a Alan, cómo lo había llevado arriba, el silencio, el beso… y los golpes en la puerta que lo habían arruinado todo.
Alana se quedó helada.
—¿Mi hermano… te besó? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y confusión.
Maya soltó un pequeño grito ahogado, llevándose las manos al pecho.
—¡Yo sabía! —exclamó—. Pero… espera —la miró con picardía—, algo más tuvo que pasar, ¿no?
Perla negó despacio con la cabeza.
—No —respondió—. Eso fue todo. Luego… se fue con ellos.