La música se filtraba desde el salón principal cuando Maya cerró la puerta del cuarto y se giró hacia Perla con una sonrisa triunfal.
—Confía en nosotras —dijo Alana, mientras acomodaba el último detalle.
Perla se miró al espejo… y casi no se reconoció.
Llevaba un vestido oscuro, ceñido en los lugares justos, elegante pero provocador sin ser obvio. La tela caía como si hubiera sido hecha para ella. Su espalda quedaba parcialmente descubierta y el escote insinuaba más de lo que mostraba. El cabello recogido dejaba su cuello expuesto, vulnerable.
Maya le colocó la máscara.
Era negra, delicada, pero inquietante. Cubría la mitad superior de su rostro; lo único completamente visible eran sus labios.
—Estás peligrosa —murmuró Maya—. Justo como queríamos.
Perla tragó saliva. —No estoy segura de estar lista para esto.
—Nadie lo está —respondió Alana—. Por eso funciona.
Cuando entraron a la fiesta, las luces bajas y el murmullo de voces las envolvieron. Música lenta, risas, copas brillando. Gente con trajes elaborados, máscaras extravagantes.
Perla dio dos pasos… y se detuvo en seco.
Los vio.
Tres figuras apoyadas cerca de la barra.
Vestían exactamente igual.
Trajes oscuros, perfectamente entallados. Elegantes. Impecables. Y las máscaras…
Las mismas.
Negras. Lisias. Cubriendo el rostro completo, excepto los labios.
El corazón de Perla se desbocó.
—No… —susurró.
Maya siguió su mirada y abrió lentamente los ojos. —¿Qué…?
Alana también los vio, y se quedó rígida. —Esto no estaba en el plan.
Los tres chicos giraron casi al mismo tiempo, como si hubieran sentido su presencia.
Perla no podía ver sus ojos. No podía leer sus expresiones.
Solo veía esas bocas… conocidas. Demasiado.
Uno de ellos inclinó apenas la cabeza, en un gesto que podría haber sido un saludo… o una advertencia.
Alan.
Rubén.
Andrés.
O tal vez no.
—Dime que esto no es real —murmuró Perla.
Maya sonrió, nerviosa. —Te dije que era una idea peligrosa… pero esto ya es otra liga.
Uno de los chicos dio un paso al frente.
Luego otro.
Y el tercero se quedó atrás, observando.
Perla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Porque en ese instante entendió algo aterrador:
No solo habían ido a la fiesta.
La estaban esperando.
La música cambió a un ritmo más lento, envolvente, casi hipnótico.
Perla seguía inmóvil cuando uno de ellos se separó del grupo.
No dijo nada.
No la llamó.
Simplemente caminó hacia ella con pasos seguros, como si ya supiera que no iba a huir.
Maya le rozó el brazo. —Respira —susurró—. Míralo… solo míralo.
Él se detuvo frente a Perla.
Tan cerca que pudo percibir su perfume, profundo y familiar, aunque no lograba ubicarlo. La máscara ocultaba todo excepto sus labios, relajados, seguros.
Entonces ocurrió.
Extendió la mano.
No fue brusco ni invasivo. Fue un gesto lento, elegante. Una invitación clara.
La palma abierta, esperando.
Perla sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas. Miró su mano. Luego alzó la vista hacia su rostro cubierto, intentando adivinar quién era detrás de esa máscara idéntica a la de sus pesadillas… y de sus deseos.
—Hazlo —murmuró Alana detrás de ella—. O te vas a arrepentir toda la noche.
Perla tragó saliva y aceptó.
En cuanto sus dedos se entrelazaron, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Él no sonrió. No habló. Solo la guió hacia la pista.
Bailaron sin decir una sola palabra.
Sus cuerpos se movían al ritmo de la música, manteniendo una distancia mínima, suficiente para sentir el calor del otro, insuficiente para calmar la tensión. Su mano firme en su cintura marcaba el compás, mientras la otra sostenía la de ella con una seguridad que la desarmaba.
Perla levantó la vista, buscando sus ojos… pero la máscara no se lo permitió.
Eso lo hacía peor.
Más intenso.
Más peligroso.
Por un instante, creyó reconocer la forma en que inclinaba la cabeza. Luego, la manera en que su pulgar rozó suavemente su mano. Después, cómo se acercó apenas a su oído… sin decir nada.
Solo respiró.
Y ese gesto bastó para que a Perla se le erizara la piel.
Desde la distancia, pudo sentir dos miradas clavadas en ella.
Los otros dos.
Observando.
Esperando.
El chico con el que bailaba apretó levemente su mano, como si le recordara que en ese momento ella era solo suya.
Cuando la canción terminó, no la soltó de inmediato.
Se inclinó apenas, lo justo para que solo ella pudiera verlo, y con un movimiento lento llevó su mano a su máscara… sin quitársela.
La soltó.
Y se alejó sin mirar atrás.
Perla se quedó allí, con el pulso acelerado y una sola certeza latiéndole en el pecho
Perla respiró hondo.
La música seguía sonando, la gente reía, bailaba, pero para ella todo quedó en un segundo plano. Los vio a los tres juntos, apoyados cerca de la barra.
Esta vez no esperó a que alguno se acercara.
Fue ella quien caminó hacia ellos.
Cada paso le pesaba, pero no se detuvo.
Cuando estuvo frente a los tres, el ruido pareció apagarse. Alan fue el primero en notar su presencia. Rubén levantó la vista apenas un segundo. Andrés cruzó los brazos, serio.
Perla habló sin rodeos.
—¿Van a seguir así toda la noche… o ya no me van a hablar nunca más?
Silencio.
Alan apretó la mandíbula. Se notaba el mal humor incluso bajo la máscara.
—¿Y ahora sí quieres hablar? —dijo, con un tono contenido pero cargado—. Después de tratarnos como si fuéramos extraños… o peor.
—Yo no los traté como nada —respondió ella, firme—. Estaba confundida. Asustada. Y ninguno quiso escuchar eso.
Rubén dejó el vaso sobre la barra con cuidado, como si midiera cada movimiento.
—Nos mirabas como si estuviéramos escondiendo algo —dijo—. Como si no nos conocieras desde siempre.
—Porque algo no estaba bien —replicó Perla—. Y no me pidan que finja que no lo sentí.
Andrés dio un paso al frente, quedando un poco más cerca que los otros dos.
—¿Y eso justifica alejarnos sin decir nada? —preguntó—. ¿Justifica que nos mires como si pudiéramos hacerte daño?
Eso dolió.
Perla tragó saliva.
—No —admitió—. Pero tampoco justifica que ahora me ignoren como si no importara.
Alan soltó una risa seca.
—¿Sabes qué duele, Perla? —dijo—. Que por una paranoia tuya te dio igual que seamos amigos desde niños. Que nos apartaras así… como si fuéramos reemplazables.
Ella sintió el golpe directo en el pecho.
—No me dio igual —susurró—. Si me hubiera dado igual, no estaría aquí ahora.
Los tres se miraron entre ellos. No fue una mirada larga, pero sí cargada. Un acuerdo silencioso que ella no podía descifrar.
Rubén habló al final:
—No estamos enojados —dijo—. Estamos decepcionados.
Eso fue peor.
Perla asintió lentamente.
—Entonces díganme algo —pidió—. ¿Esto es un castigo temporal… o ya decidieron sacarme de su vida?
Ninguno respondió de inmediato.