Perla no volvió a dormir.
Se levantó antes de que sonara la alarma, con la sensación del sueño aún pegada al cuerpo como una segunda piel. Se duchó con agua fría, intentando borrar imágenes que regresaban sin permiso, pero cuanto más lo intentaba, más nítidas se volvían.
En el espejo apenas se reconocía.
—Esto no soy yo —murmuró, aunque la duda ya estaba sembrada.
Ese día decidió observar más y hablar menos.
En el campus, Alan evitó mirarla por completo. Pasó junto a ella con el ceño tenso, la mandíbula apretada, como si su sola presencia le molestara. Rubén fue educado, demasiado correcto. Andrés, en cambio, la miró más de lo normal, con una atención silenciosa que la inquietó.
Todos actuaban distinto. Todos podían ser él.
Durante la clase, Perla empezó a notar detalles mínimos:
Rubén siempre sabía dónde estaba sentada.
Alan reaccionaba cada vez que alguien la llamaba “Perla” con cierto tono.
Andrés parecía leerla incluso cuando ella no decía nada.
Y entonces ocurrió algo pequeño, pero definitivo.
Al salir del aula, encontró su diario sobre su cama.
Abierto.
En la última página había una frase escrita con su propia letra… pero que ella no recordaba haber escrito:
“Si descubro quién eres, ya será demasiado tarde para fingir que no te quiero.”
El celular vibró de inmediato.
L: No fue un sueño.
L: Y tú lo sabes.
Perla se sentó despacio, el corazón latiéndole con fuerza.
Esta vez no había amenaza.
No había provocación directa.
Solo una certeza inquietante:
LordBlackthorn ya no estaba jugando solo con su deseo…
estaba jugando con sus decisiones.
Y el verdadero conflicto ya no era quién era él,
sino qué estaba dispuesta ella a perder cuando lo descubriera.
Esa noche...
La habitación de Perla estaba iluminada solo por una lámpara cálida y las luces pequeñas que Maya había colgado alrededor del espejo. Habían pedido comida, había refrescos sobre el escritorio y la música sonaba bajita, lo justo para crear ambiente.
Alana estaba sentada en el suelo, recostada contra la cama de Perla, con una almohada abrazada al pecho. Maya, en cambio, se movía de un lado a otro como si estuviera planeando algo.
—Bien —dijo de pronto, frotándose las manos—. Noche de chicas oficial. Regla número uno: nada de chicos.
—Eso duró exactamente cinco segundos —murmuró Alana, mirando a Perla de reojo.
Perla rodó los ojos. —No empiecen.
Maya sonrió como si justo eso fuera lo que estaba esperando. —Relájate. Vamos a jugar algo tranquilo… verdad o reto, pero versión light.
—No confío en ti cuando dices “light” —dijo Perla, cruzándose de brazos.
—Cobarde —se burló Alana—. Empieza tú, Maya.
Maya alzó un dedo. —No, no. Hoy la protagonista no soy yo.
Se sentó frente a Perla, mirándola fijamente. —Verdad o reto.
Perla suspiró. —Verdad.
—Ajá… —Maya ladeó la cabeza—. Dime, Perla, ¿te gusta alguien?
—Eso no es justo —intervino Alana—. Es demasiado general.
—Precisamente —respondió Maya sin quitarle los ojos de encima.
Perla dudó. —No… no exactamente.
—Mentira —dijeron Maya y Alana al mismo tiempo.
Perla se llevó una mano a la cara. —Está bien. Tal vez sí.
Maya dio una palmada suave. —Seguimos avanzando.
—¿Quién? —preguntó Alana, ahora sí completamente interesada.
Perla abrió la boca… y la volvió a cerrar. —No es tan simple.
Maya se inclinó más cerca. —Entonces no es uno.
El silencio se alargó apenas unos segundos de más.
Alana fue la primera en reaccionar. —No…
Maya abrió los ojos con lentitud. —Perla…
—No puede ser —añadió Alana—. ¿Estás diciendo…?
Perla dejó caer los hombros, rendida. —Me gustan los tres.
La habitación quedó en completo silencio.
—¿Los tres…? —repitió Maya despacio.
—Alan, Rubén y Andrés —aclaró Perla, con las mejillas ardiendo—. Y antes de que digan algo, yo tampoco entiendo cómo pasó.
Alana se tapó la boca. —Dios mío… esto explica tantas cosas.
—¿Desde cuándo? —preguntó Maya, ahora en modo analítico.
—Desde siempre… y desde ahora —respondió Perla—. Cada uno es distinto. Alan me conoce como nadie. Rubén me hace sentir segura. Andrés… —tragó saliva— Andrés me mira como si supiera cosas de mí que ni yo entiendo.
Maya se recostó en la cama, mirando al techo. —Esto no es un gusto normal… es un problema.
—Gracias por el apoyo —ironizó Perla.
—No, no —Maya se incorporó—. Es interesante. Y peligroso. Y un poco emocionante, no voy a mentir.
Alana negó con la cabeza, pero sonrió. —Nunca pensé que mi mejor amiga terminaría en algo así… y menos con mi hermano incluido.
—Por eso no quería decir nada —susurró Perla—. Siento que todo lo que hago está mal.
Maya se levantó y le tomó las manos. —Escúchame. Sentir no está mal. Lo que hagas con eso… es lo que importa.
Alana asintió. —Y pase lo que pase, no estás sola.
Perla cerró los ojos un segundo, dejando que esa verdad la calmara.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que esa confesión había sido el inicio de algo que ya no podía controlar.
Y que, tarde o temprano, los tres chicos tendrían que enfrentarse a la verdad.
Maya sonrió de esa forma que hizo que a Perla se le encogiera el estómago.
—Tengo una idea —dijo, bajando la voz—. Y antes de que digas que no… solo escúchame.
—Cuando dices eso, siempre termino arrepintiéndome —murmuró Perla.
Alana frunció el ceño. —Maya…
—No, en serio. Esto no es una locura. Es un experimento.
Perla levantó una ceja. —Eso no lo hace sonar mejor.
Maya se sentó en el borde de la cama, cruzando las piernas. —Mañana hay la fiesta. Luces bajas, música, gente, máscaras… nadie presta atención a nada más que a sí mismo.
Perla se tensó. —¿Y?
—Y tú —continuó Maya— vas a pasar tiempo a solas con cada uno. Pero sin que ellos sepan que también lo haces con los otros dos.
El silencio cayó como un peso.
—¿Qué? —susurró Alana—. ¿Estás loca?
—Escúchenme —insistió Maya—. No besos, no nada físico. Solo hablar. Mirarlos. Ver cómo te sientes con cada uno cuando no hay culpa ni comparaciones en tu cabeza.
Perla negó lentamente. —Eso es jugar con fuego.
—Exacto —respondió Maya, sin perder la calma—. Porque ahora estás atrapada en tu mente. Idealizándolos a los tres. Necesitas sentir cuál de ellos te mueve de verdad… y cuál solo te confunde.
Alana se cruzó de brazos. —¿Y si los lastima?
Maya suspiró. —Perla ya se está lastimando sola.
Perla tragó saliva. —¿Y si me descubren?
Maya sonrió. —Por eso es peligroso. Pero también por eso es honesto… contigo misma.
La idea quedó flotando en el aire, pesada, tentadora.
Perla cerró los ojos un momento. Pensó en Alan, en Rubén, en Andrés. En cómo cada uno despertaba algo distinto en ella.
—Solo hablar… —repitió, más para convencerse a sí misma que a las otras.
—Solo eso —confirmó Maya—. Pero si uno de ellos te hace olvidar por completo que existen los otros dos… ahí tendrás tu respuesta.
Perla abrió los ojos.
Y supo, en lo más profundo, que aceptar esa idea cambiaría todo.