NADA...

1321 Palabras
Al día siguiente, el campus despertó envuelto en ese murmullo constante de pasos, risas lejanas y puertas que se abrían y cerraban. El sol caía con fuerza, anunciando otro día normal… aunque para Perla nada se sentía normal. Alana y Maya fueron a buscarla temprano. Cuando Perla salió de la residencia, con el bolso colgado al hombro y el gesto cansado, ambas notaron de inmediato que no había dormido bien. —Tienes cara de haber pasado la noche peleando con tus propios pensamientos —comentó Maya, rodeándola con un brazo. —O escribiendo hasta que el cerebro dijo basta —añadió Alana. Perla intentó sonreír, pero antes de responder, los vio. Alan, Rubén y Andrés caminaban por el sendero principal. Venían hablando entre ellos… o eso parecía, porque en cuanto pasaron junto a las chicas, ninguno se detuvo. No hubo saludo. No hubo broma. Ni siquiera una mirada directa. Alan iba serio, la mandíbula tensa, los hombros rígidos. Pasó junto a Perla como si no existiera. Perla se quedó quieta, sintiendo cómo algo le apretaba el pecho. —¿Y a esos qué les pasó? —preguntó Maya, girándose para mirarlos—. ¿Desde cuándo caminan como si el mundo les debiera algo? —Nada —respondió Perla demasiado rápido—. No pasa nada. Alana entrecerró los ojos, observándola con atención. —Claro… “nada” —repitió con ironía—. Eso explicó perfectamente el desplante. Siguieron caminando unos pasos más, pero el ambiente ya estaba cargado. Alana, incapaz de ignorarlo, se detuvo de golpe. —Ustedes sigan —les dijo a Perla y Maya—. Yo voy a hablar con mi hermano. —¿Segura? —preguntó Maya. —Demasiado —respondió Alana, girándose ya en dirección contraria. Alcanzó a Alan unos metros más adelante y lo tomó del brazo, obligándolo a detenerse. —Oye. ¿Qué demonios te pasa? Alan soltó el brazo con brusquedad, respirando hondo antes de responder. —Nada. —No me mientas —replicó ella—. Te conozco desde que usábamos pañales iguales. Estás furioso. Alan miró al frente unos segundos, como si ordenar sus pensamientos fuera más fácil que decirlos. Finalmente habló, con la voz baja pero cargada. —Estoy enojado con Perla. Alana parpadeó, sorprendida. —¿Con Perla? ¿Por qué? —Porque le valió todo —dijo él, girándose por fin hacia su hermana—. Le valió que seamos amigos desde niños, que siempre haya estado ahí para ella. Por una paranoia suya nos apartó como si fuéramos extraños… como si yo fuera capaz de hacerle algo. Alana frunció el ceño. —Alan, ella no está bien últimamente. Algo le pasa. —A todos nos pasa algo —respondió él con amargura—. Pero eso no le da derecho a tratarme como si fuera un sospechoso. Como si no significara nada. Guardó silencio un instante y luego añadió, con menos rabia y más decepción: —Eso fue lo que más dolió. Alana lo miró con el corazón apretado. Sabía que su hermano no solía abrirse así. Si estaba herido, era de verdad. Mientras tanto, a lo lejos, Perla observaba la escena sin escuchar las palabras, pero entendiendo lo suficiente por el lenguaje corporal. Vio a Alan pasar la mano por su cabello, tenso. Vio a Alana hablarle con firmeza. Y por primera vez desde que empezó ese juego peligroso, Perla sintió miedo de algo distinto. No de LordBlackthorn. Sino de estar perdiendo, sin darse cuenta, a alguien que siempre había estado ahí. Perla y Maya se sentaron juntas en clase, intercambiando comentarios bajos mientras esperaban que el profesor llegara. Al rato, Alana apareció y ocupó el asiento libre a su lado. Nadie mencionó lo ocurrido más temprano. El día transcurrió tranquilo… demasiado tranquilo. La ausencia de los chicos se sentía como un vacío incómodo, como un ruido que faltaba y, aun así, pesaba. Cuando terminaron las clases, Perla regresó sola a su habitación. Cerró la puerta, dejó el bolso en el suelo y encendió la computadora. Sin pensarlo demasiado, comenzó a escribir con una urgencia casi desesperada, como si las palabras fueran lo único que pudiera mantener su mente a flote. Escribió párrafo tras párrafo, sin releer, sin corregir, hasta que los dedos le dolieron. Entonces se detuvo. Abrió la plataforma y escribió un mensaje, con el corazón latiéndole con fuerza. P: No voy a seguir en tu juego. Haz lo que quieras con mi diario, te lo regalo. No me jodas más. No me importa perder el progreso de mi libro, voy a bloquearte y cerrar todo lo que tenga que ver contigo. Envió el mensaje con decisión. Sin dar tiempo a arrepentirse, llevó el cursor hacia la opción de cerrar sesión… pero antes de hacerlo, apareció una notificación. Un nuevo mensaje. L: ¿Crees que bloqueándome vas a alejarme? Buen chiste, pequeña. ¿Se te olvida que estoy cerca? Que sé lo que piensas cuando nadie te mira. Que te conozco más de lo que te atreves a admitir. El estómago de Perla se contrajo. Leyó la siguiente línea con la respiración contenida. L: Sabes que podría aparecer cuando menos lo esperes… y que no necesitaría decir una sola palabra para desarmarte. El miedo le recorrió la espalda como un escalofrío. Sus manos temblaban sobre el teclado. Sin embargo, junto a ese temor, había otra sensación incómoda, traicionera, que la hacía apretar los muslos y cerrar los ojos por un segundo. Odiaba admitirlo. Pero había algo en ese control invisible, en esa presencia que no podía ver ni identificar, que la descolocaba por completo. Perla cerró la computadora de golpe y se recostó contra la cama, respirando hondo, tratando de convencerse de una sola cosa: Que aquello no podía seguir así. Y aun así, en el fondo de su mente, sabía que él no estaba jugando… y que no pensaba irse. Sin darse cuenta, Perla terminó quedándose dormida. El silencio de la habitación se diluyó y dio paso a un sueño espeso, denso, donde las sombras parecían moverse con voluntad propia. Estaba de pie en un lugar que no lograba reconocer, apenas iluminado, cuando una figura masculina emergió lentamente de la oscuridad. No pudo verle el rostro al principio. Sintió su presencia antes de verlo del todo: el peso de su cercanía, la forma en que la acorralaba contra la pared, el modo en que una mano firme se apoyaba cerca de su cuello, no para hacerle daño, sino para recordarle que no tenía a dónde huir. Su respiración se volvió irregular, y el calor le recorrió el cuerpo como una chispa. Él se inclinó, demasiado cerca. Su voz era un murmullo distorsionado, imposible de reconocer. Perla, en el sueño, reunió valor y le arrancó la máscara. Por un instante, el rostro que apareció fue el de Alan, mirándola con esa mezcla peligrosa de protección y reproche. Parpadeó… y entonces ya no era él, sino Rubén, con su calma inquietante y su sonrisa ladeada. Un segundo después, los rasgos cambiaron otra vez: Andrés, con esa suavidad que siempre escondía algo más. El cambio constante no la asustaba. La encendía. Su cuerpo reaccionaba antes que su mente, atrapado entre la confusión y un deseo que no quería reconocer despierta. El hombre volvió a inclinarse, reduciendo la distancia, y justo cuando el sueño parecía avanzar hacia un punto sin retorno… Perla despertó de golpe. Se incorporó en la cama, con la respiración agitada y el corazón golpeándole el pecho con fuerza. La habitación estaba en silencio, intacta, pero la sensación seguía ahí, pegada a su piel. Se llevó una mano al rostro, nerviosa, intentando calmarse. Lo que más la perturbó no fue el sueño en sí. Fue darse cuenta de que, en el fondo… una parte de ella deseaba que aquel hombre, el de las sombras, fuera realmente uno de los tres. Y esa idea la dejó más vulnerable que cualquier mensaje de LordBlackthorn.
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