Perla salió de la habitación de Andrés con el corazón acelerado y la cabeza hecha un caos. Caminó por el pasillo sin mirar atrás, como si temiera que alguno de ellos la siguiera. Al cerrar la puerta de su cuarto, apoyó la espalda contra la madera y dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
No podía más.
Tomó su celular con decisión. Si él quería jugar, entonces ella también podía hacerlo.
Escribió sin pensar demasiado, antes de que el miedo la hiciera arrepentirse.
P: veámonos
Envió el mensaje y dejó el teléfono sobre el escritorio. Caminó de un lado a otro de la habitación, contando los segundos, mordiéndose el labio, preguntándose si había cometido un error.
El celular vibró.
L: ¿por qué el afán, perlita? ¿ansiosa por saber quién soy?
Perla apretó el teléfono con fuerza.
P: ¿no es lo que quieres? ¿estar cerca de mí? Acepto el juego. Veámonos.
Pasaron unos segundos eternos. Tres puntos aparecieron… desaparecieron… volvieron a aparecer.
Finalmente, el mensaje llegó.
L: lamento decirte que ya estás jugando hace rato.
L: y sé que solo quieres ver si soy uno de tus amigos.
L: pero aunque me encanta que tomaras la iniciativa… así no juego yo.
Perla sintió una mezcla de frustración y rabia.
P: entonces ¿qué quieres de mí?
La respuesta no tardó.
L: que dejes de buscarme con los ojos…
L: y empieces a sentirme.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
P: estás enfermo.
L: y aun así sigues contestando.
Perla cerró los ojos. Odiaba que tuviera razón.
P: devuélveme mi diario.
Hubo una pausa más larga esta vez.
L: quizá.
L: cuando estés lista para aceptar que no todo lo que escribiste ahí te asusta… algunas cosas te excitan.
—Maldito… —murmuró ella.
P: esto no es divertido.
L: nunca dije que lo fuera.
L: dije que era inevitable.
Perla dejó caer el celular sobre la cama y se sentó, llevándose las manos al rostro. Cada respuesta la hacía sentir más atrapada, más expuesta. Él tenía el control, y lo sabía.
El teléfono vibró una vez más.
L: duerme, perlita.
L: mañana nos veremos… aunque tú no lo sepas.
El chat se cerró.
Perla miró la pantalla apagada, con el corazón latiendo desbocado.
No sabía cuándo.
No sabía dónde.
Pero algo en su interior le dijo que, a partir de ahora, cada mirada, cada roce, cada silencio… iba a significar algo más.
Perla llevaba horas dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño, cuando un golpe suave en la puerta la hizo incorporarse de golpe. El corazón le dio un salto. Miró el reloj: pasada la medianoche.
Se levantó despacio y caminó hasta la puerta, con el cuerpo en alerta.
—¿Quién es? —preguntó, procurando que su voz no delatara el nerviosismo.
—Soy yo, Alan. Abre.
Dudó unos segundos antes de girar el picaporte. Abrió apenas lo suficiente para asomarse, manteniendo el cuerpo protegido tras la puerta.
—¿Qué quieres? —preguntó, directa.
Alan la miró con atención, como si intentara descifrarla.
—Saber cómo estás. Quedé preocupado después de que nos acusaste de ladrones —dijo con calma, y luego añadió, casi sin pensarlo—. Mírame, perlita.
El gesto de Perla se endureció al instante.
—No me digas así, maldición —espetó, irritada.
Apretó la mandíbula, sosteniendo la puerta entreabierta como si fuera una barrera invisible entre ambos.
—No tienes derecho —repitió, con la voz tensa.
Alan levantó ambas manos en señal de rendición y dio un pequeño paso atrás en el pasillo.
—Está bien… Perla —corrigió, más serio—. Perdón. No quise molestarte. Solo vine porque te vi alterada y… —hizo una pausa— lo que dijiste nos dejó pensando.
Ella lo observó con detenimiento, buscando una fisura, algo que no encajara. Alan ya no tenía esa sonrisa despreocupada de siempre; su expresión era sincera, el ceño apenas fruncido, los hombros relajados.
—No los acusé —dijo ella, bajando un poco la voz—. Solo… pasó algo raro. Y mi diario desapareció.
Alan abrió los ojos, sorprendido de verdad.
—¿Tu diario? —negó despacio con la cabeza—. Perla, te juro que ninguno de nosotros entró a tu habitación. Rubén estuvo conmigo toda la noche, y Andrés… bueno, se quedó dormido viendo una película.
El silencio cayó entre ellos. Desde el fondo del pasillo llegaba el zumbido constante de una máquina expendedora, rompiendo la quietud.
—Entonces dime algo —dijo ella al fin—. ¿Por qué siempre estás ahí? ¿Por qué apareces cada vez que intento estar sola?
Alan la miró fijamente, como si escogiera con cuidado cada palabra.
—Porque me importas —respondió sin rodeos—. Y porque a veces siento que cargas demasiado tú sola.
Algo se tensó en el pecho de Perla. Por un instante quiso creerle, apoyarse en esa sinceridad. Pero la duda seguía ahí, clavada como una espina.
—No necesito un guardián —murmuró—. Necesito respuestas.
Alan asintió despacio.
—Ojalá pudiera dártelas —admitió—. Pero si alguien te está jugando una broma… o algo peor, no quiero que lo enfrentes sola.
Perla soltó un suspiro y aflojó por fin la mano con la que sostenía la puerta.
—Gracias por venir —dijo, sin mirarlo—. Pero ahora quiero estar sola. De verdad.
Alan dudó un segundo, luego asintió.
—Está bien. Si necesitas algo… lo que sea —añadió, señalando el pasillo—, estoy a dos puertas.
Cuando se dio la vuelta para marcharse, Perla lo observó unos segundos más, buscando una señal, una grieta, algo que lo delatara.
No encontró nada.
Cerró la puerta con cuidado y apoyó la espalda contra ella, dejando escapar el aire que había estado conteniendo.
Entonces su celular vibró sobre la mesa.
Un solo mensaje nuevo.
L:
¿Ves, perlita? A veces la verdad está más cerca de lo que crees… y aun así no la puedes tocar.
El corazón le dio un vuelco.
Miró la puerta.
Miró el celular.
Y entendió que el juego estaba lejos de terminar.