Perla apretó el celular entre sus manos, los dedos temblando. Sentía cómo la rabia y la vergüenza se mezclaban en un calor insoportable que le subía por el cuello.
P: Te llevaste mi diario?
…
P: Eso es pasarte de la raya.
El silencio duró apenas unos segundos antes de que apareciera la notificación.
L: ¿A qué le temes? ¿A que lea tus más oscuros deseos?
Perla sintió un nudo en el estómago.
P: Ni se te ocurra leer mi diario porque te juro que te mato.
La respuesta fue inmediata.
L: Muy tarde, perlita. Ya lo leí… y me gustó mucho saber lo que tu mente esconde, lo que esa cara inocente no demuestra.
Perla apretó los dientes.
P: Eres un hijo de…
L: ¿Por qué te enojas? Si ya leí que todo lo que estoy haciendo… te prende.
La respiración de Perla se aceleró. Las palabras la golpeaban como si él estuviera ahí, susurrándoselas al oído. Luchaba por no recordar las líneas que había escrito en el diario, aquellas fantasías que creía seguras en el papel, lejos de cualquier mirada.
Se llevó las manos al rostro. ¿Cómo podía negarle nada ahora? Él tenía sus secretos. Sabía exactamente qué teclas tocar para hacerla reaccionar.
Y lo peor… es que tenía razón.
El celular vibró de nuevo.
Perla lo tomó con cuidado, como si temiera lo que estaba por ver.
Era una foto.
La imagen mostraba claramente una página de su diario, con su letra inclinada, sus tachones, e incluso un pequeño dibujo que había hecho en la esquina.
El título en la parte superior la dejó helada:
"Si alguna vez me atrapara, no podría resistirme..."
Perla sintió que la garganta se le cerraba.
P: Devuélvelo.
L: No aún.
P: LordBlackthorn, esto no es un juego.
L: Claro que lo es, perlita… y tú ya estás jugando conmigo, aunque no quieras admitirlo.
Ella apretó los labios, mirando la foto una y otra vez, como si pudiera encontrar en ella una pista: el fondo, la luz, algo que revelara dónde estaba.
Pero no había nada. Solo el papel, su letra… y una sombra que parecía la de su propia mano, pero más grande.
P: ¿Dónde estás?
Pasaron unos segundos… hasta que llegó el último mensaje.
L: Tan cerca que podría tocarte otra vez.
El corazón de Perla dio un salto. De pronto, el silencio de su habitación ya no se sentía seguro.
Giró lentamente la cabeza hacia la ventana. La cortina estaba apenas movida por una corriente de aire.
Perla sintió que el aire en su habitación se volvía pesado. No podía quedarse ahí. Tomó su celular, lo apretó en la mano y salió al pasillo casi corriendo.
La primera puerta era la de Alan. Golpeó con fuerza.
—¡Alan, abre! —su voz sonó más nerviosa de lo que esperaba.
Silencio. Ni un solo ruido del otro lado.
Frunció el ceño y caminó rápido hasta la habitación de Rubén. Golpeó con más fuerza esta vez.
—Rubén… ¡abre la puerta!
Nada. El pasillo parecía tragarse el sonido de sus golpes.
El pulso le latía en los oídos cuando llegó a la puerta de Andrés. Tocó dos veces, y antes de que pudiera insistir, la manilla giró.
La puerta se abrió… y ahí estaban los tres.
Alan sentado en la cama, Rubén apoyado contra la pared y Andrés de pie junto a la puerta, mirándola como si hubieran estado esperándola.
—¿Pasó algo, perlita? —preguntó Andrés con una media sonrisa.
El apodo le heló la sangre.
Perla los observó, buscando señales: ¿una mirada cómplice? ¿Algo escondido detrás?
Pero todos parecían tranquilos… demasiado tranquilos.
Perla dio un paso hacia adentro, pero Andrés se hizo a un lado solo lo suficiente para dejarla pasar, como si quisiera que sintiera que su acceso estaba “permitido”.
—Perla, ¿por qué esa cara? —preguntó Alan, recostándose hacia atrás con los brazos detrás de la cabeza.
Ella ignoró la pregunta y comenzó a mirar la habitación. La cama estaba perfectamente tendida, el escritorio ordenado, ni un papel fuera de lugar.
Demasiado perfecto.
—Perlita, si buscas algo… puedes decirnos —dijo Rubén, con un tono suave, pero en el que ella juraría que había un dejo de burla.
Perla caminó hacia el escritorio, abriendo con disimulo uno de los cajones. Nada. Pasó la mirada por la repisa, los libros, una taza de café todavía tibia… pero ni rastro de su diario.
—No me han dicho por qué están los tres aquí —soltó finalmente, mirándolos uno por uno.
Alan sonrió, lento.
—¿Y por qué no deberíamos estarlo? Somos amigos, hablamos… planeamos cosas.
—¿Planean cosas… sobre mí? —replicó ella, cruzándose de brazos.
Andrés soltó una carcajada baja y cerró la puerta con suavidad.
—No todo gira en torno a ti, perlita… aunque, pensándolo bien, sí que podríamos hacerlo.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Perla sintió un escalofrío que no sabía si era de miedo, de nervios… o de otra cosa.
Perla apretó los puños a los costados. Su mirada fue de uno a otro, rápida, inquieta. Los tres estaban ahí. Juntos. Demasiado tranquilos.
—Mi diario desapareció —soltó al fin, sin rodeos—. Y alguien sabe cosas que no debería saber.
El silencio cayó como una losa.
Alan fue el primero en reaccionar. Frunció el ceño, con gesto genuinamente confundido. —¿Tu diario? ¿Estás segura de que no lo dejaste en otro lado?
Rubén negó lentamente con la cabeza, cruzándose de brazos. —Eso no es algo para bromear, Perla. Si alguien entró a tu habitación, hay que avisar.
Andrés, en cambio, no dijo nada de inmediato. La observó con atención, demasiado. Como si buscara leerle entre líneas.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó al fin, con voz baja.
Perla tragó saliva.
—Cosas… personales. Pensamientos. Cosas que nadie aquí debería conocer.
Los ojos de Alan se desviaron un segundo hacia Andrés. Rubén también lo notó. Fue un cruce breve, casi imperceptible, pero Perla lo vio. Y su estómago se encogió.
—¿Por qué vienes a nosotros con esto? —preguntó Rubén, esta vez mirándola directo—. Podrías haber llamado a seguridad.
—Porque —respondió ella, con un hilo de voz— quien lo hizo quiere que yo crea que fue uno de ustedes.
El aire se tensó.
Alan soltó una risa nerviosa. —Eso es absurdo.
—¿Lo es? —replicó Perla—. Siempre están cerca. Siempre saben cuándo me voy, cuándo vuelvo. Siempre interrumpen.
Andrés dio un paso hacia ella, despacio. —Perla… mírame.
Ella lo hizo, a regañadientes. Sus ojos eran tranquilos, pero había algo más ahí. Algo que le erizó la piel.
—Sea quien sea —continuó él—, está jugando contigo. Y lo está haciendo bien.
—¿Y tú cómo lo sabes? —disparó ella.
Andrés no respondió de inmediato. Sonrió apenas, ladeando la cabeza. —Porque está logrando exactamente lo que quiere.
Rubén se irguió. —¿Y qué sería eso?
Perla respiró hondo. —Que dude de todos.
El silencio volvió. Más pesado.
En ese momento, el celular de Perla vibró en su mano.
Un solo mensaje.
L: Tranquila, perlita. No estoy aquí… todavía.
El color se le fue del rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó Alan, atento.
Perla levantó la vista lentamente, mirándolos uno por uno. —Nada —mintió—. Solo… necesito estar sola.
Ninguno se movió.
Andrés fue el último en hablar, con una sonrisa suave que no llegó a sus ojos. —Como quieras. Pero recuerda algo, Perla…
Se inclinó un poco hacia ella, lo suficiente para que solo ella escuchara:
—No todos los secretos duelen al ser descubiertos.
El mismo tono.
La misma cadencia.
Perla dio un paso atrás, con el corazón golpeándole el pecho.
Esta vez, estaba segura de una cosa:
LordBlackthorn estaba mucho más cerca de lo que ella quería admitir.