Al día siguiente, Perla se encontró con Alan en el pasillo. Él estaba distraído revisando su celular, y ella notó algo en su muñeca: una manilla delgada, idéntica a la que había sentido la noche anterior.
Sin pensarlo, la tocó suavemente. La textura era la misma.
Perla sonrió con una mezcla de satisfacción y alivio.
—Te atrapé… —murmuró, con un brillo triunfal en los ojos.
Alan alzó la ceja, confundido, pero antes de que pudiera responder, Rubén y Andrés aparecieron por detrás.
—¿A quién atrapaste? —preguntó Rubén con tono curioso.
La sonrisa de Perla se borró de inmediato. Su mirada bajó a sus muñecas… y se quedó helada.
Ambos llevaban la misma manilla.
—¿Pero qué…? ¿Por qué carajos tienen la misma manilla? —preguntó, incrédula.
Andrés se rió como si fuera lo más obvio del mundo.
—Pues porque es el regalo que dan en la página por unirnos como coeditores.
El golpe de realidad le cayó como un balde de agua fría. Perla se apartó en silencio, caminó unos metros y se dejó caer en un banco.
Era imposible. Cada vez que creía tener una pista clara, los tres terminaban compartiendo el mismo detalle, como si se burlaran de ella. Tenía que ser una broma. ¿No?
Sacó el celular, más por costumbre que por otra cosa… y ahí estaba. Un nuevo mensaje.
L: No te pongas así, estuviste cerca. Estás poniendo atención a todo, perliu… pero deberías disfrutar más del momento.
Perla levantó la cabeza instintivamente. Los chicos estaban de espaldas, hablando entre ellos.
Se puso de pie para acercarse… pero antes de dar un paso, las chicas llegaron riendo y conversando, interponiéndose entre ellos y ella.
Maya llegó primera, con su energía habitual, abrazando a Perla por los hombros.
—¡Perlita! ¿Y esa cara de funeral?
—No me llames así… —murmuró Perla, apartando la mirada.
ALana venía detrás, con un café en mano y expresión soñolienta.
—¿Otra vez peleando con tu apodo? —bromeó, dándole un sorbo a su bebida—. Si hasta te queda bonito.
Perla resopló. Entre el mensaje reciente de LordBlackthorn y la escena de las manillas, sentía que el mundo entero estaba conspirando contra ella.
Rubén, Andrés y Alan se giraron al escuchar las voces, y ahora todo el grupo estaba reunido.
—¿Qué estaban hablando ustedes tres? —preguntó Maya con una ceja arqueada.
—Nada importante… —respondió Rubén, con esa sonrisa que siempre parecía esconder algo.
Perla los observó fijamente. Sus ojos iban de uno a otro, buscando una reacción, un parpadeo nervioso… cualquier señal que delatara al verdadero LordBlackthorn. Pero los tres mantenían un comportamiento tan relajado que era desesperante.
Alana notó la tensión.
—Oye, ¿tú no ibas a contarnos algo?
Perla vaciló. Si lo decía en voz alta, tal vez él sabría que estaba más cerca de descubrirlo… o tal vez quería que ella se sintiera así.
—No… luego les cuento —dijo finalmente, intentando sonar casual.
Maya la miró de reojo, con esa mirada de amiga que sabe que hay algo grande detrás. Pero no insistió.
A lo lejos, el timbre del campus anunció la hora de descanso, y Andrés, como si nada hubiera pasado, propuso:
—¿Y si vamos por algo de comer? Yo invito.
Mientras todos aceptaban y comenzaban a caminar, Perla se quedó un segundo atrás, mirando a los tres chicos desde la distancia… y preguntándose cuál de ellos sería el que, la noche anterior, la había hecho perder el aliento.
Cuando llegamos a la cafetería, Perla se dejó caer en una mesa libre mientras los demás iban a hacer fila por la comida. Ella se acomodó, cruzando una pierna sobre la otra, todavía con el último mensaje de LordBlackthorn rondándole la cabeza.
El primero en volver fue Alan, cargando dos bandejas. Una la dejó frente a ella.
—Aquí tienes, perlita… pollo, pastas y puré de papa —dijo con una sonrisa de satisfacción, como si supiera que era su platillo favorito.
Perla lo miró, intentando ocultar su sorpresa.
—Gracias… —murmuró, notando cómo él apartaba la silla para sentarse a su lado.
Después llegó Andrés, con su propia comida, pero además colocó delante de ella un pequeño plato con un postre de fresas frescas, coronadas con crema batida.
—Pensé que te gustaría —dijo, guiñándole un ojo.
Antes de que Perla pudiera reaccionar, Rubén apareció con un batido alto, espeso, color rosa pálido. Lo dejó frente a ella con una sonrisa ladeada.
—Refrescante y dulce… como tú.
Perla arqueó una ceja y los miró a los tres, uno por uno. Los gestos, las atenciones, todo parecía demasiado casual para serlo. Sentía que la estaban rodeando, que cada uno podía ser él… o tal vez ninguno.
En ese momento, Maya y Alana llegaron con sus propias bandejas y se sentaron a cada lado de ella.
—Oye, yo soy tu hermana y no me consientes así —reclamó Alana, fingiendo un puchero dramático.
La mesa estalló en risas, pero Perla solo sonrió de forma vaga, intentando ignorar el nudo de nervios y curiosidad que crecía en su estómago. Entre cada bocado, su mirada se deslizaba hacia las muñecas de los chicos, buscando esa pequeña pista… la manilla que podía condenarlos o liberarlos.
Y ahí estaban, las tres, idénticas.
Maya clavó el tenedor en su ensalada y la observó con esos ojos de “sé que me ocultas algo”.
—Perliu… ¿vas a decirnos por qué tienes cara de que te acaban de contar que cancelaron tu saga favorita?
—Nada… estoy bien —respondió Perla, empujando un trozo de pollo por el plato sin probarlo.
Alana entrecerró los ojos y le dio un codazo.
—Mentira. Cuando dices “nada” es porque estás tramando algo o porque ya lo tramaron contigo. ¿Qué pasó?
Perla tragó saliva. El aroma del batido de fresas subía hasta ella, pero lo que tenía en la cabeza era el recuerdo de unas manos firmes, un beso robado… y una maldita manilla negra que ahora mismo veía repetida en las muñecas de los tres chicos que estaban frente a ella, hablando de cualquier cosa como si no escondieran un secreto enorme.
—Solo… estoy pensando —murmuró, tratando de sonar convincente.
—Ajá, y yo soy la reina de Inglaterra —replicó Maya, dándole una mirada fulminante—. Escupe, ¿se trata de uno de estos tres?
Perla la miró fijamente, su corazón acelerándose.
—¿Por qué dices eso?
Maya sonrió como si hubiera tocado un nervio sensible.
—Porque desde que llegamos al parque de diversiones no les quitas el ojo de encima. Y ahora mismo te miras las manos como si esperaras encontrarles una pista.
Alana se inclinó hacia ella, en voz baja:
—Perla, ¿te hicieron algo?
La pregunta fue directa, seria. Tanto que por un momento se le formó un nudo en la garganta.
Perla suspiró, bajó la voz y respondió:
—Digamos… que alguien me está jugando un juego muy peligroso.
Las dos chicas se miraron con intriga, pero antes de que pudieran presionarla más, Rubén golpeó la mesa con una sonrisa amplia.
—¡Vamos! Después de comer hay que hacer algo divertido.
Andrés y Alan asintieron, cada uno lanzándole a Perla una mirada que ella no supo si era inocente… o cargada de segundas intenciones.