NO SABES MENTIR

1215 Palabras
Perla respiró hondo y, con una sonrisa fingida, se giró hacia el grupo. —Ya pasó. Vamos a otro juego, ¿sí? No quiero seguir pensando en lo que acaba de pasar. —¿Estás segura? —preguntó Lana, aún preocupada. —Sí, sí. Vamos a distraernos. No quiero arruinar la salida —respondió con un tono dulce, aunque por dentro las ideas le hervían. Uno de estos idiotas fue. Y voy a descubrir quién. Se encaminaron hacia los juegos mecánicos, entre risas y bromas forzadas. Perla se acercó a Alan y, sin que se notara demasiado, se aferró a su brazo. —Hace frío, ¿verdad? —dijo, recostando la cabeza sobre su hombro. —¿Me estás abrazando? —preguntó Alan, sorprendido. —No te emociones —bromeó ella, mientras sus dedos bajaban con sutileza por su costado y tocaban su pantalón, buscando... algo. Bolsillos. Uno, dos. Nada. Ni un aparato, ni un auricular, ni siquiera algo sospechoso. Descartado. Luego, con una risa suave, se apartó y caminó hacia Rubén. Lo tomó por sorpresa rodeándole la cintura con un brazo. —¿Sabes? A veces eres más cálido de lo que aparentas. —¿Eso es un cumplido o una amenaza disfrazada? —respondió él, divertido. Ella rió, aunque su mente estaba centrada en otra cosa. Con disimulo, dejó que su mano descendiera por su espalda y bajara al bolsillo trasero de su pantalón. Nada. Cambió de ángulo, al frente. También vacío. ¿Tampoco eres tú...? Se alejó con un golpecito juguetón y entonces fue por el último: Andrés. —¿Y tú qué, no piensas abrazarme? —le preguntó con una sonrisa traviesa. —¿Quieres que te abrace o que te levante otra vez en hombros? —dijo, abriendo los brazos. —Una cosa a la vez, vaquero —respondió Perla y se acercó a él, enroscando su brazo por su espalda mientras caminaban. Él no se inmutó, incluso la abrazó de vuelta. Pero ella, sigilosa como una ladrona, pasó la mano por su cintura y luego bajó lentamente a su pantalón. Bolsillo derecho, izquierdo... nada. Completamente limpio. Se separó disimuladamente, confundida. ¿Entonces quién carajos fue...? ¿Y cómo supo lo de Perlita? Mientras los demás elegían el próximo juego, Perla se quedó un segundo atrás, mordiéndose el labio inferior. O es otro estudiante que me conoce más de lo que pensé… o uno de estos tres está jugando sucio y lo hace mejor de lo que imaginé. —¡Vamos, Perliu! —gritó Maya desde la fila del martillo de fuerza. Perla entrecerró los ojos. Su mirada recorrió lentamente a los tres chicos. Ya veremos quién se quiebra primero... Mientras esperaban en la fila del martillo de fuerza, Perla no podía apartar la mente del beso en la casa embrujada, de la voz distorsionada, de la forma en la que la sujetaron… y del maldito "Perlita". ¿Quién demonios se esconde detrás de esa voz? Desvió la vista hacia Alan. Reía con Maya por algo que ella había dicho, tan despreocupado como siempre. Pero entonces recordó algo: Alan siempre anda con los audífonos conectados al celular. ¿Y si usó alguno para hablarme con la voz distorsionada? Además, fue el primero en decirme Perlita en la vida... Giró un poco y observó a Rubén, que estaba con los brazos cruzados y la expresión seria como de costumbre. Ese hijo de su madre siempre parece saber más de lo que dice. Es de esos que actúan callados pero lo observan todo. ¿Y si fue él? ¿Y si lo hace por… por diversión? Después su vista cayó sobre Andrés, que estaba distraído tomando fotos con su celular. Y Andrés… siempre tan encantador, tan juguetón… tan intenso. El más físico de todos. El que más me molesta con lo de "Perlita", como si le encantara verme sonrojarme o enfadarme. Él sería el más descarado. El que se atrevería a besarme a oscuras y reírse después. Perla tragó saliva, nerviosa. Pero si son anónimos… ¿cómo supo que era yo? ¿Cómo sabía lo que me gusta leer? ¿Y cómo carajos sabe que me gusta que me dominen? —¿Qué tienes? —le susurró Lana, acercándose a ella con una expresión preocupada. Perla parpadeó, como saliendo de un trance. —Nada. Estoy bien. —Pareces paranoica —le dijo Maya sin rodeos—. Ya pasó lo de la casa embrujada, amiga. Relájate. Perla no contestó. Observó a los tres chicos una vez más, cada uno con un gesto diferente… y sin embargo, todos tenían algo en común: ocultaban algo. Uno de ellos lo es. Y juro que lo descubriré. Aunque me vuelva loca en el intento. Después del susto en la casa embrujada y los juegos del parque, el grupo se tomó un descanso. Se sentaron en una de las áreas de comida al aire libre, rodeados de luces tenues, música alegre y el murmullo constante de familias y parejas disfrutando la noche. —¿Hamburguesa o pizza? —preguntó Alan, con una sonrisa torcida. —Las dos —respondió Maya sin pensarlo dos veces, provocando las risas del grupo. Lana se acomodó el cabello detrás de la oreja mientras revisaba el menú, y Andrés jugaba con unas papas fritas mientras hacía comentarios tontos que Rubén se encargaba de corregir con sarcasmo. Perla, sentada entre ellos, sonreía levemente, intentando disfrutar del momento… aunque sus pensamientos aún se mantenían alerta. Él está aquí. Está entre ellos. Me besó como si me conociera, como si supiera lo que me gusta. Maldito. Pero por fuera, Perla mantenía la calma. Comió tranquila, conversó con las chicas, incluso compartió un batido con Alan. Se permitió reírse un par de veces, incluso si por dentro analizaba cada gesto de sus compañeros. Después de la comida, decidieron subir a la rueda de la fortuna como cierre del día. Subieron en parejas: Maya con Alan, Lana con Rubén… y Perla, por descarte, terminó con Andrés. —¿Ya estás menos tensa? —le preguntó él cuando quedaron solos en la cabina. —¿Yo? Siempre estuve bien —respondió ella, cruzándose de brazos. Andrés la miró de reojo y sonrió. —Perlita, tú no sabes mentir. Ella giró el rostro hacia la ventana y no dijo nada. ¿Y si fue él? ¿Y si está jugando conmigo y ni se inmuta? Al bajar, ya entrada la noche, todos estaban cansados pero de buen ánimo. Caminaron de regreso al bus entre risas y empujones amistosos, cargando premios de juegos mecánicos y bolsas de golosinas. Durante el trayecto a la universidad, algunos se quedaron dormidos. Perla miró por la ventana, viendo las luces de la ciudad moverse lentamente, su reflejo mezclándose con la noche. No dijo nada. Pero en su mente, la promesa era clara. Voy a descubrirte, LordBlackthorn. Te guste o no. Cuando llegaron a la universidad, cada quien se despidió con abrazos y risas bajas para no despertar a los que dormían en las habitaciones del campus. Perla subió a su cuarto en silencio. Se lavó la cara, se puso su pijama y se tumbó en la cama. Exhausta. Y aun así, no pudo dormir de inmediato. No después de lo que pasó. No con la sensación de esos labios todavía ardiendo sobre los suyos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR