La música retumbaba en aquella terraza repleta de jóvenes bailando y disfrutando de la noche australiana. Se trataba de un lugar exclusivo, con locales y turistas que habían llegado a la ciudad para pasar las fiestas. La atmósfera navideña se traducía en la decoración y los motivos de los enormes vasos que ofrecían tragos de autor.
Miranda y Clara bailaban alocadas en la pista, con los ojos cerrados y sus brazos abiertos. Eran jóvenes y felices, pensó Lola desde la barra, en la que se había acomodado a una distancia prudencial.
Miranda era alta como su padre, llevaba una falda corta que dejaba ver sus largas piernas y había recogido su cabello hacia atrás en un intento por controlar sus ondas alocadas. Clara por su parte, había heredado el cuerpo de su madre. Mucho más bajita que su hermana, con el cabello corto como solía usar Maite en el pasado y sus curvas bien pronunciadas, obligándola a cubrir sus caderas y tirar del borde inferior de su remera con demasiada frecuencia.
Eran prácticamente opuestas en sus físicos, pero sus miradas transmitían la misma alegría que Lola bien recordaba haber visto en Maite. Una que volvía a tocar fibras sensibles de su corazón. Y tan perdida estaba en el pasado que ni siquiera se había dado cuenta de que alguien la saludaba.
-No nos vemos por diez años y ahora… no dejamos de hacerlo.- le dijo León acomodándose a su lado como si estuviera dispuesto a pasar el resto de la noche allí.
-¿Qué estás haciendo?- le preguntó Lola intentando poner distancia, pero al correrse su espalda chocó con la de un joven que pasaba y rebotó para volver a quedar justo en frente de él.
-Iba a tomar algo, ¿se puede saber qué es lo que te pasa?- le preguntó cansado de jugar su juego escurridizo.
Entonces Lola bajó la vista para pensar sus palabras. Tenía razón ¿qué estaba haciendo? León ni siquiera la había seguido en la playa, su encuentro en el aeropuerto había sido casual, estaba construyendo una historia donde no había nada y se estaban poniendo en ridículo. Ni siquiera sabía si él quería algo más que una charla cordial para pasar el rato, tenía que ser adulta, tenía que comportarse, se reprendió a sí misma volviendo a alzar sus ojos para encontrarse con los de él demasiado cerca.
-Disculpame, tenes razón. Yo…es que pensé que después de lo de la playa…- comenzó a decirle arrepintiéndose al ver la forma en la que él alzaba sus cejas con sorpresa.
¿Por qué había nombrado la playa? ¿Acaso quería recordarle el beso? Estaba haciendo todo mal, pensó con fastidio justo cuando él alzaba su mano para rodear su cintura y acercarla más a su cuerpo, tan firme como lo recordaba.
-Pareciera que te olvidaste de como soy ¿acaso me tenes miedo, Lol?- le preguntó llamándola de esa forma que solo había utilizado en el pasado, una tan íntima que todo su cuerpo se estremeció anticipando el deseo de volver a sentirse suya, con tanta determinación que sus ojos se cerraron y sus labios se entreabrieron dejándola totalmente a su merced.
-Tranquila… no voy a hacer nada que no quieras.- fueron sus palabras, para devolverla a la realidad, justo cuando la presión en su cintura se aflojaba y se quedaba como una tonta habiendo deseado algo que él ni siquiera había insinuado.
-¡Yuhu!- gritó Clara como el salvavidas perfecto para Lola, quien sin dudarlo se aferró a su mano para acompañarla hasta la pista y alejarse del penoso lugar de ser la única que deseaba más. Sin embargo, la lejanía no supuso alivio, ya que mientras movía sus caderas al ritmo de sus rizos, un par de ojos habían adquirido la fuerza magnética de un imán poderoso y entonces no había podido dejar de sentir que ahora se movía para él.
Lo miraba de reojo, pero sabía que tenía su atención, podía haberla rechazado, pero no por eso iba a dejar de mostrarle lo que se había perdido. Inclinó sus rodillas, descendiendo su cuerpo, mientras sus propias manos acariciaban sus muslos desnudos, rozados apenas por el borde de la falda oscura que rebotaba sobre sus glúteos, había inclinado su cabeza un poco hacia atrás y sus labios tarareaba la melodía de aquella canción que le sonaba de algun lado. Giraba con pausa, como si le estuviera demostrando todo lo que tenía y volvía a bajar zigzagueando sus curvas, poco pronunciadas, pero curvas al fin.
León no podía dejar de observarla. Su propio cuerpo había comenzado a excitarse con aquel baile sensual y el simple recuerdo de su labios lo llevaban a desear más.
La había tenido a poco centímetros, había olido su perfume, había bebido su aliento, y la vista había sido tan abrumadora que no se había animado a arruinarlo.
Pero ella parecía haberlo entendido mal, no la había rechazado, la había respetado.
Había creído que ella no deseaba lo mismo y por eso se había contenido. Ahora se sentía un tonto. Y no podía pensar en nada más que en remediar su error.
-Ey, tío. ¿Qué haces acá solo?- le gritó Mack quitandole toda la voluntad que había construido y no tuvo más opción que acompañarlo.
Avanzaron por uno de los lados para ordenar bebidas y se sentaron en unas mesas altas, disfrutando de la brisa de la madrugada que acariciaba sus rostros helados, pero felices.
-Creo que voy a volver con Miranda, no ha dejado de mirarme desde que nos reencontramos.- dijo Mack analizando la forma en la que bailaba a algunos metros de asistencia.
-Ojo, Mack, ya te acuerdas de Blas, ¿verdad?- señaló Evens intentando disuadir a su hermano.
-Solo voy a invitarla a bailar, tampoco es que vaya a casarme con ella… somos jóvenes, estamos al otro lado del mundo, Blas y su ceño fruncido me tienen sin cuidado.- dijo entre risas mientras bebía un nuevo sorbo de su cerveza.
-Justamente por eso debes pensarlo mejor.- lo interrumpió León consiguiendo su mirada curiosa.
-Digo, por la historia de nuestras familias, Miranda no puede ser una chica más. Hay miles de ellas aquí, si es para pasarla bien, escoge a la que sea, pero no a ella.- le dijo sintiéndose como un adulto responsable por primera vez en toda su vida.
-Te lo dije, hermano, son las hijas de Maite y Blas.- insistió Evens y Mack puso los ojos en blanco.
-Para vos es fácil, ni siquiera te gustan las mujeres.- le dijo con una sonrisa a medio esbozar.
-Si fueran hombres, tampoco iría por ese camino.- respondió alzando una ceja en ese gesto que le gustaba hacer para señalar que aunque eran mellizos, él siempre había sido el más maduro.
-Uh, que aguafiestas. A mi me gusta Miranda, pero todo ese discurso, no se hermano, soy muy joven todavía. ¿Cómo se supone que debo saber si quiero algo serio, si ni siquiera sé como besa todavia?- dijo Mack, con genuina curiosidad.
Entonces León sonrió mientras sus ojos volvían a dar con el cuerpo de Lola y sus dientes se volvían visibles iluminando su rostro.
-Creeme, cuando tiene que ser, lo sabes.- le dijo conteniendo sus propias ganas de correr a abrazarla.
-Bueno, lo complicaron todo, ahora ni siquiera sé lo que quiero.- dijo Mack dejándose caer en la silla, junto a Dante que disfrutaba de la conversación sin poder quitar sus ojos de cierta jovencita risueña que ni siquiera se había dignado a mirarlo ni una vez