Títere de Nadie
Blair
Dark Moon High School no es tu típica y corriente escuela secundaria. Es una escuela de cambiantes, desbordante de hormonas adolescentes y una jerarquía social que incluye animadoras, jugadores de fútbol y otras pandillas. Y después estoy yo, inferior a un omega, acosada sin descanso por los seres superiores que dirigen la escuela.
Los profesores hacen la vista gorda, temerosos de perder su estatus o posición si se atreven a intervenir.
Estoy sola en un mundo que desprecia la debilidad y nadie nunca te deja olvidarlo.
Caminé por los pasillos familiares de la escuela con mi largo cabello castaño rebotando en su coleta, mis ojos constantemente alerta ante cualquier peligro inminente.
El final del día se acercaba y hasta ahora había logrado evitar ser acosada, lo cual casi era una rareza en sí misma. Pero aún no me había cruzado con la adorable y preciosa Brynn, de la Manada del Resurgimiento Oscuro, la hija del Alfa y personificación de la chica mala por excelencia.
No era ningún secreto que las dos nos odiábamos. El resentimiento había sido establecido desde que éramos niñas.
No me gustaba la gente que no tenía compasión ni amabilidad hacia los demás, especialmente hacia aquellos menos afortunados que ellos.
Estaba a punto de cerrar mi casillero cuando escuché los suaves sonidos de los pasos acercándose sigilosamente. Esbocé una sonrisa sombría y me lancé hacia la izquierda, justo a tiempo para evitar que el casillero se cerrara sobre mi mano. En el mismo instante, me di la vuelta rápidamente y empujé mi codo con fuerza contra el atacante, que se dobló de dolor y comenzó a jadear.
—¡Ay! —se quejó.
No era otro que Eric, el capitán del equipo de fútbol.
Sonreí con suficiencia y le di una patada en la espinilla por si acaso. Emitió un siseo y sus ojos empezaron a llenarse de rabia.
—Cabrona —gruñó, enderezándose y sobresaliendo sobre mí por su altura, con desprecio en la mirada.
Alcé una ceja y lo miré deliberadamente de arriba abajo mientras apretaba los puños.
—No soy yo quien está ahí parado con dolor, cabrón —le dije—, así que quizás deberías reconsiderar tu declaración.
Él golpeó su mano contra el casillero a mi lado, fulminándome con la mirada, mientras yo permanecía impasible y tranquila.
Le enfurecía que no me intimidara con sus tácticas de hombre cavernícola.
—No eres más que una cambiaformas inútil, patética y mestiza —gruñó, cruzando los brazos sobre el pecho y apretando los dientes.
Le di un encogimiento de hombros indiferente. Había escuchado cosas peores.
—Entonces, ¿por qué te molestas siquiera conmigo? —bromeé, mostrándole una amplia sonrisa mientras perdía los estribos.
Golpeó su mano contra el casillero de nuevo y luego se marchó, enfurecido, murmurando para sí mismo.
Traté de no reír. Se había formado una pequeña multitud y me observaban con condena mientras comenzaban a susurrar y charlar entre ellos, sin duda, presentándome como la villana que había atormentado al pobre Eric.
Con calma terminé de guardar mis libros en el casillero y lo cerré, asegurándolo.
No es que el fin de semana fuera a ser disfrutado, pasaría esclavizada en la casa de la manada del Resurgimiento Oscuro. Traté de no sentir amargura al respecto. Necesitaba el dinero si alguna vez iba a dejar este miserable agujero.
Agarré mi mochila y me la colgué al hombro. Salí crucé rápidamente el estacionamiento, decidida a regresar a la casa de la manada lo más pronto posible. Caminé con mis zapatillas gastadas.
El estacionamiento era un caos, los autos saliendo a toda velocidad hacia la calle mientras los estudiantes ansiosos se iban a disfrutar su fin de semana. Otros, como las animadoras y los jugadores de fútbol, se quedaban charlando entre ellos.
—Oye, perdedora. —Escuché desde atrás y mi corazón dio un vuelco.
Miré la puerta, que estaba a pocos metros de distancia. Estaba tan cerca de salir de los terrenos. Di otro paso.
—¡Mestiza! —gritó la voz.
Me tensé y me di la vuelta, resignada. Debí haber sabido que hoy era demasiado bueno para ser verdad.
Brynn, rodeada por su pandilla, sacudió su cabello rubio por encima del hombro y se rio al ver mi expresión. Era una actriz, pretendiendo para el deleite de su audiencia.
Rodé los ojos, sintiéndome aburrida.
Ella lucía triunfante mientras esperaba a que hablara. Tomaba sorbos de su refresco, jugueteando con la pajita, y dio unos cuantos pasos hacia adelante, acercándose a mí. Estaba flanqueada por dos de sus amigas animadoras, que arrugaron la nariz con disgusto al mirarme.
—Sea lo que sea, ¡date prisa y dilo! —exclamé con brusquedad—. Tengo que volver a la casa de la manada —añadí, mirando mi reloj de pulsera y golpeado con consternación.
—Oh, ¿estoy retrasando a la pobre y pequeña esclava omega? —dijo Brynn con gran sarcasmo, haciendo que los que estaban cerca se rieran con diversión.
—Lo que sea —murmuré—. Estoy ocupada para esta mierda.
Le di la espalda y sentí cómo sujetaba mi brazo con fuerza, tan fuerte que me pellizcó la piel y pude sentir cómo se formaba un hematoma.
—Suelta, Brynn —le advertí entre dientes apretados, sintiendo cómo mi enfado iba en aumento.
Brynn abrió los ojos de par en par.
—¿O qué, Blair? —preguntó alegremente—. ¿Qué va a hacer una ridícula cambiaformas sin manada como tú al respecto? Mis padres te castigarán sin importar lo que hagas —se burló.
Sabía que lo harían. Intenté una vez más razonar con la estúpida bimbo.
—Por favor, suelta —dije lentamente y con gran énfasis.
Ella clavó sus uñas. La miré, impávida. Pareció decepcionada por mi falta de reacción y soltó mi brazo con un bufido.
—Sabes, no entiendo por qué mi padre no te mató cuando eras una niña —dijo de manera casual—; pero sí sé que si no te transformas cuando cumplas dieciocho, te echarán de la manada. No pueden tener a alguien inútil —dijo sin compasión —y que no pueda defenderse.
Le sonreí lentamente.
—¿Y qué si lo hacen? —pregunté. Brynn me miró sorprendida—. Cualquier manada que no sea esta sería preferible.
—¿Cómo puedes ser tan ingrata? —Siseó ella, sus ojos destellando indignación.
—Ingrata —repetí—. No soy más que una sirviente de la manada que me acosa y humilla a diario. Hambrienta, golpeada, despreciada, y tú crees que debería estar agradecida —dije con desdén—. Eres tan estúpida como pareces.
Ella reaccionó arrojándome su bebida a la cara, dejándome empapada mientras esta caía por mi ropa.
Grité, mi temperamento fallándome por completo, sin importarme las consecuencias
—¡No eres más que una malcriada Brynn Ryker! —Mi voz resonó en el estacionamiento, otros estudiantes mirando abiertamente mientras presenciaban la escena—. Si tus padres no fueran los Alfa y Luna de la manada, no estarías tan protegida y todos tendrían el valor de decirte lo horrible que eres. Crees que eres intocable, pero espera a salir al mundo real. Veremos cómo te va siendo hija de un Alfa cuando se trata de luchar contra renegados o estar en el campo de batalla. Espero que mueras, maldita arrogante —grité—, y espero que te pudras en el infierno.
Le mostré el dedo medio como último gesto mientras ella abría y cerraba la boca en estado de shock. Me di vuelta, mi mochila lanzada sin ceremonia sobre mi hombro mientras empezaba a caminar furiosamente hacia la puerta, los estudiantes apartándose de mi camino.
—Vas... vas a pagar por esto. —Brynn jadeó, recuperando finalmente su voz.
Miré de reojo, mis ojos entrecerrados, ardiendo de rabia.
—Ve corriendo a decirle a tus papis —me burlé—, no esperaría menos de ti.
—¡Vete a la mierda, Blair! —gritó ella, su voz aguda y penetrante.
Reí.
—¡No gracias, no eres mi tipo!
Me fui, dejándola balbuceando y gritando obscenidades en el fondo.