Pataditas de amor

1355 Palabras
UNA SEMANA DESPUÉS —Odio estar embarazada—, se quejó Isabela mientras se sentaba en una mesa del restaurante. Camila puso los ojos en blanco ante sus payasadas y dio un sorbo a su batido sin preocuparse por nada. —Chica, yo también lo odiaría. Los niños son diabólicos —, dijo Luciana desde junto a Isabela, lo que le valió una mirada asesina de parte de ella. —No llames diablos a mis hijos—, le advirtió Isabela, y Luciana abrió un poco más los ojos mientras intentaba no parecer asustada ante la embarazada. —Sí, señora—, sonrió Matías mientras se sentaba junto a Camila, que no movió ni un músculo para mirarlo. —Aquí tienen. Dos batidos de Oreo y dos raciones grandes de patatas fritas—, dijo Celia, otra camarera del restaurante, antes de dejar los pedidos sobre la mesa. Isabela sonrió a la simpática señora mayor y murmuró un pequeño “gracias” antes de coger su batido. —No me gusta que hayan pedido antes de que llegáramos—, dijo Matías mientras miraba a Camila, que estaba terminándose lo que le quedaba de su batido. —Tardabas demasiado, así que no pude esperar más—, dijo ella encogiéndose de hombros, lo que hizo que a Matías le rechinaran los dientes. —Bueno, Matías, ¿qué se siente al cumplir veintiún años?—, preguntó Luciana burlándose un poco de él. Ladeó la cabeza mientras masticaba una patata frita rizada y caliente. —Tan bien como puede estar—, respondió Matías encogiéndose de hombros, y Luciana asintió con la cabeza. Sonó la campana del restaurante, lo que hizo que los cuatro levantaran la vista para ver al resto de la pandilla entrando en el local. —Siento no haber podido ir a la fiesta de anoche, Matías, es que no estaba de humor para fiestas—, dijo Isabela mientras desviaba la atención hacia el chico que comía patatas fritas. —No pasa nada, Isabela, te lo prometo—, dijo él, haciéndole un gesto con la mano para que no se preocupara, lo que la hizo sonreír un poco antes de dar otro sorbo a su batido. El cumpleaños de Matías fue ayer, cuando por fin cumplió veintiún años. Isabela estaba a punto de cumplir cinco meses y cada vez estaba más grande con los gemelos. —Hola a todos—, sonrió Alice mientras se acercaba a la mesa con el brazo de Solaria ligeramente echado sobre sus hombros. —Hola—, sonrió Isabela, y todos se hicieron un poco a un lado para dejar sitio a la pareja, felizmente enamorada, en la mesa. —¡Amiga! —gritó Josiah en voz alta mientras se dirigía a la mesa con Diego detrás de él, hablando por teléfono. —¡Amigo! Te he echado de menos —dijo Isabela riendo, mientras Josiah miraba a Matías arqueando una ceja. —¿Qué?—, espetó Matías mientras ponía los ojos en blanco. —Apártate, c4brón comepapas, para que pueda sentar este cul0 en el asiento de al lado de mi amiga—, dijo Josiah, y Isabela casi se rió al ver la cara de irritación de Matías mientras se levantaba para dejar pasar a Josiah a la mesa. —Gracias —, sonrió Josiah antes de volverse hacia Isabela, que solo se rió ante su tontería. Ella lo abrazó y apoyó la cabeza en su hombro con un ligero suspiro. —No creo que seas bisexual, creo que eres gay heterosexual —refunfuñó Diego a Siah, quien se encogió de hombros. —No existe eso de ser gay heterosexual, idiota—, exclamó Isabela entre risas antes de negar con la cabeza mientras se llenaba la boca de batido. El grupo de amigos se rió y charló durante horas en la cafetería. A Isabela no se le borró la sonrisa de la cara en presencia de todos sus nuevos amigos. Gabriel honró a todos con su presencia momentos antes de que el grupo saliera de la cafetería y se quedara fuera, apoyado en sus coches. —Oh, vaya—, dijo Isabela mientras se llevaba una mano al estómago. —¿Qué pasa?—, preguntó Gabriel mientras se giraba para mirar a Isabela, que frunció ligeramente el ceño. —Creo que acabo de sentir moverse a uno de los bebés—, sonrió Isabela mientras miraba a Gabriel. Gabriel levantó las cejas y miró hacia su vientre con un ligero movimiento de cabeza. —Es increíble —dijo Josiah mientras extendía una mano para tocarle suavemente el vientre. Isabela sonrió y bajó la mirada hacia su vientre, con los ojos iluminándose con cada movimiento del bebé. —Los niños diablos están muy activos hoy—, sonrió Luciana, haciendo que Isabela pusiera los ojos en blanco ante las tonterías de Luciana sobre que los niños eran diablos o demonios. —Tú eres el diablo, así que cállate—, dijo Diego, y Luciana sonrió ante eso. —Gracias por darte cuenta—, dijo ella echándose el pelo por encima del hombro y lanzando un ligero beso al aire. Diego puso los ojos en blanco ante su amiga antes de negar con la cabeza. —Tú no eres el diablo, cállate—, dijo Renata, y Luciana se encogió de hombros. —Nunca se sabe—, dijo, y Renata negó con la cabeza. El teléfono de Josiah sonó, interrumpiendo su conversación con Isabela, lo que le hizo suspirar y mirar hacia él. Se le cortó la respiración y contestó lentamente la llamada antes de alejarse del grupo. —¿Está bien?—, preguntó Diego, y Isabela se encogió de hombros mientras miraba hacia donde Josiah se alejaba hablando por teléfono. —Tengo que irme porque los bebés necesitan una siesta—, dijo Isabela mientras se frotaba el vientre. —Dile que venga a verme cuando haya terminado, ¿vale?—, le pidió a Diego, quien asintió con la cabeza. —Gabriel, ¿puedes llevarme a casa de Marisol?—. Se volvió hacia el chico callado, que asintió con la cabeza. Caminaron hasta su coche y Isabela se sentó en el asiento del copiloto mientras Gabriel le mantenía la puerta abierta. —Gracias—, dijo ella mientras se abrochaba el cinturón y él asintió con la cabeza. —No hay problema—, dijo él antes de arrancar el coche y ponerse en marcha. Isabela acabó quedándose dormida durante el trayecto, así que roncaba suavemente en su asiento cuando Gabriel entró en el camino de acceso a la casa de Marisol. —¿Qué haces aquí, Gabriel?—, sonrió Marisol al salir de su casa. —Solo traigo a Isabela—, dijo él al salir del coche. Marisol arqueó ligeramente las cejas antes de asentir con la cabeza. —Isabela... Isabela—, Gabriel intentó sacudirla para despertarla, pero estaba profundamente dormida. Gabriel suspiró y deslizó lentamente las manos por debajo de sus muslos. La atrajo hacia su pecho antes de levantarla en brazos al estilo de una novia. —Gabriel —comenzó a decir Marisol, pero se detuvo cuando Gabriel entró en la casa con Isabela en brazos. —¿Dónde está su habitación? —le preguntó él, y ella señaló hacia arriba. —La segunda habitación a la derecha—, dijo ella, y él asintió con la cabeza antes de subir las escaleras. Entró en su habitación y la acostó en la cama antes de arroparla con las mantas. —Buenas noches —murmuró Gabriel a la chica dormida, que murmuró suavemente en sueños. Gabriel salió de la habitación en silencio y bajó rápidamente las escaleras. —Nos vemos por la mañana, Rivera —dijo Gabriel, besándole suavemente la frente al cruzarse con ella en el vestíbulo. Ella le sonrió y lo vio salir por la puerta principal con un ligero fruncimiento de ceño en el rostro. Sus ojos se desplazaron de las escaleras a la puerta varias veces antes de que ella sacudiera la cabeza y regresara al salón.
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