—¿Volverías alguna vez a casa?—, le preguntó Josiah a Isabela mientras estaban tumbados en la cama de la habitación en la que se alojaba Isabela.
Isabela lo miró y se encogió de hombros. —Bueno, claro que iría a ver a mi madre, pero no sé si me quedaría allí—, murmuró, y Josiah asintió.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte aquí, en casa de esta señora, el resto de tu embarazo o toda la vida?—, dijo él, y Isabela suspiró apartando la mirada.
—No lo sé, Siah, todavía estoy intentando aclararme todo eso—, dijo ella recostándose en la cama mientras miraba al techo.
—Escucha, nunca te abandonaré, pero, Isabela, estás embarazada de gemelos y no tienes un lugar fijo donde vivir—, dijo él, y ella gimió.
—Lo sé, lo sé. Estaba pensando en ir a casa de mi tía en Georgia—, dijo ella, y Josiah arqueó una ceja.
—Isabela, eso son como seis horas en coche, si acaso.
—Entonces dime qué hacer, Josiah, porque a mí no se me ocurre nada—, espetó Isabela mientras se incorporaba y lo miraba.
—Vuelve a casa, porque al menos tendrás un pvto techo sobre tu cabeza—, espetó él, y Isabela frunció el ceño.
—Sabes que no puedo hacer eso.
—Yo tampoco sé qué hacer aquí, Isabela—, suspiró él mientras se pasaba una mano por la cara.
—Solo apóyame—, dijo Isabela con voz suave mientras lo miraba. Él la miró fijamente y asintió con la cabeza.
—Tienes razón.
—Hola a todos, hay una fiesta en las residencias, ¿quieren venir?—, preguntó Diego al entrar en la habitación. Isabela miró a Josiah, quien le devolvió la mirada.
—Yo estoy bien, pero ustedes diviértanse—, dijo Isabela, y Josiah lo miró.
—Deberías ir—, le dijo a Josiah, quien la miró con el ceño fruncido.
—No quiero ir a ninguna fiesta universitaria—, dijo Josiah poniendo los ojos en blanco, lo que hizo que Isabela levantara una ceja.
—No mientas.
—Tienes razón, pero no quiero dejarte sola—, ella puso los ojos en blanco y lo empujó de la cama, haciendo que cayera con un fuerte golpe.
—Ve a la fiesta—, le dijo ella, y él la miró con ira mientras se levantaba del suelo.
—Vale, mamá—, respondió él con sarcasmo, y Isabela le sacó la lengua. Él salió de la habitación tras Diego, mientras Isabela bostezaba, decidiendo en silencio echarse una siesta.
Se levantó para quitarse los pantalones y se recogió el pelo en un moño desordenado. Volviendo a tumbarse en la cama, Isabela se acurrucó bajo las sábanas y se quedó dormida rápidamente.
*
Isabela se frotó suavemente la cabeza mientras entraba en la cocina con un bostezo. El reloj marcaba casi medianoche, lo que hizo que Isabela se quejara.
—Esta noche no vamos a dormir, ¿verdad, pequeños?—, murmuró mentalmente a sus bebés mientras se frotaba el vientre. Frunció el ceño, abrió la nevera y sacó una botella de agua.
—Me sorprende que estés despierta—, dijo alguien, sobresaltando a Isabela y haciendo que diera un respingo y casi se le cayera la botella de agua.
—¿Qué te pasa?—, dijo Isabela dándose la vuelta y viendo a Gabriel apoyado en la encimera de la cocina con un vaso de agua en la mano.
—Lo siento, no quería asustarte—, dijo Gabriel con una carcajada, y Isabela suspiró mientras dejaba la botella de agua sobre la encimera y cerraba la nevera.
—¿Qué haces aquí? ¿No se supone que deberías estar en una fiesta?—, le preguntó Isabela, y él negó con la cabeza.
—No voy a esas estúpidas fiestas universitarias—, dijo él, y Isabela asintió antes de dar un largo trago a su botella de agua.
—¿No eres demasiado mayor para eso?—, le preguntó Isabela, lo que le hizo levantar una ceja mientras asentía con la cabeza.
—Solo tengo veintiséis, ¿lo sabes, verdad?—, dijo Gabriel, y Isabela se encogió de hombros. Rodeó la isla de la cocina antes de salir de la cocina.
—Aún así, eres seis años mayor que yo—, comentó Isabela mientras se sentaba en el sofá. Gabriel la siguió y frunció el ceño.
—Pensaba que eras mayor—, dijo él, y Isabela se encogió de hombros mientras cogía el mando de la tele.
—¿Dónde está Marisol?—, preguntó mientras cambiaba de canal.
—Está arriba durmiendo.
—Ah—, dijo Isabela, llevándose las rodillas al pecho con cuidado de no lastimarse el estómago. Suspiró y pulsó una película al azar antes de dejar el mando.
El teléfono de Gabriel vibró y él lo miró antes de fruncir el ceño. Escribió algo durante un segundo antes de enviar el mensaje y volver a guardarse el teléfono en el bolsillo.
—¿Qué vamos a ver?—, preguntó él, y Isabela lo miró
*
—Espera, ¿de verdad te hiciste un tatuaje solo porque pensabas que irías al infierno si te hacías uno?—, se rió Isabela, y Gabriel asintió.
—Bueno, puede que aún vaya de todos modos, pero sí, tenía diecisiete años, era estúpido y estaba muy borracho. Un amigo me dijo que podría ir al infierno si me hacía un tatuaje y supongo que me sentía muy rebelde—, dijo Gabriel encogiéndose de hombros con una risita.
—Rayos, qué locura—, se rió Isabela y negó con la cabeza.
—¿Tienes algún tatuaje?—, le preguntó Gabriel, y ella negó con la cabeza.
—Aunque me gustaría, pero nunca me he animado a hacerlo—, murmuró ella, y él asintió con la cabeza.
—¿Duele mucho?
—No, en mi opinión no duele. Algunas personas dicen que hace cosquillas, mientras que otras dicen que no pasa nada. Solo depende de tu tolerancia al dolor y también de dónde te hagas el tatuaje—, dijo Gabriel, y Isabela lo miró y observó los tatuajes de su brazo.
—¿A qué te refieres con “dónde te haces el tatuaje”?
—Si te lo haces detrás de la oreja, puede que te duela un poco porque ahí hay hueso, o también en el codo, porque ahí solo hay hueso. Así que si te lo haces en sitios donde solo hay hueso, te va a doler un poco más—, explicó él, y Isabela asintió con la cabeza.
Su mano se acercó para tocarle el brazo, lo que le hizo tensarse un poco.
—Lo siento, es que...
—No pasa nada, es que me has pillado desprevenido—, dijo él, y Isabela asintió antes de trazar con el dedo uno de sus tatuajes. Sus ojos se iluminaron con cada línea del tatuaje. Sonrió y retiró los dedos de su brazo antes de levantar la vista hacia él.
Gabriel la observaba con un ligero fruncimiento de ceño. Ella lo miró y él negó con la cabeza, aclarando la garganta.
—Sinceramente, considero los tatuajes como obras de arte; quiero decir que todos cuentan una pequeña historia, especialmente si tienen un significado detrás—, dijo Isabela mientras se recostaba y se recogía el pelo en un moño desordenado.
—¿Qué quieres decir?
—Hay gente que se hace tatuajes para ocultar lo que yo llamo sus cicatrices de batalla, que son una historia en sí mismas. Luego hay quienes se hacen un tatuaje con un pequeño significado, como la letra de sus padres o quizá la fecha de nacimiento de alguien—. Isabela hizo una pausa para volver a mirar los brazos de Gabriel, cubiertos de tatuajes.
—Creo que cada tatuaje debería tener un pequeño significado o una historia—, añadió, y Gabriel se limitó a mirarla fijamente. Ella lo miró y se sonrojó al apartar la vista.
—Quizá esté divagando un poco—, dijo mientras se llevaba las rodillas al pecho.
—No, no, me gusta escucharte hablar—, dijo Gabriel antes de levantarse.
—Voy a por un poco de agua, ¿quieres algo?—, le preguntó, pero ella negó con la cabeza. Después de que Gabriel saliera de la habitación, Isabela bostezó y cerró los ojos suavemente.
*
Isabela se despertó sobresaltada por una serie de chasquidos. Abrió los ojos y vio a sus amigos sonriendo y riendo borrachos frente a ella. Se incorporó un poco y miró hacia abajo para ver que había estado apoyando la cabeza en el regazo de Gabriel, mientras él tenía la cabeza reclinada en el sofá, profundamente dormido.
—Hola, chicos—, dijo sonrojada mientras se levantaba del sofá. Josiah le dedicó una sonrisa burlona y ella se encogió de hombros, apartando la mirada de él.
—Despierta—, le dijo Matías a Gabriel antes de darle un golpe en la cara. Fuerte.
—¿Qué coñ0, Matías?—, gruñó Gabriel al despertarse sobresaltado por el golpe. Matías le sonrió con aire ebrio y Gabriel lo miró con ira, haciendo que su sonrisa desapareciera.
—Vale, hora de irse—, dijo Matías rápidamente antes de salir corriendo de la habitación.
—Bueno, yo me voy a dormir. Vamos, Josiah—, dijo Isabela agarrándole del brazo.
—¿Por qué tengo que venir?—, se quejó Josiah mientras, borracho, tropezaba y caminaba detrás de Isabela.
—Quizá porque has bebido tanto que apenas te mantienes en pie, idiota—, le espetó Isabela antes de llevarlo arriba, a la habitación en la que se alojaba.
—No es culpa mía—, se quejó Siah antes de caer sobre la cama.
—No, quítate la chaqueta y los zapatos, Siah—, dijo Isabela mientras entraba en el baño. Se lavó la cara y las manos rápidamente antes de salir y ver a Josiah dormido.
—Claro—, murmuró antes de meterse en la cama con él y tumbarse. Antes de que Isabela se diera cuenta, ella también se quedó frita.