Amigos por siempre

993 Palabras
—No tenías por qué comprarme toda la tienda—, murmuró Isabela mientras salía de la tienda con las bolsas en las manos. Gabriel se rió entre dientes con su voz ligeramente ronca antes de quitarle las bolsas. —No es para tanto—, dijo encogiéndose de hombros, y Isabela hizo un puchero antes de apartar la mirada. —Bueno, gracias—, dijo Isabela, y Gabriel asintió con la cabeza. Salieron del centro comercial hacia el coche, donde todos estaban de pie charlando. Josiah acabó llevándose bien con todos y se unió al grupo. Isabela se acercó a todos y apoyó la cabeza en Siah. —¿Cuándo te vas?—, le preguntó ella, y él se encogió de hombros. —Sinceramente, cuando tú quieras que me vaya —, dijo él rodeándole los hombros con el brazo. Isabela sonrió y le dio un abrazo lateral. —Me gusta tenerte aquí—, murmuró Isabela, y Josiah sonrió. —Te he echado de menos —, dijo Josiah, y Isabela miró hacia el grupo mientras Renata se abalanzaba sobre Matías, que estaba comiendo patatas fritas y hablando con Camila. —Oye, casi me haces tirar mis patatas fritas—, dijo Matías, y Renata se rió mientras le rodeaba la cintura con las piernas. —Tus preciadas patatas fritas no pasarán nada —dijo Renata poniendo los ojos en blanco. Matías resopló y le rodeó los muslos con los brazos antes de cogerla en brazos. —Chicos, deberíamos hacer una hoguera esta noche—, sugirió Camila, y Isabela frunció el ceño. —¿Puedo siquiera estar cerca de un fuego abierto así?—, preguntó Isabela mientras se rascaba la nuca. Camila se encogió de hombros y sacó su teléfono para buscarlo. —Sí, quizá no sea la mejor idea—, murmuró mientras guardaba el móvil en el bolsillo. —Oye, Matthew quiere que quedemos en la cafetería—, dijo Diego levantando la vista de su teléfono. —¿Por qué?—, se burló Renata, poniendo los ojos en blanco. Diego se encogió de hombros y Josiah miró a Isabela, que parecía más que cansada mientras bostezaba. —Te das cuenta de que no puedes odiar a todo el mundo, ¿verdad?—, dijo Matías, y Renata le dio un golpecito en la frente mientras le hacía un corte de mangas en la cara. —No lo odio. Simplemente no me gusta que solo se junte con nosotros cuando se aburre o quiere quejarse de la gente estúpida que hay en su vida—, dijo ella encogiéndose de hombros. —Sí, bueno, es el hijo de Rivera, así que cállate de una vez—, dijo Gabriel, y Renata lo miró con ira. Gabriel levantó una ceja y se acercó a ella, lo que hizo que Isabela frunciera el ceño, confundida. —Se están liando, ¿verdad?—, murmuró Josiah al oído de Isabela, quien se limitó a encogerse de hombros. —Probablemente—, respondió ella y levantó los brazos. Josiah puso los ojos en blanco y la cogió en brazos al estilo novia. —Eres tan infantil—, murmuró mientras Isabela sonreía triunfante. —Sí, pero es divertido hacer que me lleves cuando me da pereza—, dijo Isabela, y Josiah chasqueó la lengua, fingiendo mirarla con enfado. —No me gustaba cuando éramos más jóvenes y no me gusta ahora. —Oh, ¿así que vas a negarte a cumplir los últimos deseos de una mujer embarazada?—, dijo Isabela dramáticamente mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Con los ojos muy abiertos, Josiah intentó calmarla: —Vale, primero de todo, z0rra, si te estás muriendo, yo voy contigo. Segundo, ¿puedes dejar de fingir que lloras porque sabes que voy a empezar a llorar de verdad?—, dijo, haciendo reír a Isabela. —Los dos vamos a ir al infierno, espero que lo sepas—, dijo Isabela, y Josiah puso los ojos en blanco con un “¡vaya!”, lo que hizo sonreír a Isabela. La bajó y Isabela se apoyó contra la camioneta, cruzándose de brazos sobre el pecho. —Por supuesto que sí. —, exclamó Josiah, haciendo que Isabela se echara a reír. —Te odio—, dijo ella, y Siah se rió. —Chica, cállate de una vez, no, no me odias—. Isabela se encogió de hombros y asintió con la cabeza ante su respuesta. Nunca podría odiarlo, hiciera lo que hiciera. Miró hacia atrás, hacia todos los demás, y vio que los dos los miraban con expresiones de desconcierto en el rostro. Matías asentía con la cabeza mientras comía sus patatas fritas, mientras que Renata tenía las cejas levantadas. —Están todos locos—, dijo antes de alejarse. Isabela y Josiah se detuvieron y se miraron antes de estallar en carcajadas. —Claro que lo estamos—, dijo Isabela chocando los cinco con su mejor amigo, que sonrió. —Es una envidiosa—, dijo Josiah, y Isabela asintió. —Venga, vámonos—, dijo Diego, y todos se dirigieron al coche. Gabriel se alejó hacia su coche y Josiah miró a Isabela. —Tengo que ir a registrarme en el hotel, pero luego me pondré en contacto contigo, ¿vale?—, dijo, y Isabela asintió. Ella lo abrazó y él le dio un beso en la frente. —¿Cómo vas a llegar hasta allí?—, preguntó Isabela, y Josiah sonrió. —Iré con Gabriel—, dijo Josiah encogiéndose de hombros y mirando hacia Gabriel, que estaba hablando por teléfono, apoyado en su coche. —Vale, envíame un mensaje cuando llegues al hotel—, dijo Isabela señalándole con el dedo en el pecho. Siah asintió y se alejó hacia el coche de Gabriel. Isabela se subió a la camioneta y se sentó junto a Diego.
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