Atracción inevitable

1720 Palabras
—Aquí no hay nada que me guste—, murmuró Isabela mientras estaba de pie en la tienda del centro comercial. Camila la miró y suspiró, volviendo a bajar la vista hacia la ropa. —Bueno, pues a la siguiente tienda—, dijo sonriéndole antes de que Camila sacara a Isabela de la tienda. —Debería empezar a comprarme ropa premamá—, murmuró Isabela frotándose la frente con aire cansado. —Hay una tienda de ropa premamá en este centro comercial, pero está al otro lado y me da pereza—, se quejó Camila, e Isabela puso los ojos en blanco. —Yo soy la que está embarazada de gemelos y estoy bien. Vamos—, dijo Isabela agarrando a Camila del brazo y tirando de ella mientras Camila se quejaba en señal de protesta. —Eso no está bien, aunque yo esté embarazada de como cuatro bebés de comida—, se quejó Camila, haciendo que Isabela se riera y sacudiera la cabeza. —Por favor, cállate—, dijo Diego mientras se acercaba a las dos chicas con un Matías comiendo patatas fritas y una Renata con cara de aburrimiento. —No me digas lo que tengo que hacer, señor—, dijo Camila señalando a Diego con el dedo. —No me señales con tu dedito y, desde luego, no me toques. No sé dónde has tenido las manos—, dijo Diego, lo que hizo que Camila levantara una ceja. —Te odio—, dijo Camila poniendo los ojos en blanco, mientras Isabela las miraba con una pequeña sonrisa en el rostro. Pasaron por el patio de comidas y a Isabela se le hizo la boca agua al ver los rollos de helado. —Sí, chicos, esperen—, murmuró Isabela antes de acercarse al carrito. Isabela se mordió el labio mientras echaba un vistazo a todos los sabores. —¿Ves alguno que te guste?—, preguntó alguien detrás de ella. Isabela giró la cabeza y vio a Gabriel de pie a un lado, detrás de ella. Llevaba una camiseta blanca y unos vaqueros negros rotos. Se había puesto una chaqueta de cuero n***o mate y llevaba el pelo revuelto. —Estaba pensando en el de galletas y crema, pero no sé—, dijo Isabela mirando de nuevo el pequeño menú que había en la parte delantera del carrito. —Te diría que probaras también el de galletas y crema, pero ese de chocolate intenso tiene una pinta increíble—, respondió él, e Isabela se dio cuenta de que era la siguiente en la cola. —Eh, ¿puedo pedir uno de galletas y crema normal con salsa de chocolate caliente y trocitos de Oreo extra?—, murmuró Isabela y miró a Gabriel en silencio para preguntarle si quería algo. —Añade una de chocolate mediana y una de canela—, dijo Gabriel mientras se acercaba a Isabela. —Son 10,5...— El hombre fue interrumpido por Gabriel, que le entregó un billete de veinte dólares; el hombre asintió y lo cogió. —Espera, yo puedo pagar—, dijo Isabela, lo cual no era del todo cierto. Gabriel la hizo callar con una mirada, lo que la hizo apartar la vista y mirar al hombre que estaba haciendo los rollos. —Gracias—, le dio las gracias al hombre y a Gabriel, quien le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Isabela cogió una cuchara y volvió con Diego y los demás, que estaban sentados en una mesa charlando. —¡Gabriel, chico! —dijo Matías mientras se levantaba para darle una palmada en la espalda a Gabriel. Gabriel le dedicó una sonrisa de labios apretados antes de sentarse en un asiento vacío entre Isabela y Camila. —¿Qué es eso?—, preguntó Diego a Isabela, que estaba disfrutando de su helado. —Se llaman rollitos de helado—, respondió Isabela con una sonrisa mientras lamía la cuchara. Isabela se dispuso a dar otro bocado, pero se detuvo al oír que alguien la llamaba por su nombre. —¡ISA, J0DIDA ISA!—, gritó alguien, e Isabela miró a su alrededor y vio a su mejor amigo, Josiah. Una gran sonrisa se dibujó en sus labios antes de levantarse de un salto de su asiento. —¡SIAHH!—, gritó y corrió hacia el chico, que abrió los brazos para recibirla. Saltó a sus brazos y le rodeó la cintura con las piernas, agarrándose a él. —Te he echado tanto de menos, idiota—, dijo Josiah riendo mientras la hacía girar un poco. Isabela sollozó contra su hombro mientras hundía más la cabeza en él. —¿Tú me lo dices? Te he echado de menos como un loco—, dijo Josiah antes de bajarla al suelo. Isabela se separó del abrazo, sonriéndole. —¿Deberías haberme abrazado, dada tu situación?—, preguntó Josiah antes de mirar su vientre, que se ocultaba con éxito tras su sudadera blanca. —Creo que no pasa nada—, dijo Isabela encogiéndose de hombros mientras se frotaba suavemente el vientre. —Vamos, vamos. Quiero que conozcas a unas personas que he conocido aquí—, dijo Isabela agarrando la mano de Josiah y tirando de él hacia la mesa donde todos los miraban. —Chicos, este es mi mejor amigo, Josiah—, sonrió Isabela, y una serie de “hola” y “buenas” resonaron alrededor de la mesa. Gabriel y Renata permanecieron en silencio mientras observaban a Josiah. —Estos son Gabriel, Camila, Matías, Diego y Renata—, dijo Isabela presentándoles a todos. Gabriel miró a Renata mientras Matías le robaba un poco de helado. Isabela miró a Josiah, cogió su helado y se lo ofreció. —Toma, prueba esto—, dijo Isabela, y Josiah tomó unas cucharadas. Asintió con la cabeza mientras tragaba e Isabela sonrió. —¿Cómo están todos?—, le preguntó Isabela, y él gruñó poniendo los ojos en blanco. —Como mi estrecho cul0—, refunfuñó Siah, haciendo que Diego se atragantara con la Coca-Cola. Camila le dio una palmada en la espalda mientras ponía los ojos en blanco. —¿Qué? Es estrecho—, se encogió de hombros Josiah, e Isabela se rió sacudiendo la cabeza. —Sigues siendo el mismo—, dijo ella y se comió el resto de su helado. Lo tiró a la papelera antes de volver con los demás. —No querría ser otra cosa que no fuera yo—, dijo Josiah poniendo los ojos en blanco y Camila sonrió. —Como debe ser—, murmuró ella chasqueando la lengua. —Tenemos que hablar—, le susurró Josiah a Isabela, quien suspiró y frunció el ceño. Se disculparon ante todos antes de alejarse hacia una mesa vacía. —¿Quieres decirme por qué decidiste marcharte sin llamar ni enviar un mensaje? —Josiah, estoy embarazada, no tuve otra opción—, dijo Isabela sentándose en una de las sillas plateadas. —Isabela, que estés embarazada no es el fin del mundo—, dijo él frunciendo el ceño, y Isabela suspiró pasándose una mano por la cara. —Ya sabes cómo es mi madre; si se lo contara, probablemente querría que abortara. Y entonces su estúpido marido...— Isabela se detuvo y apartó la mirada mientras negaba con la cabeza. —¿Qué haría él? —Mira, antes ya era emocionalmente abusivo y solo tengo miedo de que se entere de que estoy embarazada y entonces se vuelva físicamente abusivo también—, Josiah miró a Isabela con expresión severa. Isabela lo miró y frunció el ceño. —¿Por qué no me lo has contado?—, le preguntó él, y Isabela negó con la cabeza y se encogió de hombros. —Porque no pensé que importara. Quiero decir, sí, le pega a mi madre, pero a mí nunca me ha pegado, así que no sé...—. Isabela apoyó la cabeza sobre la mesa con un gemido. —Isabela, el maltrato es maltrato, sea emocional o no. Ese hombre le pone las manos encima a tu madre y te está haciendo daño, sea mental o no—, dijo Josiah sacudiendo la cabeza. Se levantó de la mesa y Isabela lo miró. —Tienes que contárselo a alguien, Isabela. —No puedo. He intentado muchas veces que mi madre lo deje, pero no quiere. Incluso intenté comprar este piso una vez, pero no quiere dejarlo, Siah. Creo que tiene incluso más miedo que yo. —Bueno, z0rra, claro que lo está. Él le está pegando; yo también tendría miedo de irme. Me pasaría todo el m4ldito día preguntándome si él me encontraría si me fuera—, exclamó Josiah levantando los brazos al aire. —Eres más tonta de lo que pensaba—, murmuró Josiah, e Isabela dio un grito ahogado y le dio un golpe en el brazo. —Lo siento, lo siento—, se rió él, e Isabela fingió mirarlo con ira. —Mira, no deberías haber huido de tus problemas, Isabela. Entiendo tus razones, pero aun así—, murmuró Josiah en voz baja y Isabela suspiró asintiendo con la cabeza. —Lo sé, es que en ese momento me pareció una buena idea—, le dijo ella, y él la miró asintiendo con la cabeza. —Lo sé—, dijo él, mirando hacia la mesa donde estaban Camila y los demás antes de volver a mirar a Isabela. —Parece que te ha tocado la lotería en cuanto a amigos—, murmuró Josiah, haciendo que Isabela se riera y mirara hacia ellos. —Son muy simpáticos y es divertido pasar el rato con ellos. Además, una señora mayor muy amable me está dejando pasar algunas noches en su casa, por lo que le estoy muy agradecida—. Isabela sonrió y Josiah la miró asintiendo con la cabeza. —Sí, el premio gordo—, murmuró él, y los ojos de Isabela se dirigieron inconscientemente hacia Gabriel para ver que él ya la estaba mirando. Le dedicó una sonrisa antes de mirar a Josiah, que ya la estaba observando con una mirada cómplice.
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