Las hormonas del embarazo

1397 Palabras
—Al parecer, voy a ser mamá de dos en lugar de uno—, dijo Isabela mientras se sentaba en el coche con Luciana, Camila y Matías. Camila dio un grito ahogado y la miró en busca de confirmación, así que Isabela le enseñó las ecografías. —Tu madre dice que podré ver el sex0 la próxima vez que vaya—, murmuró Isabela, y Luciana le lanzó una pequeña sonrisa a través del espejo. —Bueno, espero que sean dos niños—, dijo Matías desde su lado, lo que hizo que Isabela se encogiera de hombros. —No, yo creo que un niño y una niña—, dijo Luciana encogiéndose de hombros. —No, los dos se equivocan, son dos niñas—, discutió Camila, lo que hizo que Isabela mirara a los tres con expresión de fastidio. —¿Apostamos? —Apuesta—, dijo Luciana, y todos asintieron antes de volver a lo que estaban haciendo. —¿Acaban de apostar por mis hijos?—, preguntó Isabela levantando una ceja. —Sí—, respondió Luciana, y Isabela negó con la cabeza mientras miraba por la ventana. —¿Adónde vamos?—, preguntó Matías. —Al centro comercial, claro—, dijo Camila desde el asiento del copiloto. —Ni de c0ña, no voy al centro comercial con ustedes. —¿Por qué no? Será divertido—, sonrió Camila, y Matías se burló mientras ponía los ojos en blanco. —Sí, para ti, pero no para mí, ya que tendré que cargar con todas sus estúpidas bolsas mientras damos vueltas por el centro comercial durante horas—, argumentó él, y Isabela arqueó una ceja. —Es tan malo, sí, no, además no me gusta ir de compras—, murmuró Isabela mientras negaba con la cabeza. Camila dio un grito ahogado dramático y cerró los ojos. —Me acabas de herir—, dijo Camila, y Luciana puso los ojos en blanco. —Z0rra dramática—, murmuró Luciana, lo que hizo que Camila le lanzara una mirada de enfado fingida. —Vale, está bien, ¿qué tal si vamos a jugar a los bolos?—, sugirió Luciana, y el teléfono de Matías sonó, lo que le hizo detenerse y contestar rápidamente. —Sí, Gabriel, ¿qué pasa?—, dijo al teléfono, y Isabela miró por la ventana mientras se frotaba suavemente el estómago. —Oye, Luciana, ¿podemos parar en la cafetería?—, dijo Matías al cabo de unos minutos, lo que hizo que Luciana le lanzara una mirada de enfado. —Matías, no estamos ni cerca de la...— Matías negó con la cabeza. —No es la cafetería de Marisol, sino esa otra que parece de los años 60 o algo así—, dijo antes de hablar con Gabriel por teléfono. —Vale —dijo Luciana mientras giraba en el semáforo. —Vale... sí, nos vemos allí... ajá —dijo Matías antes de colgar el teléfono. Isabela lo miró antes de volver a mirar por la ventana. —¿Por qué vamos al restaurante a encontrarnos con Gabriel?—, le preguntó Camila, y él se encogió de hombros. —Él y Renata están de camino y querían reunirse con nosotros—, dijo, y Camila asintió. No tardaron mucho en llegar al lugar del que había hablado Matías. Isabela salió del coche y se frotó el estómago mientras caminaba hacia la puerta de la cafetería con los demás. Cuando entraron, sonaba música que, salía de una gran máquina de discos. Isabela sonrió al verla antes de seguir a Luciana, que pasó junto a la señora que estaba en el pequeño mostrador. Miró a su alrededor hasta que vio a Gabriel y a algunos más. Estaban sentados en una mesa grande hablando de algo que Isabela no podía oír. —Vamos —le dio un codazo Matías a Isabela y se dirigieron hacia la mesa. Gabriel levantó la vista y se encontró con la mirada de Isabela, lo que la hizo apartar la vista tímidamente y rápidamente. —Hola a todos—, oyó decir a Renata, lo que la hizo mirar hacia ella. —Alice, ¿dónde has estado? —Luciana sonrió a una mujer asiática que estaba bebiendo agua sentada junto a una chica de piel morena que Isabela no conocía. —He estado trabajando, chica—, se rió Alice y se levantó para abrazar a Luciana, cuya sonrisa iluminaba su tez blanca. —Oh, Isabela, esta es Alice, mi molesta mejor amiga—, dijo Luciana, y Alice giró la cabeza para mirar a Isabela. Isabela le dedicó una pequeña sonrisa y murmuró un “hola”, al que Alice respondió. —Y esta es mi maravillosa novia, Solaria—, dijo Alice refiriéndose a la chica que estaba sentada a su lado. —Llámame Sola—, dijo la chica, y Isabela asintió con la cabeza. —Encantada de conocerlas a las dos—, dijo Isabela, y Matías le indicó que se sentara. Isabela se sentó al otro lado de Gabriel y Camila se sentó a su lado. —¿Ya han pedido?—, preguntó Matías mientras se sentaba junto a Luciana. —No, los estábamos esperando, pero hemos pedido batidos para todos—, dijo Renata mientras enviaba un mensaje a alguien con su móvil. —No sabía qué sabor elegir para ti, pero pedí Oreo, ¿te parece bien?—, dijo Gabriel, mirando a la chica embarazada que tenía al lado. Isabela le dedicó una pequeña sonrisa y asintió con la cabeza. —Gracias—, le murmuró en voz baja, y él asintió. —Hola, soy Rose. Seré su camarera hoy, ¿puedo traerles algo de comer?—, dijo una señora acercándose a la mesa. Los ojos de Isabela recorrieron rápidamente el menú mientras fruncía el ceño. Todos fueron diciendo lo que querían comer mientras Isabela se lamía los labios tratando de decidir qué pedir. —Isabela—, la llamó alguien, e Isabela levantó la vista. —Eh, quiero una hamburguesa sin cebolla ni tomate, pero quiero que le pongas champiñones y pepinillos extra. Y una ensalada César como acompañamiento, por favor, y gracias. Ay, ¿puedo pedir también un poco de avena con un bol de fruta?—, dijo Isabela rápidamente y suspiró apartándose el pelo de la cara. —¡Vaya! —dijo Matías, y Camila se inclinó para darle un golpecito en la cabeza. —Rayos, ha sido mucho, ¿verdad?—, dijo Isabela mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Camila abrió mucho los ojos y negó con la cabeza. —No, no, Isabela, no pasa nada—, dijo Matías, e Isabela negó con la cabeza mientras las lágrimas le caían por las mejillas. —Lo siento, ni siquiera sé por qué estoy llorando ahora mismo—, se rió Isabela entre lágrimas. Rose le dio una servilleta y ella le dio las gracias, secándose los ojos. —Señorita, no hay problema. Les traeré toda la comida lo antes posible—, dijo Rose antes de excusarse y alejarse rápidamente de la mesa. —Pídele perdón—, le susurró Camila a Matías, quien suspiró. —Lo siento, Isabela. No era mi intención entristecerte—, dijo Matías mirando a la chica embarazada, que sorbió por la nariz y asintió sin decir nada. —No pasa nada, son solo las hormonas del embarazo—, dijo Isabela sacudiendo la cabeza mientras suspiraba. Isabela no pudo evitar sentirse avergonzada por haber llorado delante de gente que apenas conocía. Se aclaró la garganta y evitó el contacto visual con todos mientras miraba fijamente la mesa con remordimiento. Gabriel miró a la chica y luego a todos los que estaban en la mesa, quienes intentaban no mirar a la chica embarazada que acababa de llorar delante de ellos de forma inesperada. —No te sientas avergonzada, ¿vale? Todos tenemos que llorar a veces—, le susurró Gabriel a la chica que tenía al lado. Isabela levantó la vista hacia él y él le hizo un gesto de asentimiento antes de apartar la mirada. Isabela sintió que una sonrisa se dibujaba en su rostro. Aunque él no dijo mucho, sus palabras significaron mucho para ella y la hicieron sentirse mejor.
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