Capítulo 6: Bromas y espectros.

2457 Palabras
La lluvia cae con una fuerza abrumadora. Las gotas pesan cuando caen en mi espalda como si en vez de agua su composición fuera de acero. El lugar se me antoja desconocido. Calles que no conozco se abren ante mí, solitarias y desprovistas de vida. La noche es espesa y las tinieblas alcanzan más allá de donde mi vista logra posarse. Quiero gritar pero me aterra que con ello pueda despertar las criaturas de la noche que sé que me asechan desde las sombras. Empiezo a andar con los pies pesados como monolíticos bloques de mármol, tratando de conseguir un refugio en medio de la tormenta. Recorro metros que se me hacen eternos y descubro que la escapatoria será imposible. Casi estoy a punto de desfallecer y dejarme vencer en medio de aquel trance de terror psicológico, pero un rostro familiar aparece de entre las sombras y logra arrancarme una chispa de esperanza. Es Azazel quien emerge ante mí con un cuerpo que no parece material, con rasgos que le conozco pero con otros que hasta ese momento nunca había apreciado en su humanidad. Con ánimos corro hacia él buscando franquear con prontitud la distancia que se abre entre nosotros. Para cuando logro llegar hasta el lugar de mi destino, ya no encuentro los brazos de Azazel en su lugar, en cambio, encuentro la manifestación ominosa de aquel médico que me mantuvo intrigada desde nuestro breve encuentro. No me da tiempo de rectificar, para cuando quiero darme cuenta ya me he entregado en sus brazos y el me aprieta contra su pecho en un abrazo potente. Al principio me dejo llevar, aliviada por la idea de descubrir un rostro medianamente conocido. Pero de un momento a otro y sin previo aviso, el abrazo que un primer momento se me antoja grato y acogedor, comienza a asfixiarme y a cortarme a paso acelerado la respiración. Trato de protestar y solo entonces caigo en cuenta de que apenas y conozco a ese sujeto. Con todas las fuerzas que soy capaz de reunir logro zafarme de sus brazos y con esfuerzo busco el aire que rehúye de mis pulmones. Para cuando logro levantar la vista, lo que mis ojos encuentran en el lugar donde acababa de ver el rostro del médico le arranca un grito de pavor a mi garganta. Un espectro como los de siempre me miraba con esos ojos perdidos y vacíos. Su rostro de muerte me observaba con deseo. Sus miembros flácidos e inertes hacían un terrible esfuerzo por alcanzarme en medio de la oscuridad. Sin miramientos empiezo a correr. Los pies aún me pesan pero con un esfuerzo sobrehumano logro sobreponerme para darle un esquinazo a mi perseguidor. Las calles a mi alrededor comienzan a estrecharse conforme avanzan mis pasos hasta llegar a un punto donde el espacio ante mí se convierte en un callejón sin salida. Con el terror quemándome las entrañas giro sobre mis talones y doy en cuenta que a mis espaldas ya no es solo un espectro el que me persigue: Decenas y decenas de ellos se han congregado para mi perdición. El pánico hace mella en mi ánimo. Mis piernas presas de incontenibles temblores ceden al empuje de mi cuerpo pesado. Caigo de rodillas en el frio suelo de aquella calle desconocida De repente la misma voz de toda la vida, lejana e inmaterial, me dejó escuchar aquella salmodia que desde siempre me ha repetido lo mismo: ― «Cuando los primeros sean los últimos, y las alfas sean omegas, y los del medio miren a sus lados, las cadenas que contienen a la bestia podrán dejar de serlo». Y es cuando los espectros no se hacen esperar, como desatados a la lujuria de un festín se abalanzan sobre mí sin ningún tipo de misericordia, es entonces que descubro brotar de mí ser una pequeña e ínfima partícula que me enciende el alma de odio y rencor. En un abrir y cerrar de ojos, aprieto mis puños y todo ante mi queda consumido por una llamarada intensa e infernal que brota de mi ser. Los cuerpos chamuscados de los espectros caen a diestra y siniestra y yo descubro una naturaleza velada en mi nuevo ser, de mi alma surge la frase, que repite mi inconsciente, y entonces caigo en cuenta de que soy yo la venganza, soy yo la antítesis, soy yo… * La cabeza a Loren le pesaba y la visión le mostraba el mundo delante de ella con formas irregulares y confusas cuando por fin logró despertarse de esa pesadilla. Un embotamiento del que no podía liberarse le mantenía los miembros engarrotados por lo que se le hacía bastante difícil poder levantarse. Los recuerdos llegaban a su cabeza de manera confusa y lo disímil de su situación no hacía sino incrementar la confusión de la que se hallaba presa. Recordaba la carpeta que sostenía en su mano izquierda cuando se decidió a estrechar la mano que Fernández le ofrecía, desde ese momento comenzó su aturdimiento. Cuando su mano estrechó la de ella, un estertor le recorrió el cuerpo haciéndole sentir un escalofrió antinatural e insoportable Loren procuró encontrar una justificación a su malestar, pero por más que buscó la causa no pudo encontrar un origen, por lo menos no uno corporal y es que realmente Loren no sabía a ciencia cierta qué era lo que sentía, para ser más exacto, ella ni siquiera estaba segura si sentía algo. Por más que el raciocinio le dijera que era imposible, ella estaba casi convencida de que el tacto de la mano de la enfermera había desencadenado algo en su interior, no algo físico, sino algo de otra índole, de una naturaleza que Loren no era capaz de determinar, pero que de alguna manera podía estar convencida: Loren sabía que algo dentro de ella había cambiado con aquel apretón de manos. Ella aun no atinaba a comprender que era lo que le había ocurrido y ni siquiera tenía idea de en donde se encontraba. Era una habitación mediana con un par de camas, algunos escritorios y una puerta que anunciaba la existencia de un baño. Loren miró en todas las direcciones pero no encontró a nadie en el lugar, entonces, haciendo un esfuerzo titánico se recompuso con las fuerzas que aún le acompañaban, se colocó de pie y caminó hasta el baño. Con las manos como cuenco se dedicó a bañar su rostro con rafagas de agua fría del chorro del lavamanos. El tacto del líquido le hacía estremecer, pero aun así tardó bastante en recuperar siquiera de forma parcial la compostura que ella buscaba. Se miró al espejo y la imagen que se le devolvía reflejada era la misma. El mismo rostro, los mismos ojos, el mismo cabello, los mismos labios, pero de alguna forma esa imagen que reconocía como suya ya no le ocasionaba ese acostumbrado disgusto que percibía cada vez que le tocaba pararse frente a una superficie reflectante. De manera extraña y sorprendente, esa noche, en ese baño ajeno, a Loren le agradó su apariencia en el espejo. Extrañada por su sorpresivo buen ánimo a pesar de la extraña experiencia que estaba viviendo, Loren logró hacerle frente a su percance, se acomodó un mechón del flequillo detrás de la oreja y salió del tocador. Miró la hora en la pantalla de su teléfono que reposaba en el bolsillo de su bata y corroboró que la madrugada estaba bien entrada, había dormido varias horas ya. Se decidió entonces a salir del lugar y tratar de encontrar una respuesta a su extraña situación. Encontró su bolso en el lecho en el cual se encontraba recostada minutos atrás, lo recogió y salió de la habitación. En el pasillo comprobó que aún se encontraba en el solitario piso número tres. Los corredores a media luz no dejaban percibir ninguna presencia por las cercanías. Una soledad pasmosa recorría cada rincón que Loren visitaba. Asustada a más no poder, Loren al fin alcanzó a ubicarse en el laberinto de corredores y pasillos y se orientó de manera de poder encaminarse hacia el stand de enfermeras. Con el pesar aun atezándole en las sienes y luego de caminar un buen rato, Loren se encontró con alguien despierto en la inmensidad de aquel hospital, pero fue un rostro que hubiese preferido no encontrar: Sentada con las piernas cruzadas viendo la televisión del stand de enfermería, se encontraba la enfermera a la que Loren había descubierto en acciones comprometedoras el doctor Lasalle esa misma noche. ― ¡Pero mira quien decidió despertar! ―la voz de la enfermera cargada de sarcasmo le arrancó a Loren un ataque de incomodidad abismal. Loren entendía que el ánimo de esa mujer iba a estar predispuesto de manera negativa hacia ella aun y cuando el inconveniente había sido ocasionado sin ninguna intención de su parte, por lo que prefirió hacer un inmenso acopio de paciencia para tratar de mantener la conversación en buenos términos. ― Disculpe ¿Me puede decir cuál es su nombre? La mujer sin dejar de mirar la televisión le respondió sin molestarse si quiera por mirarla. ― Ordoñez. Soy la licenciada Ordoñez. ― Mucho gusto, mi nombre es Loren Moncada y siento mucho lo que pasó esta noche, sé que empezamos con el pie izquierdo… pero necesito su ayuda… me ocurrió algo muy extraño: a eso de las nueve y cuarto estaba haciendo la ronda de chequeos que me dejó encargada el doctor Lasalle, cuando me encontré con una enfermera que me habló del caso de un paciente y de algunas otras cosas más… pero lo que me tiene perpleja es que al despedirse me dio la mano y desde ese momento no recuerdo nada más de lo que paso hasta que desperté recién hace unos minutos en una pequeña habitación que esta por el pasillo de enfrente. La enfermera la miró por encima de los anteojos de cristales anchos y gruesos que reposaban sobre el arco de su nariz aguileña. Alzando en su mano el control remoto de la televisión que se encontraba en la pared, bajó el volumen de la telenovela que trasmitían a esa hora. ― ¿Quién era esa enfermera? ―preguntó Ordoñez con la mala gana. ― La licenciada Fernández ―respondió Loren. ― ¡¿Quién?! La confusión que Loren notó en el rostro de la enfermera que se movía incomoda en la silla delante de ella, le dejó contrariada. No sabía que otra explicación podía dar, así que solo dijo lo que podía responder. ― La licenciada Fernández. Una mujer joven, blanca, de cabello n***o, muy agraciada y de estatura mediana. ― Niña ―acotó Ordoñez con sorna―, no tengo ni idea de saber de quién me estás hablando… y mira que tengo casi diez años trabajando aquí. Loren no supo que contestar a lo que la enfermera le acaba de decir. Realmente se quedaba sin palabras. ― Así tal cual se la estoy describiendo licenciada. ― ¿Te dijo su nombre? ―preguntó la enfermera. ― No, la verdad no. La mujer dejó escapar una carcajada burlona antes de colocarse de pie dando a entender que daba por terminado el asunto. ― Me parece que te jugaron una broma… mira que ya casi son las cuatro de la mañana y tú te has pasado toda la noche durmiendo en el cubículo para los pasantes… si lo que querías era dormir, no era necesario inventarte una historia con una enfermera imaginaria. Loren asintió haciendo silencio ante la confusión que le propiciaba aquella aseveración de quien le aseguraba que no existía ninguna enfermera de apellido Fernández. No quería llevarle la contraria y ocasionar que su mal humor se intensificara, pero desde luego que le parecía de mal gusto que a una pasante como ella le jugaran una broma tan pesada apenas en su primer día de pasantías. Ella estaba segura de haber conversado con una mujer de apellido Fernández, licenciada, hermosa hasta más no poder y que había sido su primera acompañante en su aventura hospitalaria. Que motivos tenía la enfermera Ordoñez para negar la existencia de la licenciada Fernández, o por el contrario, si la enfermera tenía razón, que motivos podría tener esa misteriosa mujer para mentir sobre su identidad si realmente ese no era su apellido; esas eran preguntas que Loren no quería dedicarse a contestar después de tanto percance. No cabía otra explicación, aquello debía de tratarse de una cruel broma, por lo que Loren decidió no darle más vueltas al tema y dar el asunto por superado, ya suficientes veces le habían tomado el pelo durante sus estudios de primaria y secundaria. Ella, al ser la “nerd” y la “gordita” del salón, fue el blanco perfecto para las bromas de sus descerebrados compañeros de clase que ahora mismo no tenían ningún futuro por delante o que se encontraban llamándola a cada rato para pedirle su ayuda en temas médicos y demás. Esa etapa de victima Loren la había superado hacia muchísimo tiempo gracias al apoyo de Laura, quien a pesar de ser la “popular del salón” rompió los esquemas para convertirse en su amiga de toda la vida, sin embargo, aun así Loren siempre rehuía de manera sana de ese tipo de situaciones, por eso no respondió nada a Ordoñez y decidió zanjar el asunto por lo sano. ― Disculpe licenciada, pero yo le estoy diciendo la verdad ―fue lo único que protestó Loren con un poco de enfado. ― Mira muchachita ―la enfermera le señaló con el dedo índice de manera amenazadora en una giro inesperado de sus palabras―, yo sé muy bien lo que tu pretendes con el doctor Lasalle… yo sé que tú te sientes con el derecho de hacer lo que te dé la gana aquí en el hospital porque él te ve como su preferida, pero quiero que te quede claro que ese hombre es mío ¿Me entendiste? ¡MIO, Lasalle es MIO! ― De verdad no sé de qué está hablando ―le respondió Loren haciendo un esfuerzo para sobreponerse a su confusión, después de todo no sabía si reír por ese chiste de mal gusto o si de verdad debía enfadarse por la insinuación tan grosera. A Loren no le quedaron dudas de que no iba a sacar nada positivo de aquella conversación así que decidió terminar y continuar su camino―. Con su permiso. Loren, aturdida por la desfachatez de la mujer, le dio la espalda para regresar a emprender el recorrido por el pasillo, mientras la enfermera a sus espaldas aún se enfrascaba en gritar improperios en su contra: ― ¡Lasalle me quiere a mí!… ¡Tú no me lo vas a quitar zorra!
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