El pelinegro tomó aire fuertemente mientras miraba de reojo hacia los lados, procuraba controlar los nervios que amenazaban con comérselo vivo y volverlo un chocolate derretido. Ladeó su rostro encontrándose con la sonrisa de su amigo Daniel, trató de devolverle el gesto pero lo único que salió fue una curva torcida que juraba era horrible. Estaba nervioso y asustado, su cuerpo sudaba de manera descontrolada y sentía su cuerpo un grifo. —Oye, David no es tan mal esposo—Daniel palmeó su hombro. La sonrisa que salió con ese comentario fue un poco más natural. Dio una mirada vaga hacia el jardín, su padre jugaba con Julián y su mamá sostenía a Ángel dormido entre sus brazos. Al ver a sus hermosos hijos supo que no existían razones para que David huyera. Pero igualmente se sentía demasiado

